 *OSVALDO SORIANO. UN JOVEN EN MOTONETA.
Otros fuegos...
Lunes, 18 de Junio de 2007 Acéptenlo*
*Por Eduardo Aliverti
Ya se sabe que la política pasó a ser, demasiadas veces y antes que concreciones efectivas, un conjunto de signos. De gestos. De declaraciones. De imágenes. La política, entendida a partir de la clase dirigente, se elabora más por lo que quiere parecer que por lo que termina siendo. Y entendida desde la sociedad, la política es más lo que se quiere escuchar que lo que puede hacerse. Monseñor Bergoglio, por ejemplo, en irrefrenable pose no ya como el dirigente político que es sino como candidato sin boleta impresa, directamente, dijo durante la procesión de Corpus Christi que "nos hace falta bendecir el pasado" en lugar de maldecirlo. En otro contexto, el brulote de monseñor podría haberse adjudicado a un interés personal o corporativo, extremadamente obvio, vista la complicidad activa de los popes de la Iglesia con los jerarcas de la dictadura. Justo en el tránsito al ballottage porteño, en cambio, a monseñor apenas le faltó cerrar su callejera homilía con un "va a estar bueno Buenos Aires con Mauricio y Gabriela". Sin embargo, a la prensa ni se le ocurrió, siquiera para disimular un poco, la mera sugerencia de que el obispo se había metido de lleno en la campaña. No, no. Nada de eso. Monseñor es nada más que un pastor. Imagen, símbolo, eufemismos. Macri no acepta un segundo debate porque dice que hay mucha agresión y eso no conduce a nada. Raro, ¿no?, porque si hay una coincidencia unánime es que uno de los factores que lo llevaron a su amplio triunfo consiste en haber aprovechado la agresividad del resto, dejándola correr. Lo que hace Macri (como haría cualquiera, vamos) es no presentarse porque, con 22 puntos de ventaja, solamente a un loco se le ocurriría practicar un juego en el que no se entiende qué podría ganar (a un loco, o a un osado que no viviese pendiente de lo que le recomiendan sus diseñadores de imagen). No debería poder creerse que un tipo gane elecciones visitando a viejitos de 107 años y a farmacéuticos asaltados 200 veces. Pero sí, las gana. No porque haga eso, sino porque no importa que haga eso. Lo que importa es que a pesar de que haga eso, que es el ABC de la más barata de las demagogias, hay una mayoría, o hasta aquí primera minoría larga, creyente de que puede haber un cambio para mejor llevados de la mano por una figurita. Porque sólo eso es Macri. Una figurita de la televisión y de los éxitos futbolísticos de Boca. No un partido, no una estructura, no un movimiento social, no una experiencia colectiva, no -siquiera- un militante. Es sólo una figurita hija de la crisis de representatividad estallada en 2001/2002, cuando tanto ingenuo creyó que la revolución quedaba más o menos a la vuelta de la esquina y no supo o no quiso ver que lo estallado eran las expectativas de consumo de la clase media. De todos modos, tampoco deben obviarse las carencias imperdonables de la dirigencia del progresismo declamado. En una posmodernidad que complejiza cada vez más las relaciones sociales y las urgencias cotidianas, ya sin grandes utopías que puedan ser conducto de idearios nobles y avanzados, el denominado "progresismo" (y está bien llamarlo así, si es por lo simbólico, como contraposición a los exponentes de la derecha cruda) no estuvo a la altura de sus deficiencias objetivas y subjetivas. ¿Cuáles? Haber prometido inmensamente más que lo que podía o quería desarrollar. Haberse refugiado en sus aparatos y en sus proyecciones de manejo de caja chica. No confiar en las organizaciones sociales. No descentralizar. No promover casi nada por fuera de las estructuras clientelares. Por allí volvió a colarse Macri, pero esta vez con la inestimable ayuda de un palacio kirchnerista que por razones de cálculos y enconos personales le dejó servido a Mauricio, que sí, que es Macri, la chance concretada de acumular, solo, contra un resto que fue dividido y que hizo todo lo posible por mostrarse de esa manera. Igualmente, frente a la renovación electoral de la derecha más dispuesta a ejercer como tal; frente a una perspectiva de exclusión social más acentuada todavía, que si algo incrementará será precisamente el nivel de inseguridad y conflicto; frente a la certeza de que el Estado volverá a convertirse sólo en un escenario de negocios privados, si es que no de corrupción generalizada; frente a la probabilidad de que la salud y la educación, en particular, queden en manos de un criterio comercial y sectario, no da lo mismo quién vaya a ser el jefe de Gobierno de Buenos Aires. Esa visión sólo puede entrar en la cabeza de quienes apuestan al testimonialismo como única forma de edificación política, para terminar, siempre, haciéndole el juego a la derecha. Son los cultores del cuanto peor-mejor. Así les va. Vótese lo que sea, debería hacérselo con un grado de conciencia política, o al menos de esfuerzo hacia allí, algo superior -un poquito, nada más que un poquito- a lo pautado por lo que dicen que van a hacer los que sintonizan