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7-jul-2007 - TODA VERDAD ES UNA FORMA DE DESPEDIDA
a parar*
tejerbordarlabrarcincelar ar er constituir confeccionar ar ir a parar al engaño a parar pararlo detenerlo de pie inventarle pies y calzarle pies a los zapatos del engaño parado pasitos los nuestros a su alrededor y lo calzamos esto es: lo apieamos lo dotamos de nuestra labranza amos del engaño ¿detentadores? ¿arrendatarios? ¿consignatarios del engaño? pobrecitos nosotros en nuestras renuncias
dedico a los humanos sabios ellos desengañados mis dotadores despiezados y dezapatados esta moraleja que escribiré nunca la que me aprendieron cuando me enseñaron vislumbrar incluir huellas tema éste desconsiderado lírico para sórdidos descontrahecho (renuncias, renuncias) hechura irrenunciable ojo avizor tercera oreja segunda conciencia dimensión la enésima
apalabra sueltata
*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
-De Mi Mayor Estigma (si mal no me equivoco)
Toda verdad es una forma de despedida...
Te quiero pedir una cosita*
- Te quiero pedir una cosita - le dijo corriéndose hacia un costado, evidenciando, así, que lo que se venía tenía un aire personal, por fuera del contexto habitual de la colonia. Ella, algo confundida, sin perder la sonrisa todavía, se acercó hasta la baranda de la huerta, en el patio. - ¿Qué? - preguntó, arqueando las cejas. - Tu teléfono. Hacía tres o cuatro días que Lucas tenía ganas de encarar a una de las maestras de la colonia donde llevaba a su hijo -una que no había visto nunca-, pero por una razón o por otra -timidez, o porque ella, una de las veces se fue corriendo al baño con un nene que se había hecho caca-, no había podido. Ese día terminaba la colonia y a la maestra no la iba a ver por un par de semanas hasta que empezase de nuevo la escuela. Podía esperar. Pero creía que a ella también le pasaba algo. Y no pudo con su genio. El día anterior a esa mañana que quedaría grabada en la cabeza de Lucas por mucho tiempo, y en la de todos los demás que lo conocen dentro el jardín -directora, maestras, maestros, portero, los padres de los chicos, ¿los chicos?, y especialmente ella, la maestra jardinera, y su marido, por supuesto-, tuvo terapia. Acostado en el diván le habló al analista de la maestra durante varios minutos, una y otra vez, pero la cuestión pasaba por otro lado. Lucas contó que la timidez, la no confrontación, la vergüenza que lo asfixiaba cada vez que se exponía, le amargaba la vida. "Ya bastante mal me hice de chico", le dijo al analista mientras entretenía la vista con las paletas del ventilador del techo del consultorio. "Por eso", re afirmó para si mismo, "la voy a encarar y le voy a pedir el teléfono. La mina me gusta y quiero creer que yo le gusto a ella", supuso, rogó -las palabras le fluían una detrás de la otra a una velocidad asombrosa, desde el estómago derecho a la garganta-, "lo que yo quiero, y necesito, es romper con mis estructuras, mis moldes, mis miedos". Lucas suspiró e hizo silencio. Sólo se escuchaba su respiración y, casi imperceptible, el aleteo del ventilador. "!Tengo lo huevos llenos del miedo!", dijo de repente, fastidiado, con la voz entrecortada. Con las manos se apretaba la panza y tuvo que tragar dos veces para no lagrimear. A los pocos segundos, y por única vez en la media hora que duró la sesión, el analista abrió la boca: "¿La seguimos la semana que viene?". Lo primero que hizo ella fue mirar para atrás, como si estuviese a punto de robarse un perfume de la góndola de un supermercado. Cuando se volvió, él entendió que los miedos y las dudas que lo venían perturbando -desde que era chico-, tenían fundamento, un porqué. - Estoy casada - dijo