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PLAZA VIRTUAL DE ESCRITURA

17-jun-2007 - EL PADRE




El padre...





DÍA DEL PADRE*



    Los padres son esos hombres que estuvieron en la vida de sus hijos.
Estuvieron mucho o poco, bien o mal, pero para su gusto o disgusto tienen un papel en esa vida que engendraron.
    Hasta el padre desconocido figura como una fotografía vacía, como un anhelo insatisfecho. Es el hombre que pudo haber dado los abrazos que faltaron en una infancia incompleta. No tendrá, acaso, rostro ni voz, pero se presentará como un fantasma a lo largo de los años. Esa sombra arrojada
por un sol oblicuo se extiende hasta que cae la noche.
    Hay otros que son padres del cariño, padres que tomaron ese lugar de silla sin ocupante. Parejas de la mamá, abuelos, vecinos amables. A alguno se le reprochará que no sea quien no pudo ser, el padre biológico, y se le reprochará torvamente que haya elegido ejercer un oficio tan difícil, tantas
veces tan ingrato, como si en vez de dar estuviese robando.
    Le pedimos mucho al padre. Lo vemos en las propagandas. Papá es vital, está sonriente, tiene el pecho amplio y los brazos largos. No es un simple mortal, es El Padre. Demasiado para un pobre hombre que hace lo que puede con los escollos de su pasado, su propia vida y sus pobres aptitudes.
    A veces lo entendemos, a veces no.
    Nos justificamos en lo que no nos dio porque no quiso o no pudo. Le cobramos la deuda a él o a otros. Nos negamos a crecer cuando seguimos haciendo demandas a un hombre destinado, igual que nosotros, a un mundo y una tarea para la que no tenemos preparación.
    Habremos de aprender de su ejemplo, para seguirlo o para negarnos a caer en sus errores. Buen momento éste para saber quiénes somos, en relación a quién es o quién fue nuestro papá.
    Dichosos los que no frunzan el ceño, quienes no crispen los puños, quienes no se vean obligados a la tristeza. Y más dichosos aún los padres que han podido serlo y merecen la gratitud y el cariño.
    Pero los saludo a todos, buenos y malos, presentes o fugitivos, sentados a la cabecera de la mesa, difuntos. A todos. Feliz día, que puedan vivir en algún corazón que los premie o los redima. Y mucha suerte.

                                                                        