con lo que "la gente" quiere que le digan que va a pasar. Se puede votar a la derecha con conciencia política, cómo que no. Es absolutamente legítimo y respetable. Pero confiésenlo, asúmanlo. No votan a la derecha por sus propuestas (?) para los espacios verdes, la polución sonora, las características edilicias, la estructura del parque automotor. La votan porque quieren orden a cualquier costa, quieren represión, quieren la tranquilidad de la dictadura, quieren la ciudad limpia de indigentes, quieren mano dura contra los inmigrantes, quieren meter en cana a los pibes desquiciados que viven a paco y porro. Si es por lo que está más a la vista, resulta que de la noche a la mañana en Buenos Aires no habrá más delincuencia, ni calles sucias, ni piquetes, ni caos en el tránsito, ni cartoneros, ni turnos de atención en los hospitales para dentro de varios meses. De la noche a la mañana, Buenos Aires será Zurich de la mano de Mauricio y de Gabriela. Si creen eso, si quieren eso, díganlo de una vez. No tiene nada de malo. Todo lo contrario. Es una interpretación de cómo mejorar la dirección y convivencia política y social, igual de estimable que aquella de los que piensan distinto. Sólo acéptenlo, por favor. Porque si es un voto vergonzante, esa legitimidad se pierde en tanto y cuanto saben que hay algo en ese voto, en esa actitud, en ese pensamiento, que pasa por hacer mierda a otra gente por la urgencia del beneficio propio. Acepten que el domingo que viene van a votar a Menem. Que va a ganar Menem. Y demuestren y demuéstrense, por favor, que eso no es un voto ideológico.
*Fuente: Página/12 http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-86768-2007-06-18.html
Otros fuegos*
Los dolores comenzaron por la mañana, poco antes del mediodía. Después, habitación en el primer piso de la clínica, ventana que da al jardín, casas dispersas, techos de tejas en la neblina. Esperar las contracciones, controlar el reloj y mirar a través del vidrio. Aquel perro que corre sin parar de un extremo al otro de la terraza, yendo y viniendo, yendo y viniendo. Toda la tarde oigo sin alterarme sus quejidos de dolor o de placer. Tal vez sufra, pero maneja el asunto bastante bien. Para eso hizo el curso de parto sin dolor. Salgo al pasillo. Fumo. fumo bien, con todo el cuerpo. Tratar de descubrirse ante la inminencia de un hecho trascendental. El perro no cesa de trotar. Oscurece sobre las tejas mojadas. Aparece la enfermera, controla. Aparece la partera, controla. Dice: "Vamos". Sigo la camilla. Recorro el pasillo como si fuera otro. "No soy yo, es otro." Una puerta que se abre, una puerta que se cierra. Ya estamos, adelante, llegó la hora. Ella no se sentaba ni se acostaba: se agazapaba. Hay buen ambiente. Se bromea. Me alcanzan un saco blanco, me lo pongo. Administro el oxígeno, le seco el sudor de la frente, hago lo que me ordenan. Ella, anestesiada, delira. dice cosas graciosas. La partera, la enfermera y yo reímos. También desde esta ventana puedo ver al perro loco. Cierta vez me asaltó un olor al cruzar una plaza. Un olor a hojas húmedas, a vegetales fermentados, a sombras, a cosas lejanas. Jamás pude olvidarlo. En aquella época me había convertido en una especie de mudo, pero no en un tonto. Estaba más lúcido que un pez. Pujar. La partera incita, alienta: "Vamos, fuerza, ahora, vamos muchacha". "Ya viene." La partera me llama a los pies de la camilla para que vea la cabeza que comienza a asomar. Ultimo esfuerzo, sale. Gran suspiro. "Varón." La partera me alcanza las tijeras. "Tome, corte usted." Está bien, soy el padre. Corto el cordón donde me indican. Ahí está, berrea, tiene la nariz achatada. Lo arropan, me lo dan. Soy mis manos y mi lengua. Me dicen: "Vaya a dar una vuelta, coma algo". Anocheció. Camino por una calle vacía: un galpón, un vivero, un gato, un baldío, restos humeantes de una fogata. Alimento el fuego y lo veo crecer. El fuego arde en la noche de la ciudad, en el invierno de la ciudad, a pocos metros de donde alguien acaba de nacer. El fuego vive de cosas abandonadas: ramas, trapos, restos de cajones, desechos. Ilumina el terreno, pone sonidos secos y precisos en la quietud de los faroles y las casas ciegas rodeadas por jardines. Bajo el cielo sin estrellas vuelvo a ser lo que he sido tantas veces: un tipo inmóvil y sin pensamientos espiando el movimiento de las llamas. A poca altura, cruza una sombra, un pájaro nocturno. Tengo que acordarme de todos los fuegos que vi arder. Aquella fogata de la noche de San Juan, el calor en las piernas desnudas, la muchacha que me tomó la mano. Recordar, ahora que es invierno y que a veces el presentimiento de estar al borde de un instante de felicidad se convierte en una tensión insoportable. (La muchacha del brazo de su compañero dio un paso adelante, se me puso al lado, tomó mi mano y la retuvo en la suya.) Podría decir lo siguiente: todas mis horas presentes en este momento. Podría, ante el vértigo de los años que me preceden, ponerme a gritar que este abandono me es perfectamente familiar, no hay de qué