ella, entre tensa y confundida. Unas de las pestañas, la izquierda, le bailaba, inquieta, como si fuese un tubo de luz fluorescente. Sobre los cachetes de la cara se le empezó a colorear una aureola rosada, y no por la emoción de verse avanzada -se dio cuenta Lucas-, sino más bien por la vergüenza -: ¿No viste mi anillo? - y se señaló la mano. Ahora sonreía. Lucas miró y lo vio por primera vez, en el índice de la mano izquierda: brillaba como si lo hubiesen pasado una franelita anaranjada de esas que vienen en los estuches de lentes para el sol. Acalorado como nunca en sus treinta años de vida, Lucas se rascó la nariz, miró para los costados y dijo: - Me siento el tipo más boludo de la tierra. Ella juntó las manos a la altura de la panza, bajó la cabeza y se puso a jugar con los dedos. - Está todo bien -dijo sonriendo, compasiva, una vez que levantó la cabeza. El silencio fue corto, insoportable. - Me voy a la sala - dijo ella señalando para el pasillo, a sus espaldas -. Nos vemos - y salió corriendo. Lucas dio media vuelta y encaró para la salida. El cuerpo le pesaba como si cargase sobre la espalda una bolsa de consorcio llena de arena. Empujó la puerta de calle y salió. Se quedó un par de segundos parado en la vereda, aturdido por el ruido de los diez, veinte coches que pasaron a toda velocidad como si fuesen una bandada de pájaros. Cuando volvió la calma, el tráfico parado en la esquina esperando el verde del semáforo, se dio cuenta de que la vergüenza y la frustración, no lo dejaban pensar. Una semana antes de aquella mañana, Lucas le puso los ojos encima a una de las maestras de la colonia, una flaca que siempre andaba vestida con colores muy vivos, que combinaban a la perfección con la temperatura y los aromas de una mañana cualquiera del mes de enero. Tenía piernas largas, llamativas. Y andaba con un pantaloncito de jean, suelto, liviano, que no terminaba de ocultarle la cola, curva, firme. El patio donde funcionaba la colonia estaba cubierto por una gran carpa de media sombra de color negro. Había dos pelopincho, piezas de madera para armar fuertes, montañas de fichas tipos rasty tiradas sobre alguna lona, pelotas de todos los colores, libros, sillitas y mesitas para jugar con plastilina. Los nenes y nenas, de entre dos y cinco años, corrían de acá para allá, o estaban subidos a los juegos, o a upa de las maestras. Él llegaba con su nena y ella los recibía con una sonrisa. Charlaban un par de minutos, del clima, de las actividades de los chicos. Ella le hablaba de sus cosas pero también preguntaba por las de él. Se reía mucho y nunca bajaba la mirada. "Casi no me di cuenta", le contó a un amigo, "se fue dando solo... por eso me parece que me gusta". Con el correr de los días, las charlas, el solcito, los rojos y verdes que ella lucía, el pantaloncito, Lucas se empezó a inquietar. Una de esas mañanas él la piropeo, así, como al pasar. Y ella le devolvió una sonrisa. Si bien era consciente de lo atrevido y riesgoso que podía ser encararse a una maestra del jardín, que tenía todas las de perder porque la flaca posiblemente no se la iba a jugar para cuidar su trabajo, se convenció: la iba a encarar. Lo que más le cerraba era que no la había buscado sino que todo se había dado de manera natural, sin forzar nada. - ¿Como andas, Pablo? - Lucas se acercó hasta el profe de educación física, en la puerta de una de las salas. A pesar del ser el profe de gimnasia estaba un poco pasado de peso, tenía la cara redonda y la panza le asomaba por debajo de la remera. Estaba apilando una colchoneta arriba de la otra, sobre el suelo. Y Traspiraba. - Bien, che, ¿vos? - Tranquilo - contestó Lucas, mirando para donde estaba la flaca, en la puertita