*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com  





El Padre*



Cuando pienso en mi padre me vienen a la memoria los regresos a casa, al terminar nuestra jornada de trabajo. Volvíamos de noche, él en bicicleta y yo trotando. Corría a la par, a veces me atrasaba un poco y luego lo alcanzaba. La bicicleta era de mujer, el asiento estaba demasiado bajo y mi padre, un poco echado hacia atrás, pedaleaba despacio por la calle de tierra. Estoy seguro de que no hablábamos. Si intentara recuperar algún diálogo con mi padre me resultaría imposible. Sólo frases sueltas. Esto de los regresos ocurría en Salto, el pueblo de la provincia de Buenos Aires donde fuimos a vivir cuando emigramos de Italia. Un hermano de mi padre estaba en la Argentina desde antes de la guerra y le había ofrecido una participación en su carnicería. Yo tenía doce años.
Recorrimos ese trayecto durante meses y meses. Con frío, con calor, con lluvia. Después de tantos años, la memoria rescata una única carrera nocturna que las resume a todas. Esa imagen siempre vuelve y se impone sobre los demás recuerdos. Aunque son muchas, nítidas y fuertes las imágenes que tengo de mi padre. En general de la época de mi niñez, en el pueblo italiano, antes del largo viaje en barco a través del océano. Podría intentar hacer una lista y creo que no acabaría nunca. Ahí está la figura de mi padre, oscura y quieta bajo una nevada, esperándome en el portón del colegio de monjas al que yo iba. Mi padre guiándome por un atajo, a través de una colina que dominaba el lago, hasta llegar a la desembocadura de un río donde nos deteníamos a pescar. Mi padre caminando cauteloso unos pasos delante de mí, en los bosques que comenzaban más allá de las últimas casas: bajo el brazo llevaba la escopeta belga de dos caños de la que estaba orgulloso. Mi padre cortando pasto desde el amanecer hasta el anochecer, en el campo de un terrateniente, parando unos segundos para sacarle filo a la guadaña, secarse el sudor de la frente y tomar un trago de agua. Mi padre vaciando la letrina con dos baldes colgados en los extremos de una larga vara de madera que se cruzaba sobre los hombros. Mi padre abonando los surcos de la huerta con el contenido de esos baldes. Mi padre hachando troncos, apretando los dientes y soltando un soplido ronco en cada golpe. Mi padre llegando a casa de noche, con un pino para el árbol de Navidad, seguramente arrancado de algún lugar prohibido. Mi padre emparchando la cámara de una bicicleta. Mi padre con el torso desnudo, afeitándose en el patio, frente a un espejo colgado de un clavo, explicándome por qué había dos zonas de la cara que necesitaban ser enjabonadas más que el resto. Mi padre fabricándome una flauta. Mi padre lavando una oveja en el arroyo para luego esquilarla. Mi padre realizando trabajos de albañilería, de carpintería. Mi padre sembrando, cosechando, pisando la uva para hacer vino, injertando frutales. Teníamos un ciruelo que daba frutos amarillos en una rama y rojos en otra. Un peral que daba peras de diferentes estaciones. Yo estaba asombrado con tantas habilidades. Aquel hombre sabía hacer de todo. Parecía que nada tuviera secretos para él.
Mi padre era un montañés callado y tímido. Pero podía irritarse y mucho. Una vez lo vi perseguir a un tipo por la calle hasta que el otro saltó por encima de una cerca que daba a un barranco y escapó. Se trataba de una disputa entre vecinos. No recuerdo la razón o nunca la supe. Tengo una imagen muy clara de esa violencia al aire libre. Todavía me parece oír el jadeo de los dos hombres corriendo. Me pregunto qué hubiese pasado si mi padre lo alcanzaba.
Con nosotros nunca se enojaba. Nos quería y nos respetaba. Pocas veces tuve oportunidad de aplicar tan adecuadamente la palabra respeto. De él, sin duda, heredé la inconsciencia y la tozudez. Estoy pensando en la actitud de mi padre durante la guerra. Trabajaba en una fábrica de gas y a veces su turno terminaba en la mitad de la noche. De nada servían los ruegos de mi madre y los consejos de sus compañeros. Volvía a casa sin esperar que amaneciera, desafiando el toque de queda y las balas, porque quería dormir en su cama, era su derecho, y no existían Hitler o Mussolini o guerra que se lo impidieran.
Partió para América en 1948. El día de la despedida reía, bromeaba, se lo veía de buen humor, pero a mí me pareció que lo hacía para darse ánimo y cubrir el desconcierto. Recuerdo el reencuentro en el puerto de Buenos Aires, pasados dos años de separación, su abrazo torpe y sin palabras. En el viaje en tren a través de la llanura invernal, rumbo al pueblo, tampoco habló demasiado. Iba sentado junto a mí y su brazo se mantuvo rodeándome los hombros todo el tiempo. De tanto en tanto sus dedos se comprimían para darme un apretón.