extrañarse, mi vida dictándome una vieja canción, una vieja tonada invernal, que no es portadora de emociones o asombros, sino la evidencia de una ley, cosas sabidas desde antiguo, lucidez que al fin y al cabo es sólo conciencia de ceguera, nada más que eso en mi tonada invernal, y tal vez, escondido, medido, regulado como con cuentagotas, un fondo de nostalgias, un velo agitándose sobre los ojos y las ideas. Todos los desórdenes. El fuego se extingue, es hora de volver. Vuelvo. La madre duerme, el hijo duerme. ¿Y aquel olor? Aquel olor era como un fuego. Algo vivo. Tan vivo como la llama subiendo en la noche. La llama que hipnotiza. ¿En ese fuego había cambio y había permanencia? ¿Era algo íntimo o algo que me trascendía? ¿Vivía en mí o me era ajeno? ¿Estaba ahí, sobre la tierra, o en otra parte? ¿Se ocultaba arriba o abajo? ¿Moría, renacía o se mantenía latente? ¿No era una representación del silencio, de la duda, del acecho, del ojo atento, del ojo ávido? ¿No se anulaba a sí misma esa llama? ¿No había también en ella una precariedad, una espera, un control, un pudor? ¿No se contradecía? Y hoy que estás solo en la noche, lejos de la infancia, igualmente lejos de la madurez, habiendo perdido tanto la capacidad de amor como de odio, ¿qué te queda por hacer? El dolor reemplaza al dolor y así se va robusteciendo. ¿A quién hablarle si no a él? Esbozos de mensajes, atisbos, manotazos, sondas lanzadas al vacío. Para quién este monólogo, este temblor. Y los ojos cansados a la espera de una revelación. Pienso: cosa increíble los ojos. Tal vez afuera, en el frío, el perro siga corriendo sobre la terraza, yendo y viniendo, yendo y viniendo. También el perro podría entrar en esa carta que nunca logré escribir. Estar ahí, mirando dormir y vivir al sin nombre, no es motivo de paz, sino el regreso de una sospecha. Frente a su cuerpo sin defensa, a las penas que lo esperan, no siento piedad por él. Débil y feo. Los faros de un coche iluminan la ventana y se van. De esta insistencia mía, de esta pelea contra el silencio, no queda sino una llamarada fugaz en los vidrios, menos que eso. Rumores, llamados dispersos bajo el cielo en ruinas. Señales que alarman. Lo dijeron todos: fue un buen parto. Ahora, permanecer quieto en la oscuridad, recordar la fogata en la noche, velar el sueño de la madre, velar el sueño del hijo.
*De Antonio Dal Masetto. Publicado en Página/12 el 5 de febrero de 1992.
16.06.2007 Hipertermia: ¿nueva esperanza para vencer al cáncer?
Großansicht des Bildes mit der Bildunterschrift: Los expertos obtienen resultados sorprendentes.
La medicina podría ayudar a pacientes con cáncer intestinal y de páncreas por medio del aumento de la temperatura corporal. En una clínica alemana, el método da pie a la esperanza. Un estudio realizado en enfermos de cáncer en la Clínica Universitaria Großhadern de Múnich bajo la dirección del Profesor Rolf Issels podría ayudar a combatir tumores malignos de difícil tratamiento. Se trata del primer estudio clínico de este tipo en el mundo, en el cual se experimentó con "hipertermia localizada" (RHT, por sus siglas en alemán). En la última fase del estudio se registraron resultados exitosos en comparación con los métodos tradicionales, según informaron los investigadores.
¿Qué es la hipertermia?
La hipertermia, del griego "hiper" (más allá, por encima, exceso) y "termos" (calor) es un aumento localizado o sistémico de la temperatura corporal humana inducido artificialmente, en forma externa o interna. Es muy diferente a la fiebre, que es un incremento de la temperatura provocado internamente por diversas enfermedades. El método de la hipertermia se utilizaba ya en el pasado. En siglo XIX, el fisiólogo Karl Franz Nagelschmidt comenzó a investigar los efectos del calentamiento producidos por campos electromagnéticos y corrientes de alta frecuencia en material biológico, concluyendo que dichas frecuencias hacen oscilar las moléculas. Esto llevó a los médicos a aplicar el calor terapéutico en pacientes. La idea de usar microondas para la terapia nació en Alemania en 1938 y se investiga desde hace 20 años. Hoy se utiliza la técnica de la hipertermia magnética, que es una variante de la hipertermia por microondas, y consiste en elevar la temperatura humana por medio de ondas electromagnéticas de 40 º C hasta 44º C. A partir de los 42º C se produce muerte celular. Pero no basta con el calentamiento para acabar con el cáncer: según los científicos, se lo combina con quimioterapia y, luego de cuatro ciclos, el tumor se opera. Luego sigue una terapia de radiación y otro ciclo de hipertermia combinado con quimioterapia. El costo del tratamiento es de casi 60.000 euros por paciente. En las partes del tumor más irrigadas, el calor es expulsado más rápidamente a través de la sangre, y la quimioterapia actúa más eficazmente. En aquellas menos irrigadas, el efecto de la quimioterapia es menor y el de la hipertermia más intenso. Además, el estudio demuestra que la hipertermia no aumenta los efectos secundarios de la quimioterapia.