de la huerta. Tenía puesta una vincha de color verde esmeralda que le cubría toda la frente. Le hablaba al oído a otra maestra, se reía, volvía a decirle algo -. Hoy hay pileta, ¿no? - le dijo Lucas al profe. - Si, a eso de las diez y media todo el mundo al agua. Los pibes se vuelven locos. Lucas, atento a los movimientos de ella, ni bien la pescó mirando, la saludó. Pablo se agachó, levantó otra colchoneta, la tiró sobre las demás, se limpió la traspiración de la frente, miró hacia donde estaba la flaca, volvió la cabeza, y dijo: - Che, nos estamos juntando con varios padres a jugar un fútbol 5. Hace falta uno. Lucas, contento, aprobó con la cabeza. - ¿De que jugás? -le preguntó Pablo, sin dejar de lado el tema de las colchonetas. - Abajo ando bien. - Listo, buenísimo. Veníte el martes -Pablo se puso de pie, ya había acomodado todas las colchonetas-. Las canchitas son las que están al lado del súper de los chinos -y se limpió de nuevo la frente. Antes de despedirse Lucas le preguntó por las vacaciones. - Ahora, cuando termine la colonia. Nos vamos unos días a Santa Clara del Mar. Se despidieron. A Lucas, Pablo le caía bien desde el día que se lo cruzó en un recital de folklore que se hizo en los bosques de Palermo. Ese día, el profe estaba vestido con una remera de Independiente, shorcitos, zapatillas adidas. Esa noche de calor y cielo estrellado, Lucas notó que Pablo estaba en su salsa. "Mañana la encaró", pensó tres días antes de que terminara la colonia. "Le pido el teléfono... no, mejor no, le pido el mail... no, el mail no da... ¿y si le pregunto si tiene planes para el fin de semana?". Lucas se quemó la cabeza a la noche, antes de irse a dormir, mientras se bañaba. Y se la siguió quemando ni bien abrió los ojos al otro día. Se pegó un baño, despertó a la nena, desayunaron, fueron al jardín. Trataba de no pensar en lo que iba a decir. Estuvieron juntos menos de un minuto, y en un momento tuvo la oportunidad de encararla, fue un segundo, antes de despedirse, tenía las palabras en la punta de la lengua, cosquillas en la panza, todo, pero no. No se animó. Lucas se fue al trabajo atragantado, puteando. Estuvo toda la mañana dándole vueltas al asunto, calculando cómo, cuando, donde y qué le iba a decir al otro día. Al otro día -dos días antes de que terminara la colonia-, encaró decidido a blanquear, ¿cuál era el problema, en definitiva?, pero tampoco pudo porque ella, en el momento que a él se la estaba por jugar, con los huevos en la garganta, salió corriendo con un nene que se estaba haciendo caca. Otra vez se fue sin nada. "Me quedan dos días", pensó. "Le pido el teléfono, directamente, a las minas no les gusta el cargoseo, las vueltas". Se había metido tanta presión a si mismo que ya no le importaba otra cosa que desembuchar, sacarse la mochila. "Si la mina me da teléfono, bárbaro, hermoso", especuló, "pero sino, todo bien, me quedo tranquilo conmigo mismo", calculó. El ante último día tampoco pudo. Y esa vez no hubo movimientos extraños de parte de ella que lo desacomodasen. No pudo. Así de duro y de tajante. La mina se mostró un poco más fría que de costumbre, es verdad, y eso no ayudó, porque lo que hace o deja de hacer el otro siempre influye, pero la realidad es que no pudo. "No sé, me pareció que la mina había intuido algo y estaba como a la defensiva", le contó al amigo. "Hubo un momento clave, fue cuando se hizo silencio y nos quedamos mirándonos, medios desacomodados... ahí era, en ese preciso momento. Pero no pude. Y al segundo ella me cuenta que no da más, que necesita vacaciones y que por suerte, a los dos o tres días viajaba una semanita a Santa Clara del Mar". Ese mismo día, por la tarde, Lucas tuvo terapia.