Después vino el trabajo a su lado, en la carnicería, donde aprendí la recorrida de los clientes antes de memorizar la primera media docena de palabras en castellano. Salía al reparto a la mañana y a la tarde y, cuando terminaba, ayudaba en el negocio. Siempre había algo que hacer. Limpiar la picadora de carne, la sierra eléctrica, lavar el piso, pelar ajos para los embutidos, darles agua a los animales. Empecé a jugar al fútbol en la sexta división del Club Compañía General. Estaba contento con los botines, el pantaloncito y la camiseta que me habían dado y podía llevarme a casa. Los partidos eran los sábados después de mediodía y a veces llegaba con un poco de retraso al trabajo. Entonces, durante toda la tarde, vivía en un clima de acusaciones silenciosas. Las acusaciones provenían de mi tío y mis dos primos. Mi padre no me decía nada. A lo sumo rumiaba una frase en voz baja cuando me veía aparecer corriendo. Se sentía obligado con su hermano mayor que lo había traído a América, y la deuda me incluía. Estoy seguro que esa dependencia lo amargaba. Pero no podía hacer nada y guardaba silencio. También en el reducido territorio de aquel negocio éramos extranjeros y había que ganarse el espacio y soportar las humillaciones cuando llegaban. Yo intuía que mi padre hubiese deseado un destino distinto para mí.
Una noche, cinco años después de la llegada al pueblo, emprendí otro viaje. Partí a descubrir la ciudad. A esta altura mi padre se había separado de mi tío y había instalado su propia carnicería. No le iba bien. Mi padre no era el mismo de antes. América lo había golpeado. Yo no estaba con él en el negocio nuevo. En los últimos tiempos había trabajado de cadete en una farmacia. Me fui sin que lo supiera. Mi madre y mi hermana me vieron dejar la casa porque se despertaron mientras yo preparaba la valija. No lograron retenerme y tampoco se animaron a llamar a mi padre. Ignoro cuánto pudo dolerle aquella huida. Nunca me la reprochó. Después, en los espaciados regresos al pueblo, me encontraba con pequeños cambios en la casa. Algunas comodidades en el baño, en la cocina. Me enteré que una vez, al comprar un calefón, mi padre comentó: "Para cuando venga Antonio". Por lo tanto pensaba en mí con cada mejora.
Cuando murió, yo estaba lejos. Una enfermera iba a aplicarle inyecciones día por medio. La última fue un sábado. La enfermera se despidió hasta el lunes. mi padre dijo "Vamos a ver si aguantamos hasta el lunes". No aguantó. Sé que en el final preguntó por mí. Llegué al pueblo el día posterior al entierro. Venía desde Brasil, viajando en trenes y en ómnibus. En la puerta encontré al marido de mi hermana que me dijo: "Papá murió".
Muchos años después de su muerte, mientras mirábamos unas fotos, oí a mi hermana murmurar: "Qué hermoso era papá". Nunca había pensado en eso. Eran fotos de sus veintisiete años, tenía a un chico de meses en brazos, estaba tostado por el sol y se le notaban los músculos bajo la camiseta clara. Se lo veía feliz. El chico era yo.
De tantas cosas relacionadas con mi padre me acuerdo especialmente de aquellos regresos a casa después del trabajo. Eran siempre noches grandes, cargadas de estrellas y de silencio. Así las veo. Avanzábamos a través de un decorado de casas mudas y luces fantasmales en las ventanas y en los patios. Yo me sentía extraviado en esa oscuridad y la sensación no me gustaba. Quería llegar rápido, para que pasara la noche, y luego el día, y otra noche y otro día, hasta que el cerco de las noches y los días se rompiera. ¿Y mi padre? ¿Qué pensaba? ¿Qué significaba para él ese tránsito entre la agitación de la jornada y la promesa del descanso? ¿En qué medida mi presencia le servía de compañía, de incentivo, de alivio? ¿Me vería como yo me veo ahora en el recuerdo? Lo que veo es un cachorro impaciente, agazapado en el fondo de sí mismo, esperando su oportunidad para dar un salto. Mi padre pedaleaba y yo trotaba a su lado. No teníamos otra referencia que el foco de la bicicleta alumbrando un óvalo de tierra, hipnótico, surgido como desde un sueño, renovándose en una calle que podría no tener fin. Esa luz mínima marcaba el camino y finalmente nos sacaba de la oscuridad. Nos guiaba a la mesa familiar preparada para la cena, a los rumores de las sillas arrastradas sobre el piso de ladrillos y de los cubiertos en los platos. Pero durante ese trayecto permanecíamos lejos de todo. Ahí estábamos solos y estábamos juntos. Nos movíamos en una zona de vacío entre un mundo que ya no existía, perdido del otro lado del océano, y este otro que se proyectaba en los días futuros y estaba hecho de necesidades e insatisfacciones y furias contenidas y esperanzas obstinadas.