¿Esperanza para vencer al cáncer?
En 1986 se comenzó a aplicar la hipertermia como tratamiento en la mencionada clínica, combinada con la quimioterapia sistémica, en el marco de estudios consecutivos. Se realizaron más de 5.000 tratamientos, y el equipo del Prof. Issels obtuvo en 1991 el "Premio Alemán a la Lucha contra el Cáncer" por esta labor pionera.
Para el Prof. Issels, "el objetivo fue ampliamente alcanzado". En septiembre se espera la finalización de un estudio de hipertermia aplicada al cáncer de páncreas. El estudio aleatorio comenzó en 1997 con 341 pacientes, de los cuales un 37 por ciento respondió bien a la hipertermia, mientras sólo un 12 por ciento lo hizo al tratamientos estándar. Lo relevante es que muchos más pacientes pudieron vivir al menos cinco años sin tener rastros de cáncer luego de aplicárseles la terapia, y esto "es un resultado extraordinario para nosotros", afirma Issels a la agencia DPA.
La hipertermia se aplica para tratar sólo tumores de gran tamaño que no tengan metástasis. Hasta ahora el tratamiento con hipertermia se realiza en cinco grandes clínicas alemanas, entre ellas, en el Hospital Charité de Berlín.
*Cristina Papaleo. -FUENTE: http://www.dw-world.de/dw/article/0,,2607497,00.html?maca=spa-Titulares-640-html
Incendios*
Es una vieja promesa: tenemos el desierto por delante y dos motos que responden bien. La mía es una ruidosa Tehuelche de industria nacional. Mi padre, desde su Vespa, se vuelve y me grita que ahí el general Roca chocó con los indios. No sé si es verdad porque mi padre es un mistificador de la historia nacional, un mentiroso de aquellos. Va con el pucho en los labios y las antiparras blanqueadas por el polvo, estira el cuello como si se asomara por encima de la historia. En el maletín lleva pastelitos de dulce de membrillo y tortas fritas que compramos en Acha antes de internarnos en el puro desierto. Para mí es como estar en un cuento de Kipling, pero sin árboles africanos. Mi padre había prometido volver a su mocedad de motores y distancias y esa aventura calzaba bien al esplendor de mi juventud. Ahí donde él dice que fusilaron a los indios hay como un paredón de piedras que han llegado de otro sitio pero cómo, para qué. Vamos por el huellón que años después será una ruta y al entrarle a la curva, cerca de los abrojos, mi padre hunde las ruedas en el polvo y sale lanzado por encima de los matorrales. Es un polvillo liviano y traicionero que cualquier buen piloto habría tomado en diagonal, como se encaran los rieles o las grandes verdades. Pero mi padre no es el avezado rutero que dice ser. A tantos nos pasa. Sus consejos son siempre buenos pero no hay manera de que los ponga en práctica a la hora de necesitarlos. Y ahí va, volando como una gigantesca águila blanca, planeando sobre el campo y los lejanos tiempos en que estuvo enamorado por primera vez. La caída es estrepitosa y ridícula; una rodada de anchos pantalones de sarga a los que van a pegarse los abrojos y los malos recuerdos. Lo jodido de ser joven, supongo que piensa mi padre mientras me mira avergonzado, es que lo peor todavía está por venir. Creo que habrá pensado así mientras se sacaba los abrojos como si fueran pulgas. La cantimplora se ha volcado, la moto no deja de bramar ahí tirada; el matorral de espinillos petisos se inclina con el viento. Dejo la Tehuelche en la hondonada y voy a buscarlo. Tiene una sonrisa boba, metida para adentro, como si lo hubieran sorprendido robando naranjas. Se levanta las antiparras y me dice que un golpe de aire le torció el manubrio justo cuando buscaba la diagonal. Si fuera a creer todo lo que dice no estaría detrás suyo, en esas fronteras que ahora vuelven a mí para cruzarse con otras que intuyo adelante. Le paso las manos por debajo de los brazos y lo levanto hasta que al fin hace pie. Le da una patada furiosa a la Vespa y de pronto me señala un resplandor: una mancha roja que se abre paso por debajo de las nubes, allá donde nuestro camino se pierde en el horizonte. Ya había visto otros incendios me dice, pero en el río, cerca de Campana, nunca en el desierto. Levanta la moto, comprueba que está bien y me indica unos arbustos que pueden darnos un rato de sombra. saca los pastelitos y prepara el mate en silencio. Al rato me doy cuenta de que se está devanando los sesos para encontrar una manera de atravesar el incendio sin quemarse el bigote. Le digo como al pasar que tal vez sería mejor volver a Acha con el fresco de la noche. Enseguida se le tuerce la boca en un gesto sobrador. Otra vez me quiere mostrar su omnipotencia. Sólo que ya