*de Mariano. MAbrevayaDios@plussistemas.com.ar
Cuando hemos perdido todo*
En su última novela, Pablo de Santis escribe a propósito de un personaje que se ve obligado a decir cierta verdad a la persona que ama: "dudó, porque toda verdad es una forma de despedida". Como ese personaje, siento que la terrible crisis argentina es la hora de decirnos la verdad; que es la despedida de todo aquello que creímos ser, engañados por una ficción política que muchas veces no tuvimos el valor o la lucidez de desbaratar. Y que asumir el casi insoportable dolor de esta despedida, utilizarlo como acicate para nuestra creatividad y nuestra solidaridad, es nuestra única posibilidad de sobrevivir. Quizá porque todo lo que construimos en la adultez parece a punto de destruirse definitivamente, a menudo creo revivir situaciones de infancia que me cuesta mucho recordar con precisión. Los primeros días, por ejemplo, creía reconocer aquel momento de la misa en que uno se sentía mirado por un Dios al que era imposible mentir y sobornar; pero de inmediato me corregía, porque el temor de Dios entrañaba una fe en su bondad de padre. Hasta que hace unos meses, en un bar al que llego todos los fines de semana por las calles de Buenos Aires entre asaltos y mendigos, mi amigo Pablo Pérez el equilibrista me dio una clave: "¿Sabés? Una noche, en Mendoza, a los once o doce años, soñé que despertaba y saltaba de la cama y al abrir la puerta de mi casa sólo encontraba una inmensa llanura, y allá, a lo lejos, una casilla cerrada que corrí a abrir y en donde estaba Dios. Estaba encogido y tembloroso, Dios, con unos ojos enormes que parecían pedir piedad. cuando le pregunté por qué estaba asustado, Dios me dijo que ya no podía volar. Y desde que me desperté", termina Pablo, "yo mismo empecé a treparme a los árboles y a aprender este oficio que todavía no sabía que existiera". De alguna manera todos nosotros, aun los que no creemos, sentimos que "Dios está asustado" porque nuestra imagen del mundo y de la historia, la que justificaba hasta ahora todas nuestras acciones, nos ha mostrado para siempre sus propios límites, sus incapacidades de entender y actuar. Sí: hemos asumido que Dios está demasiado asustado para ayudarnos. Y en el dolor del abandono, sentimos que sólo nos quedan dos posibilidades: o morir o vivir. Y sobrevivir es mirar valientemente aquello con que todavía contamos, y sobre todo, como aquel chico en los árboles de Mendoza, disponerse a aprender. Porque, ¿qué nos queda cuando parecen habernos robado todo? En principio, aunque suene a lugar común, nos queda la memoria, pero no ya como mero sitio de homenaje, ni siquiera como utopía realizada y perdida, ese paraíso de los padres fundadores que nos inmoviliza en veneración y nostalgia. La lección de los tiempos es, incluso, contraria: no somos una identidad inmutable, sino los sujetos de una historia de inevitables mutaciones que debemos tener siempre presente para que el cambio no derive en traición. Tenemos la memoria, digo, como sitio del presente repleto de herramientas todavía utilizables. Impedidos de comprar CDs, resucitamos las bandejas y los wincos y vamos por la ciudad rebuscando discos de vinilo que familias en bancarrota salen a vender o a trocar a las plazas: así resucita, casi intacta, la música de una argentina empeñada en escucharse a sí misma y a hacer escuchar sus voces, desde los alumnos del Mozarteum a los bagualeros de Yala, desde los baladistas del Di Tella a la gota de agua o el silbido de un barco que Leda Valladares perseguía por la ciudad con un diminuto grabador Geloso: Una Argentina que de pronto sabemos que sonaba para hoy y para nosotros. En las reuniones, ya cantamos distinto. Muchos de mis amigos, escritores y foniatras, cantores y hasta reparadores de electrodomésticos, se han puesto a escribir manuales: no ya para aprovechar tal o cual demanda de las editoriales, todas al borde de la quiebra. Todos tenemos la misma urgencia de compartir esos saberes que creíamos haber olvidado simplemente porque nadie nos lo requería, porque nos habíamos acostumbrado a hacer nuestros trabajos según órdenes ajenas o extranjeras o porque, en fin, nos habíamos resignado a que