*De Antonio Dal Masetto.
"El padre y otras historias", Editorial Sudamericana. Buenos Aires, edición del 2002.







Mudanzas*



Mi padre siempre estaba yéndose a otra parte, a algún lugar imposible donde no pudiera alcanzarlo su sombra. Desplegaba sobre la mesa el mapa de la República y apoyaba el dedo en algún rincón que no hubiera sido fundado todavía.
Así era él: tenía hormigas en los pies y una mirada cortante que me helaba la respiración cada vez que se enojaba. "Acá", decía de pronto, y apretaba el mapa hasta hacerle un agujero allí donde íbamos a pasar las mil y una hasta que se le ocurriera dar otro salto.
Fueron tantas las veces que nos mudamos que ya confundo trenes y épocas. Ahora, al cambiar de barrio, me parece que voy de un continente a otro aunque las voces sean iguales y las mismas lluvias mojen los mismos árboles. Veo una casa desierta que es ésta y es otra, una de mi infancia. Por las ventanas entra una luz de invierno que colorea el polvillo suspendido en el aire. Ya no hay olores y los fantasmas flotan por ahí, me asustan como antes, me avisan que el tiempo pasa y en alguna parte, adentro mío, van mi padre con la vieja corbata azul y mi madre con aquel pañuelo al cuello.
Atrás voy yo con el pantalón corto y el echarpe con los colores de San Lorenzo.
En cada mudanza una pérdida. En la última, entre la Boca y Palermo Viejo se me extravió el Omega a cuerda que me había dejado mi padre. Quizá me lo robaron y vaya a saber en la muñeca de qué brazo andará. Me lo había entregado una enfermera en una clínica de Flores la tarde en que él murió. También me entregó el anillo de matrimonio y unos anteojos. Yo usaba a veces el Omega, aunque adelantaba cinco minutos y se me resbalaba bajo el puño de la camisa. Después lo dejaba en un cajón de la cómoda y me ponía otro cualquiera de los tantos que la vida nos deja. El de los quince años, el de la novia aquella, el primero que compramos a crédito en tiempos en que eran caros y estaban cargados de sentido.
Tendría nueve o diez años aquel invierno en que nunca llegó a Río Cuarto la pelota de tiento que me había mandado Perón. No sé cuál tristeza es más folletinesca, si aquella de la pelota o esta del reloj. Mi padre debe haber metido la pelota en un cajón mal cerrado o tal vez la tiró a la basura porque en ella veía la monstruosa cara del general gesticulando ante las masas. No quiero ser mal pensado: tanto detestaba al Conductor que una huella suya en nuestra casa era como otra mano en la cintura de mi madre.
Pero por encima de todo lo que yo más lloraba eran los gatos perdidos. Hubo uno que no apareció a la hora de la partida y todavía lo estoy esperando. Ni bien huelen mudanza los gatos se ponen mustios y dejan de comer. Me acuerdo de otro, negro y blanco, encerrado en un cajón para recorrer mil kilómetros en un Ford de los años cuarenta. Nosotros llegábamos siempre antes que los muebles y esperábamos con ansiedad las cacerolas y los juguetes. "Por ahí mañana aparece el camión", susurraba mi madre en la oscuridad del hotel. "Para qué querés muebles", le contestaba mi padre y enseguida la brasa de su cigarrillo marcaba de rojo el recuerdo que tengo de aquellos otros fantasmas. A la llegada, nadie nos daba la bienvenida y tampoco iban a despedirnos. De entre los papeles de la última mudanza se desliza al suelo una carta que mi madre me escribió cuando yo vivía en una pensión de la calle Uriburu. "En Cipolletti no nos acompañaron ni nos hicieron despedida, así es la gente de agradecida. Dormimos en la oficina de Obras Sanitarias que tenía una pieza con dos camas para los inspectores que venían de Buenos Aires, que la hizo hacer tu padre pero hasta allí nos llevo Desiderio en una camioneta que tenía."
No fue nadie a decirle adiós a mi padre, nadie le dio las gracias por las noches en blanco y los domingos perdidos. No sé si esperaba otra cosa. Nunca fue un tipo muy popular y lo que más recogía eran puteadas y sarcasmos. Conocía a la gente y pensaba que Perón se aprovechaba de su ingenuidad. Siempre fue así de gorila. Pero no creo que haya sido por eso que nadie fue a despedirnos. Más bien habrá sido porque el tren pasaba muy de madrugada y era un sacrificio salir a esa hora de la cama. Vagamente recuerdo aquella última noche en el cuarto de Obras Sanitarias que menciona mi madre. Era la sexta o séptima vez que cambiábamos de pueblo pero esta vez era distinto porque yo era grande y me obligaba a separarme de mi primera novia. Me vienen a la memoria el frío y la bronca que tenía con mi padre. Nos pasa que alguna vez queremos matarlo y para no hacerlo huimos hacia lo desconocido. Lo veo todavía recostado en la cama, con un pulóver descosido, hojeando un libro en inglés. En la muñeca llevaba el Omega que a mí me iban a robar treinta años después. ¿En qué pensaba? Me parece que empezaba a sentirse viejo porque había pedido el traslado a Tandil donde vivía la familia de mi madre. Allí había empezado su aventura y volvía tan pobre como al principio. No le importaban los pocos muebles que se iban en el camión y si tuvo alguna amante no le dolió dejarla. Era, definitivamente, un hombre solo, sentado en una silla incómoda. Indiferente a otra cosa que no fueran el agua con cloro, los cacharros que inventaba y su imaginario combate con Perón.
El día que dejamos Mar del Plata para ir a San Luís perdió el sombrero que más quería y desde entonces no volvió a ponerse otro. A veces, bajo el sol más hiriente, se calzaba un rancho de paja de Italia que había encontrado en un andén vacío. No era un intelectual pero a veces decía cosas que atribuía a Plutarco o a Dante: "Qué duro es el camino, Osvaldito", y se quedaba mirándome a los ojos a ver qué decía yo. ¿Qué iba a contestarle? Un día me lo encontré a la salida del hospital en que lo habían dejado cuando volcó con el coche y me dijo algo así como Eccovi l'uom ch'e stato all'inferno. ahora intuyo a qué infierno se refería. Igual, nunca me pareció un hombre angustiado. Era débil, sin duda. Inseguro. Tan inestable que cada vez que terminaba de construir una casa la abandonaba corriendo. Una vez apareció en Chilecito y otra en El Bolsón. Hasta ahí no lo seguimos, pero fuimos a visitarlo a una pensión de viajantes. Mi madre se condolía: sólo tenía una cama chica, unos libros en el suelo, la regla de cálculos, una Parker y el compás sobre la mesa. Apenas le llegaba luz de un ventanuco y la dueña lo sermoneaba porque había cambiado la bombita de veinticinco por una de sesenta. El Omega aún estaba en su brazo y ahora que no lo tengo más siento que mi padre empieza a alejarse de mí. Al verlo más distante, me parece que acerca el dedo al mapa y me señala un lugar en el que tarde o temprano vamos a encontrarnos para charlar largo de sus mudanzas y las mías.
 