soy grande y no me creo lo suyo. De chico me impresionaba porque sabía hacer cálculos complejos y se conocía de memoria las capitales de todo el mundo, pero después empezamos a alejarnos, a mirarnos con respeto, pero sin ternura. Ahora me daba cuenta de que ya venía jugado. Andaba buscando incendios no para apagarlos, sino para desafiarse a sí mismo; cruzaba ríos por el gusto de ganarle a la correntada y si le inventaba historias a los próceres era porque anhelaba haberlas vivido en carne propia. Como si fuera Roca peleando contra los indios. Así le iba: desde que salió a las provincias llevaba rotos un brazo, la cabeza y varias costillas. Piloteaba cualquier cacharro a toda velocidad sin enterarse de que era pésimo al volante. A veces iba preso o lo trasladaban por irrespetuoso. Casi siempre terminaba mal. Por eso, quizá, rumiaba la idea de irle de frente al incendio y al caer la noche trazó la hipótesis, escuchada en alguna parte, de que la mejor manera de combatir el fuego es ponerle más fuego. Insisto en volver a Acha y él se pone furioso. Un tipo joven y que lleva su apellido no puede ser tan cagón, me grita y enumera imposibles blasones familiares. Sabe que no vamos a cruzar entre las llamas, pero un día podrá contar que fui yo quien se lo impidió. Al rato abre el bidón de nafta que llevamos de emergencia y se sienta a dibujar en la tierra el círculo de seguridad que se propone crear quemando un kilómetro de arbustos. Lo dejo hacer, lo escucho y me digo que nunca ha dejado de ser un chico. Todo lo hace sin pensar en las consecuencias. Esa clase de tipos que salen a comprar cigarrillos y tardan cinco años en volver. A la hora de la cena el fuego aparece allá enfrente y una humareda negra cubre la luna. También, por fortuna, se ven relámpagos y pronto empiezan los truenos y las primeras gotas. Supongo que ha estado rezando para que Dios lo saque del apuro, pero lo primero que le oigo murmurar es que así debe ser el Apocalipsis. Fuego y agua, vientos cruzados; víboras que huyen y pájaros incendiados. Mi padre levanta los puños como un poseído, recita salmos de desastre y corre en círculo vaciando el bidón. Me dice que lleve las motos bien lejos y cuando vuelvo prende el encendedor. Un par de veces se lo apaga la lluvia hasta que por fin una mata toma fuego. En ese momento no pienso en el peligro, sino en el ridículo. Para que no entren las víboras, dice, por eso hizo un redondel de llamas. Furioso, lo agarro de las solapas y le grito que basta, que se deje de joder. Ya está lloviendo a cántaros y no tenemos con qué cubrirnos. Al fin me pega un empujón, tose y se sienta a contemplar el desierto que ha elegido para medirse con sus fantasmas. Ya es tarde para salir de ahí porque el agua ha embarrado el camino. Igual, nunca me había pasado de sentirme tan dispuesto a romper con él y sus manías. Fui corriendo a buscar la Tehuelche y empecé a desandar el camino, entre relámpagos. no me importaba abandonarlo a su suerte. Sin público que impresionar iba a volverse más razonable, supuse en ese momento y todavía pensaba lo mismo cuando escampó y me senté a esperarlo en una estación de servicio. Pero no vino. Pasaron helicópteros, bomberos, tropas de auxilio y mi padre no llegó. Pregunté si habían encontrado gente atrapada allá y me dijeron que a dos alemanes y un viajante de comercio. Dormí un rato en el galpón de la gomería, cargué nafta y me largué de nuevo por el desierto. El campo tenía una extraña tersura esmeralda que fulguraba con el sol. Los arbustos habían ardido hasta que el buen dios que acompañaba a mi padre les mandó un chaparrón. Sobre los huellones había grandes pájaros quemados y eso sí que no pude olvidarlo nunca. Volví muchas veces a la llanura y siempre pensé en mi padre y en mí, en aquel que era entonces. Ahora el niño soy yo y mi juguete es la palabra: puedo hacer que ardan de nuevo aquellos pájaros y trazar un arco iris al amanecer. Ahí está mi padre, en un boliche a la entrada del pueblo. Lleva un piloto largo y parece Clint Eastwood al final de Los imperdonables. Está un poco borracho y al verme llegar se le dibuja en los labios una mueca de desdén. Me siento frente a él y pasamos una hora en silencio. De tanto en tanto, tose hasta ahogarse. Por fin, cuando se le terminan los cigarrillos, me mira a los ojos y me pregunta a dónde voy. Al mismo lugar que él, le contesto. A comprarle juguetes para que crezca y de una vez por todas aprenda a andar solo por el mundo.
*de Osvaldo Soriano. Incluido en "Piratas, fantasmas y dinosaurios" Editorial Norma. Bs. As. edición de 1996.