nos hubieran arrebatado nuestro puesto de trabajo. Una de esas amigas me dice que en los talleres de escritura, por ejemplo, han sido muy pocas las deserciones: lo que era, hasta diciembre una actividad secundaria se ha revelado como el último lugar en que un pueblo defiende la posibilidad de decirse, de imaginarse, de elaborar, contra la alienación, un lenguaje nuevo y propio. Por supuesto, no confundo estas formas de resistencia con ninguna victoria final, ni siquiera la auguro; pero las señalo como lo que son, luces imprevistas que nos permiten seguir dando pasos en medio de esta oscuridad, apostando a que nos suceda lo mismo que al protagonista de aquel cuento danés que, después de toda una vida de aventuras durísimas, subió a la cima de una colina y vio que su itinerario por la comarca había dibujado una figura precisa: la figura de una cigüeña. Y que esa figura le daba, porque había sido fiel a su deseo, un premio más cierto y profundo que la felicidad: el premio de la comprensión. En verdad, escribo estas vivencias y me doy cuenta de que en medio de la tragedia aprendimos a aprender de todo y de todos: y que el cuidado de una planta o un animal, de pronto tanto menos frágiles que nosotros, o la escritura de una novela, tanto más espaciosa y acogedora que nuestra propia vida, me han enseñado mucho sobre el tiempo, en estos meses que he vivido con la intensidad de los muy viejos, incapaz de concebir la idea del futuro. Por eso, contra esa obligación "políticamente correcta" de estar tristes, me parece urgente contraponer esta evidencia, obvia desde siempre en todas las militancias, aun -y acaso especialmente- en las que surgen como respuesta a una de las tragedias más horrendas; esa evidencia obvia, digo, en el increíble fenómeno de las asambleas populares o del movimiento piquetero: el dolor, en lo que tiene de verdad, abre camino siempre a la belleza, "porque la belleza es verdad, la verdad es belleza y nada más importa saber sobre la tierra". Más aún: el dolor exige convivir con la alegría, nunca con la tristeza, que es negación y muerte. La alegría de crear, la alegría de servir, la alegría de saberse útiles. Y si no, fíjense en esta última historia verdadera. Mi amigo Ivo Machado, que es poeta y controlador aéreo en Portugal, recibió una noche la llamada de un piloto que volaba solo en medio del océano Atlántico. cuando el piloto le describió su situación, Ivo le dijo lo que el otro quizá no se atrevía a admitir: que carecía de combustible suficiente como para llegar a cualquier costa, y que debería prepararse para acuatizar. Durante unos minutos, el piloto siguió haciendo preguntas vacilantes, preguntas que eran excusas para no quedarse en el silencio del mar y que Ivo respondía con precisión y solidaridad: no, en esas latitudes no había tiburones; sí, claro, la temperatura de esas aguas, aun en invierno, no representaban peligro alguno. Creo que el piloto mandó entonces algún mensaje, y que Ivo prometió retransmitirlo. pero cuando ya no hubo más que decir, el piloto intentó despedirse. Ivo, sin saber por qué, le preguntó si, en lugar de quedarse en silencio, no quería oír poesía. El piloto dijo sí, y durante casi una hora, hasta que finalmente el piloto se perdió en el silencio final, la voz de Ivo cruzó la inmensidad llevando los versos que había amado durante toda su vida. Ivo nunca me contó si el piloto era portugués: en tal caso, el piloto habrá sentido que toda la cultura de su pueblo acudía en su ayuda; si no era portugués, y aunque el sentido se le escapara, igualmente habrá podido percibir que el ritmo de los versos se plegaban dócilmente al del mar y al de la luna, y que ésa es la conquista de la aventura humana. Pienso en Pablo, el equilibrista, planeando sobre las mesas del bar y en Ivo diciendo sus poemas. Pienso en el chico que fui y en el que, de algún modo, somos todos en medio de esta tragedia y me parece oír, en todos los casos, el mismo silencio, y es el silencio de una ceremonia, y es un silencio sagrado. El comienzo de un rito, sí, que repetiremos siempre para saber que una vez nos salvó esta verdad: "Dios nos abandonó, y cae la noche. Pero estás vos y estoy yo. Vamos volando".