*De Osvaldo Soriano.
incluido en "Piratas, fantasmas y dinosaurios”. Editorial Norma, edición de 1996.





EL DIA QUE PAPA ME LLEVO A PESCAR*

(Recuerdo)

 Quizás fuera un sábado a la tarde, aquella vez qué papá me llevó a pescar al arroyo "El Rey"...
 No fue la única. Otras veces y a menudo tenía que hacerlo porqué tanto a él como a mí nos gustaba mucho ir de pesca.  Una pesca que no ofrecía grandes promesas, pero como aventura para mis diez años era un premio anhelado durante semanas.
El arroyo no quedaba lejos del pueblo, pero requería caminar un buen rato.
Papá llevaba el paso suficientemente acomodado a mi andar más lento y juguetón. Llevábamos las cañas, carnada y una pequeña canasta con un refrigerio, que mamá nos preparaba cariñosamente, donde no faltaba el mate cocido con leche caliente.
En el último tramo, donde la calle se terminaba, y entraba en un lento declive, comenzaba el territorio lindante, donde incluso se sentía en el aire el sabor salobre y el aroma vegetal de los pastizales de las cercanías.
Se llegaba por un callejón que tenía un sendero entre el pajonal bordeado de ceibos y aromos, florecidos entonces en racimos carmín y pomponcitos amarillos.
El sendero, que serpenteaba,  se abría y se bifurcaba,  entrelazándose en un verdadero laberinto calado en un mar de matas, que casi nos cubría por completo, y nos llevaba por un caminito u otro, hasta la orilla del arroyo; en una espesura mas bien enmarañada.

Allí donde terminaba, aparecía la barranca, de golpe, la franja poco ancha de agua quieta del arroyo, y mas allá los bancos de arena que dejaba el desplayado.
 Recuerdo la barranca recortada y profunda, que formaba la curva...
-"Un buen remanso"...- decía papá, -