Matilde Sanchez y su novela "el desperdicio" "Hay una idealización de los '80 de la que no participo"*
La escritora y periodista utiliza a la protagonista de su libro para analizar la realidad argentina en las últimas dos décadas. "Los '80 entierran la cultura del papel."
*Por Silvina Friera
El auge y la decadencia de Helen o Elena Arteche sintonizan con las últimas tres décadas de la vida política y cultural argentina. Esta "mujer en construcción" de origen rural, que llegó a Buenos Aires para estudiar letras a fines de los '70, pronto se transformaría en una lectora, profesora y crítica excepcional por el influjo de la época -la "primavera democrática"- y del ambiente, tamizado de política y filiaciones literarias. Por exceso de confianza o de optimismo, se creía que el tránsito de la juventud al futuro era un camino empedrado de libros y cine blanco y negro. Esta mujer de argumentos aplastantes discurría de semiótica o de marxismo y abrazaba los postulados del formalismo ruso, de sus amados Tynianov y Víctor Sklovski, autor del concepto de ostranenie, el extrañamiento estético, que ella utilizaría en muchos de los breves ensayos que escribió y que fueron adoptados por las cátedras más innovadoras. "Tengo la certeza de que durante años fuimos ventrílocuos de Helen y, por ende, de los formalistas rusos. Predicadores indirectos de la ostranenie", dice la narradora de El desperdicio. La escritora, traductora y periodista Matilde Sánchez evoca esos tiempos de efervescencia juvenil, contrastados con la madurez, sin edulcorar la trama con un culto a la nostalgia. Quizá se pueda leer entrelíneas que no todo tiempo pasado fue mejor. Ni peor. La edad de la comedia, ese tiempo de entusiasmos aún signados por un tono épico, cederá su paso, a principios de los '90, a un período gótico donde el ocaso del país y de la vida de Elena se deslizan de un modo inexorable -el aumento de la pobreza y la indigencia con el alcoholismo y el cáncer de la protagonista- hacia un final fúnebre. Sánchez cuenta que el embrión de su novela surgió de un relato de viajes que integra La canción de las ciudades. En ese relato, "Pirovano 94", se narra la historia de una muerte (la de Carmen, hermana de Elena) y el impacto que genera en una amiga. El desperdicio es una bisagra entre las muertes de ambas hermanas y el "gigantesco desarreglo" argentino que fue la crisis de 2001. Ese año la escritora viajó con frecuencia a la provincia de Buenos Aires y fue testigo del deterioro del campo argentino, "manantial" agotado de la riqueza del país. "Estaba cerca de los acontecimientos como nunca más volví a estar", confiesa Sánchez, que aprovechó esos registros, notas y apuntes para incorporarlos en la novela. "Quería plantear cómo la época impacta en las biografías de las personas", señala. "Uno se cree más autónomo de lo que realmente es, pero resulta muy difícil escapar al fatalismo de la época". ¿Por qué una persona tan excepcional termina, si se tiene en cuenta el título del libro, siendo un "desperdicio"? "Hay una trama de hechos que hace que una vida se desperdicie. Elena no puede despegarse del contexto y es arrasada como lo fuimos todos", subraya la autora de La ingratitud y El dock. -Aunque el concepto de lo fúnebre está desplazado hacia fines de los '90, daría la impresión de que algo murió también durante los '80. -La década del '80 está signada por la muerte de la idea de lo nacional. Aunque me dediqué a formarme en narrativa argentina, no soy una persona que piense en términos nacionales. Más bien todo lo contrario. En los '80 asistimos al eclipse de esas identidades que llamamos países, que siguen existiendo, pero mucho más resbaladizas y sinuosas. A diferencia de la generación de los '90, para nosotros la decepción no fue lo dado. Yo tenía una cabeza muy política y seguí la militancia de muchos compañeros desde una lectura muy activa, pero nuestro despertar a lo real fue traumático. Los '80 representan, además de la muerte de lo nacional, el entierro de la cultura del papel, un tema que también estoy trabajando en textos de no ficción. La novela refleja los últimos avatares del mundo ilustrado. -¿El fin de la cultura del papel implica la muerte del libro? -No hay manera de que este cambio civilizatorio no afecte al libro porque la memoria ya no está en papel. Después de siglos, el papel dejó de ser el receptáculo privilegiado de nuestra memoria y, aunque los libros siguen siendo un objeto de transmisión, el soporte del relato no necesita más el papel. -¿Por qué la narradora afirma que quienes idealizan los '80 llamándolos "primavera" incurren en la peor mitología? -Hay una idealización de esos años de la que no participo en absoluto. Había un montón de energías desperdiciadas y estaban muy polarizados los debates entre realismo o no realismo, entre literatura y mercado, categorías que después cayeron en bloque porque resultó que todo era mercado y que todo podía ser o no realismo. Es una época muy aureolada y no comparto esa mirada. Además, las disputas eran un poco simplonas, aunque aún puedan tener cierto tipo de gravitación. La reciente polémica en torno de Soriano en Radar es un coletazo de los '80, planteada en términos muy torpes. -¿En la novela hay un rescate de Miguel Briante? -Sí. Aprendí muchísimo trabajando con él y me gusta mucho el periodismo que hacía. Pero también me interesa como escritor, muy emblemático de esos años, que trataba de pensar lo nacional en el momento de su eclipse. -¿Qué tipo de comparación establece entre los modelos que prevalecieron en los '80 y los que estarían marcando esta época? -La transparencia de la vida privada es un imperativo de esta época. En los '80 había un culto al hermetismo porque la transparencia era mercado, otro de los debates de esa época que algún asidero tenía, a pesar de las simplificaciones. Hoy la transparencia se deslizó hacia la estupidez y la banalidad, un vértigo de la nada que veo funcionando, por ejemplo, en Gran Hermano. Me angustia un poco, y a la vez la angustia aparece de manera teatral, una combinación de Beckett y de Ionesco, pero en clave grotesca. Es el regreso paródico del existencialismo, el ser y la nada.