*de Leopoldo Brizuela. -Publicado en la edición del diario Clarín del jueves 6 de junio del 2002.-
Sábado, 07 de Julio de 2007 OJO, LECTORES
Soy agente foráneo, prochileno y delirante*
*Por Osvaldo Bayer
Todo es posible en nuestro querido país argentino. Sin exageraciones: nos podemos comparar con Estados Unidos. Por ejemplo, en el caso de ignorar y sentirnos inocentes en nuestros crímenes como sociedad. Hace poco comenzó la discusión entre Estados Unidos y Alemania con motivo de un artículo del periodista alemán Markus Günther. En él se afirma que en Estados Unidos hay innumerables monumentos recordativos de los genocidios o crímenes sociales ocurridos en otras partes del mundo. Pero no hay ninguno que recuerde la esclavitud americana, ni tampoco referente al crimen cometido contra los pueblos originarios por los conquistadores, los colonos y los buscadores de oro. Por ejemplo, en territorio estadounidense hay ya más de cien monumentos recordativos del Holocausto nazi-alemán contra el pueblo judío. Y existen 27 monumentos que recuerdan el genocidio turco con el pueblo armenio (aunque estos monumentos sí son muy pequeños y demasiado discretos para no interferir en las buenas relaciones comerciales con Turquía). También hay ya un monumento -inaugurado por Bush- a las víctimas del comunismo ruso y chino y varios -en Florida, claro está- contra la Revolución Cubana de Fidel Castro. El periodista Markus Günther dice textualmente: "A los americanos les gusta recordar las víctimas de otros países, pero se olvidan de los cadáveres que tienen en el propio sótano". Principalmente de las víctimas de todos los golpes militares que financió y respaldó Estados Unidos en Latinoamérica. Para no hablar de Vietnam, Afganistán, Irak. Los argentinos también tenemos nuestros cadáveres en el sótano. De eso no se habla. Todo lo contrario, a los autores de quitar la vida y la tierra les hacemos monumentos. Más todavía, se niegan hechos históricos. Ni siquiera reconocen sus grandes errores los partidos políticos que participan de la democracia, para los cuales el debate y la autocrítica tendrían que ser dos armas para el avance sobre las equivocaciones. Y no la negación absoluta. Por ejemplo, el radicalismo, con las tres represiones obreras más sangrientas de un gobierno elegido por el pueblo. Y el peronismo, con Ezeiza, las Tres A, el nombramiento y dominio de López Rega. Para quedarnos en sólo tres cosas, porque podríamos llenar la página con pecados y transgresiones a los derechos y las libertades. Por haber ayudado humildemente al esclarecimiento de hechos así negados, me acaban de insultar de la forma más grosera y falaz. Lo ha hecho nada menos que un organismo radical: la Fundación Arturo Illia, con la firma de su presidente, Gustavo A. Calleja. Tenga cuidado el lector conmigo porque he sido calificado de "escritor prochileno y defensor de los trusts internacionales del petróleo". Nada menos. Quién lo iba a decir. Además agrega que soy un "delirante" porque sostuve "que Yrigoyen estaba al servicio del Imperio Británico". Cosa que jamás sostuve. Lo invito al mencionado radical a demostrar con citas ese disparate. Ese e-mail de la Fundación Arturo Illia ha recorrido todo el territorio del país y también ha llegado al extranjero. Sin lugar a dudas, el señor Calleja ha utilizado el estilo de Goebbels, el ministro de Propaganda del nazismo, de "miente, miente, que algo queda". Es el recurso de quienes desprecian el debate y las legítimas pruebas científicamente históricas. Para escribir esa carta, el señor Calleja no se tomó ni siquiera el trabajo de leer mis investigaciones, sino que habla por boca de ganso. Fíjese el lector esta burrada, textual, de esa fundación: "El escritor prochileno y defensor de los trusts internacionales del petróleo Osvaldo Bayer desarrolló novelísticamente la documentada obra de José María Borrego llamada La Patagonia Trágica". Hasta ahí la frase asnal. Ni siquiera escriben bien el apellido de ese autor. Borrego, lo llaman. Y es Borrero. Es igual, para ellos. Segundo: La Patagonia Trágica de Borrero no habla de las huelgas patagónicas sino de los cazadores de indios, los negociados con las tierras y la justicia del territorio de Santa Cruz. Para los autores radicales, es lo mismo, total, quien lee su mensaje no va a ir a comprobar nada. Pero la mentira queda, porque lo dice la Fundación Illia. Agrega el escrito radical que los verdaderos autores de las trágicas huelgas patagónicas de peones rurales fueron los que "servían conscientemente a las multinacionales petroleras, a las ambiciones chilenas de apropiarse de la Patagonia y a grupos anarquistas bakuninianos que pregonaban una revolución