Y nos acomodamos bajando al borde por un desliz del terreno barrancoso, como un caminito escalonado y sinuoso, con algunas matitas breves de paja, hasta casi el nivel del agua, y allí sí, desplegamos en el suelo a nuestro alrededor, todo el  arsenal de elementos, dispuestos a pasar la tarde.
Los de pesca, y las vituallas; porqué a esa altura, tras la caminata,  ya mi estómago requería la primera parte de la fiesta, que era abrir los víveres, y al lado del agua, con el alma plena de aire libre, eso era primordial, casi como ir de "pic-nic".
Y mientras saciaba mi hambre y mi sed,  con un buen bocado y el mate caliente,  papá encendió un cigarrillo de los negros que siempre fumaba, y se sentó con las líneas ya tiradas., esperando el primer pique.
Lo imité encarnando y arrojando mi "boguero", una caña casera, sin "reel" ni artilugio alguno;  sólo con una línea corta atada en el extremo,  y como boya un corcho de botella, y por supuesto el anzuelito  con la lombriz. que se resistía a colaborar, retorciéndose en el extremo, obstinadamente.
Yo tuve más suerte,  picó enseguida.
-"Un dientudo", -dijo papá.- (por la forma de hundir el corchito, seguro).
Yo loco de contento, viendo el corcho dar vueltas al mismo tiempo que iba hundiéndose en las aguas tranquilas., generando onditas circulares a cada tironcito del anzuelo.
Esa era la emoción que buscaba, esa era la alegría simple y vivificante; y como electrizado salté parándome dispuesto y alerta.
Recuerdo que pensé que debía serenarme, pero arrebatadamente, puse todo mi entusiasmo en un violento tirón, que sacó al pescado del agua como un rayo.
Tanta fue la fuerza que el "dientudo", -que al final lo era-, al salir del agua, tironeado de esa manera, le pegó al pobre papá con la boca abierta en el arco de la ceja derecha, abriéndole una profunda herida que le partió la ceja,  y comenzó a sangrar copiosamente..
No sé que pasó con el dientudo, ni con los anzuelos, ni con la canasta, ni la comida, ni nada; sólo recuerdo a papá tratando de parar la sangre con el pañuelo.
Yo estaba aterrado, sé que volvimos a casa, no sé cómo, ni recuerdo mucho más después de eso ., y me sentí siempre culpable de la torpeza de aquella tarde, que le dejó al pobre papá, tan particular cicatriz, que lo acompañó desde entonces  en sus últimos años.-
 HOY, en la placa del cementerio que lo cobija, se puede ver claramente en la foto la ingrata huella de esa frustrada pesca.

Para más, en la imagen del papá vivo que conservo, la del papá de todos los días..; .La veo mucho más pronunciada, agigantada; porqué sin querer yo fui el  protagonista  y  yo fui la causa.



*de CELSO H. AGRETTI celsoagr@arnet.com.ar

 




*

Es la hora
en
que los espejismos
están
cerca.

Todo
se convierte
en tiempo
y
alguien oye
una roja plegaria
parecida
al naufragio
y a la muerte.

Escribo
como si soñara
con la sangre,
con la hiel,
con la memoria.

Dios
es
una máscara ardiendo
en
la penumbra.

Dios
es
una inmensa torre
de silencio.






Noche infinita.

Así
es el territorio
donde
se prolonga
la batalla.

El ser, lleno de seres,
flotando
en la fosforencencia
del refugio.

Ensayando,
por fin,
la
verdadera comprensión
del
universo.







¿Qué hacer
con
la inmensidad
si estamos
acechando
el lentísimo juego
de lo vano?

Cuando
los secretos
nos lastimen
los labios,
entenderemos
que nada
tiene
nombre.

Y que los tormentos
más ardientes
son
un estéril resplandor
donde
los abismos
se transforman.






Esta desértica avenida
de
los sueños
ya
soñados
es atroz
e interminable.

Este
camino
hacia el fondo
de la sombra
se torna
fuego
y espejismo.

Ardua
es la batalla
que no cesa.

Larga es la forma
de
todo
lo que invade
la distancia.







Ya
no hay pájaros
en
este espacio clandestino.

Se han cerrado
todas
las ventanas.

El diablo
duerme
bajo
las estrellas frías,
en
un inmemorial simulacro
que nadie
reconoce
ni presiente.



              *de CARLOS CUCCARO carloscuccaro68@yahoo.com.ar






*
Queridas amigas, queridos amigos:


El domingo 17 de junio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor chileno Boris Alvarado. Las poesías que leeremos pertenecen a Jorge Mendoza Castaño (Colombia) y la música de fondo será de Llaqtamasi (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44   A-5020 Salzburg
AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067 



*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social.  El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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