*Fuente: Página/12 http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-6676-2007-06-17.html
Fueguito*
Es una noche cualquiera. Usted esta en un lugar cualquiera, un bosque, la costa de un río, el jardín de la casa de algún amigo. junta hojas y ramas secas, hace una buena pila. Se arrodilla sobre la tierra, acerca un fósforo a las hojas y espera. Su figura -rápidamente lo descubre- tiene la reverente actitud de alguien que aguarda un milagro. Tal vez se trate de una vieja ceremonia a la que esta acostumbrado, y le baste forzar un poco la memoria para descubrir un vasto mapa de de fogatas a lo largo de su historia. Pero esta noche -siempre suele ser así- vuelve a sorprenderlo y a exaltarlo igual que la primera vez. Ante el crepitar de la llama, usted se siente extrañamente en casa. Es como volver de una larga ausencia. Un reencuentro en el que, con el concurso de la noche y el silencio, se va desanudando un lenguaje al mismo tiempo familiar y secreto, alimentado de certeza y plenitudes breves. El fuego crece y mantiene un monologo en el que usted encuentra una correspondencia exacta. El fuego es puro movimiento y usted no es más que sus ojos y el calor de su piel. rodeados por la oscuridad, protegidos, suspendidos, están en el centro del mundo. Usted siente que nada puede tocarlo. Escucha su mente desbrozar trabajosamente una idea: no soy el que fui ni soy el que seré. Simultáneamente toma conciencia de la banalidad de todo pensamiento. A esta altura, usted es una sola cosa con el fuego, un presente inevitable. se entrega, se abandona. Sin embargo, cree comprender que de esa comunión se desprende un sentimiento más amplio, que trasciende esta hora. a través del trabajo del fuego parece surgir una medida de orden. los ojos fijos, subyugado, sin cambiar de posición, usted piensa que, detrás de su persistencia, el fuego es fundamentalmente inocencia, un regreso a la limpidez del origen, al remoto albergue de toda posibilidad. Y comienza a percibirse usted mismo inocente, como una hoja en blanco donde todo puede ser escrito, donde todo esta por ser iniciado. Y acá es donde vuelve a reconocerse. Y a reconocer los términos que han marcado sus pasos a través de los días, los meses y los años: permanecer desposeído, abierto a lo imprevisto, alerta, en permanente sospecha. Son principios de una doctrina que se ha ido forjando y cuyo sentido ahora el fuego le devuelve. Comprende que también en usted ha ardido siempre parte de ese fuego. Que esa es una llama de consumación. Una llama donde usted se ha sacrificado siempre a si mismo, ha sacrificado su vida, las posibilidades de su vida, los accidentes de su vida, tal vez con el único fin de deshacerse de su historia o de construir una historia diferente. Es posible que oiga voces a través del aire nocturno, sin saber si se trata de amigos que vienen a buscarlo o si son llamados que llegan desde otros años, desde otros ámbitos, suscitados por otros fuegos. Acomoda algunas ramas y piensa que cuando todo esta dicho es bueno regresar al fuego, al origen. Que es bueno, muy bueno, volver a arrodillarse ante su voracidad, estudiar su movimiento y el núcleo cambiante de su centro. Que es bueno para sus alegrías y para sus dudas. que ahí, libre de toda esperanza, puede limitarse a mirar y a no pensar. Y en esa llama sin tiempo ve arder también el ciclo que termina precisamente esta noche, el ciclo que comienza, los muchos que vendrán con sus cargas de confusiones y riquezas, lo que ha sido, lo que será, y todo cuanto alberga la oscura, invencible memoria o nostalgia de la sangre.
*de Antonio Dal Masetto.