que no entendían". Y ya, en el total despropósito, agrega la Fundación Illia: "Todos ellos son los responsables del engaño a que fueron sometidos honestos trabajadores y que tan trágicamente terminara". La Fundación Illia no tiene en cuenta ni siquiera la célebre sesión de diputados de la Nación del 1º de febrero de 1922, donde se discuten los fusilamientos en la Patagonia y donde se demuestra la increíble injusticia cometida. No hay ningún diputado yrigoyenista que afirme lo que ahora sostiene la fundación de que los autores de la huelga "sirvieron a las multinacionales petroleras, a las ambiciones chilenas y a grupos anarquistas bakuninianos que pregonaban una revolución que no entendían". Más todavía, el diputado radical Leónidas Anastasi en esa sesión reconoce la tragedia y la injusticia cometida y señala, en su larga exposición: "De los dos mil trabajadores de Santa Cruz han muerto una buena cantidad que eran secretarios y militantes de asociaciones obreras, qué rara especie de bala es ésta que busca en el campo de batalla precisamente a los secretarios de sociedades obreras, a los organizadores del movimiento de resistencia a la patronal". Está todo dicho, lo dice un hombre de primera fila del gobierno de Yrigoyen. Y la bancada mayoritaria radical no actúa con coraje civil y voluntad democrática: al contrario rechaza, porque es mayoría, la comisión investigadora que debía trasladarse a la Patagonia para excavar las tumbas masivas. Sólo dos radicales votan para que se haga la investigación: Amancio González Zimmermann y Ferraroti. No hay ningún documento del teniente coronel Varela en el que pueda basarse la tesis de la Fundación Illia-Calleja, en la que se demuestre la intervención chilena ni la ridiculez de las "multinacionales petroleras". Una patraña de último momento de la Fundación Illia-Calleja. Todo lo contrario, en mis cuatro tomos de La Patagonia Rebelde demuestro cómo el gobierno chileno le ofrece al gobierno argentino colaborar en la represión de las huelgas rurales con el argumento de que "los mismos dueños de las estancias argentinas son los dueños de las estancias chilenas". Más todavía, la organización de extrema derecha Liga Patriótica Argentina, presidida por el radical Carlés, recibe el apoyo de la organización similar chilena, Liga Patriótica Chilena, para reprimir a los huelguistas. Todo es un embuste lo que sostiene la Fundación Illia-Calleja. Y así recurre al insulto bajo contra mi persona. Por eso le iniciaré juicio por calumnias. Pero al mismo tiempo la invito a un debate público sobre las huelgas patagónicos que podríamos realizar en el aula magna de la Facultad de Filosofía, ante docentes y alumnos de Historia. Podrá venir el señor Calleja con todos los asesores que quiera. Sobre el tema he escrito los cuatro tomos de La Patagonia Rebelde. Nunca ningún protagonista de los hechos me inició juicio por calumnias ni siquiera pudieron demostrar que alguno de los documentos citados podría ser falso o malinterpretado. No, los militares sólo se atrevieron a quemar mis libros y a perseguirme, cosa que me costó ocho años de exilio. Mis libros fueron quemados por el teniente coronel Gorleri durante la dictadura. Ese oficial después fue ascendido a general por el gobierno de Alfonsín y eso que yo envié todos los antecedentes al Senado de la Nación, que lo ascendió igual. Así que los argentinos tenemos un general cuya especialidad es ser quemador de libros. He calculado que actualmente el general Gorleri cobra un sueldo de general, que es cinco veces el de un bibliotecario de una biblioteca popular. Realidades argentinas. Nunca el partido radical, del señor Calleja, me desafió a un debate sobre mis libros y el film La Patagonia Rebelde. Se calló la boca. Ninguno de sus representantes dijo nada. Y ahora se atreven con el insulto barato propio de la necedad estólida. Detrás de ellos está la sombra de los asesinatos cometidos también durante el gobierno de Yrigoyen de la Semana Trágica y de los hacheros de La Forestal. Pero, como decíamos al comienzo, esos temas no se discuten. Por ejemplo, en la misma sesión de Diputados de 1922, se recordó que la cámara había enviado tres años antes un pedido de informes al presidente Yrigoyen acerca de la Semana Trágica y sus órdenes de reprimir la huelga de metalúrgicos que exigían las ocho horas de trabajo, permitiendo la actuación de la extrema derecha encarnada en la Liga Patriótica. Pues bien, Yrigoyen nunca cumplió con ese pedido legislativo y se llamó a silencio. De eso no se habla. Tengan los políticos la valentía de reconocer los errores. Sólo así el país podrá entrar en los verdaderos caminos de la democracia y el respeto a la vida.