El vértigo incomparable de pensar*
*por Beatriz Sarlo bsarlo@viva.clarin.com.ar
Diez costureras cosen 40 vestidos en quince horas, ¿cuántas costureras será necesario emplear para coser treinta vestidos en cinco horas? No era ése seguramente el problema; a lo mejor, en lugar de costureras, se hablaba de albañiles y de metros de paredes, o de tanques de agua y canillas. Los detalles concretos del problema no tienen, en verdad, la menor importancia. Lo que sí recuerdo perfectamente es que, cuando me enseñaron la forma de su solución, en mi cabeza se abrió una especie de túnel luminoso: sentí que se perforaba un camino, y que me atravesaba algo así como un rayo frío, transparente e intenso. La imagen del túnel en el cerebro era la que yo podía inventar auxiliada por mi lectura de historietas, donde encontraba un depósito de comparaciones posibles para explicarme mis experiencias. O sea que el túnel se abrió en el medio de la frente y sentí cómo cedían los huesos sin quebrarse sino, al contrario, adaptándose a las molduras de la nueva realidad en la que yo ingresaba. Tenía nueve o diez años y creo que mi recuerdo no exagera nada. Pocas veces en la vida se tiene la sensación física de que se está aprendiendo algo radicalmente nuevo. Después, entre esos momentos intensos y luminosos, se extiende lapaciencia, la repetición, la acumulación y el aburrimiento. Esas pocas veces provocan sensaciones a las que es difícil definir como totalmente placenteras. Más bien intensas y eléctricas, no se adaptan a la norma habitual de lo placentero; son sensaciones alarmantes por su impacto y por la cualidad desconocida del mundo que dejan entrever. Uno cree estar asomado a un paisaje suspendido cuya existencia anterior se desconocía. Antes de aprender la solución al problema de las costureras, yo había aprendido las técnicas mecanizadas de la aritmética elemental. Las maestras creían que aprender a dividir por dos cifras era muy difícil. Por lo menos eso es lo que yo escuchaba repetir en mi casa, donde vivían varias maestras. Difícil o no, ésa era una técnica. En cambio, la solución del problema de las costureras y sus vestidos me pareció que no tenía que ver sólo con una técnica para resolver operaciones sino con otra cosa. Oscuramente agazapadas, detrás de las costureras o de los albañiles, palpitaban las incógnitas: es decir, si solucionaba el problema entendiendo la forma de su solución, había pegado un salto fenomenal. Nadie se ocupó de decirme esto, naturalmente. Sin embargo, el cilindro helado que me atravesaba la cabeza, como si yo fuera un personaje de historieta, indicaba que, por algún motivo, la belleza de ese problema que solucionaba incógnitas saltaba a la vista incluso de la chica mal preparada que yo era. A partir de ese día y durante varios meses resolví frenéticamente problemas de regla de tres, los buscaba en los libros y en los manuales, se los pedía a las maestras, me ofrecía para hacérselos a compañeras menos entusiasmadas por el milagro de las incógnitas. Después, ciertamente, el entusiasmo fue cediendo. Me di cuenta de que el cilindro de congelada luz ya no me atravesaba la frente cada vez que me ponía a averiguar cuántos canastos de fruta juntaban los cosechadores en diferentes lapsos de tiempo. La novedad se había agotado y, sobre todo, yo había mecanizado el esquema de la solución quitándole toda novedad. No me desilusioné, pero quedé a la espera, convencida de que, si eso me había pasado una vez, seguramente volvería a pasarme. Era cuestión de tiempo y me parecía inútil preguntar a las maestras en la escuela ya que ellas se preocupaban por otras cosas y, seguramente, no hubieran encontrado demasiado adecuadas a su pedagogía mis imágenes de historieta futurista. Está claro que yo no tenía aptitudes excepcionales para las matemáticas. No era por facilidad intelectual que me había ucedido eso con las incógnitas, sino simplemente porque una casualidad me había permitido captar el momento exacto en que aprendía algo que era lógicamente superior a lo que había aprendido hasta entonces. El problema me mostró cómo funcionaba mi propia cabeza y descubrir eso a los nueve o diez años es, sencillamente, una experiencia límite. No asegura un futuro brillante, pero ofrece un momento de incandescencia en el presente. Dos o tres años más tarde, me enseñaron la subordinación sintáctica. Con un trazo azul subrayaba la oración principal y luego, en diferentes colores, marcaba las subordinadas, armando una especie de árbol jerárquico por el que ascendía y descendía el pensamiento. De nuevo, como con la regla de tres, me pasé semanas buscando ejemplos en libros. Quería encontrar frases cada vez más complicadas, párrafos cada vez más largos, subordinadas cada vez más intrincadamente escondidas unas dentro de otras. En ese momento, mi ideal era una especie de frase infinita que yo no sabía escribir y que tampoco sabía dónde encontrar, una frase cuyas bifurcaciones fueran incalculables. Sólo quería ver páginas cubiertas de distintos colores como si en ellas hubiera germinado el árbol de la lengua. Creo que la escuela pasa por alto estos períodos enloquecidos de la infancia, porque en realidad son momentos solitarios e intratables.
*Fuente: Clarín http://www.clarin.com/diario/2007/06/17/sociedad/s-01437721.htm
* Queridas amigas, queridos amigos:
El domingo 17 de junio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor chileno Boris Alvarado. Las poesías que leeremos pertenecen a Jorge Mendoza Castaño (Colombia) y la música de fondo será de Llaqtamasi (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo! Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur. www.euroyage.com Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA Tel. + Fax: 0043 662 825067
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Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres). Enviar los escritos al correo: inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
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