*Fuente: Página/12 http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-87743-2007-07-07.html
Viernes, 06 de Julio de 2007 Conversación (Crónicas de bares V)*
Por Iván Fernández *
Los domingos, se sabe, están abocados a una gama de ritos, religiosos, familiares, y también solitarios, el diario y el fútbol de radio. Pero este domingo no hay fútbol y llovizna con cierto calor, y para quienes las misas y las familias no son un refugio, la opción es la asistencia, la constitución en bares, los diarios que insisten. La fauna mayoritaria es masculina en el bar al que yo asisto, la frase encantadora del mismo es "Comida casera", y se combina con una tropa de mozas jóvenes que atienden sonrientes. Tal vez parezca esto una especie de paraíso masculino: comida como la haría la madre y mujeres jóvenes serviciales, pero no, el clima predominante es de cierta opacidad. Algunos hombres miran hacia fuera, otros tienen los ojos indiferentes posados en cualquier estantería del bar, otros leen. Casi todos solicitan milanesas, y luego, los postres. En el bar que tenía mi abuelo, donde trabajaba mi madre, como moza, y conoció a mi padre, como cliente, donde mi madre y su hermana festejaron sus quince años y casamientos, concurría regularmente un hombre que pedía una lata de duraznos. Se oponía, firmemente, a las compoteras, de la lata de duraznos abierta comía, mientras jugaba al billar. Hay sí, y además, una familia: el hombre lee el diario, la mujer cuida al niño. El niño juega con un paraguas telescópico, lo revolea, lo hace girar, lo usa como bastón y grita: "No quiero", y grita: "Quiero". El hombre lee, el niño grita, el hombre lee, el niño grita, la mujer calma. Afuera, personas pasean perros, los perros dialogan, los dueños también, pero con menos ímpetu. Dentro, comemos los aromas caseros. Ha ingresado una pareja un poco mayor, la moza que los atiende los conoce, les habla con cariño y coquetea con la autoridad de la patrona: ¿Qué les sirvo? ¿Lo deja tomar vino? "A esta altura...", resignación cómplice de la mujer. Los dos sonríen, hombre y mujer, y la moza también, son como una variante en los ánimos del bar. Antes de abrir su bar, mi abuelo recorría los otros bares del pueblo, y en cada uno tomaba algo con diferentes grupos de amigos; después, y recién entonces, iba a atender su negocio. Quizá había algo en los otros bares que no se conseguía en el suyo. Algunos hombres están sentados afuera, hay algún grupo de amigos y otros solos. Uno está tomado por la tecnología, tiene una serie de aparatitos colgados visiblemente al cinto, de uno de ellos brotan los auriculares que le trepan a los oídos. Los amigos comparten el diario y las miradas a las jóvenes adormiladas que un mediodía de domingo pasean su belleza de restos de pintura y desaliño. Las mozas circulan, una sube y baja una escalera probablemente atendiendo gente en una planta alta que no se divisa; el niño juega con el paraguas e ingresan al hogar dos mujeres, unos cuarenta años, rubias, que agitan la calma que los hombres habían insistido en sostener hasta entonces. Casi todos voltean para verlas, y permanecen así por un rato, máxime que las mujeres dudan acerca de donde sentarse y se pasean un par de veces por el salón. Las miradas juegan con el reinado de la soledad masculina. Cuando finalmente se sientan, de a poco la agitación de las miradas va cediendo. A la pareja un poco mayor y sonriente, se acerca un hombre que les dice: "Vamos a festejar los cincuenta años". Los tres comienzan a recordar cuándo se conocieron. Las historias de familia, hablémoslas en casa, pero para otros. Afuera siguen los perros precediendo a las personas, un hombre que pasa con una mochila de rasgos infantiles, otro con bolsa de pan y más jóvenes adormiladas. Dentro, hay quien busca su vianda, entra al bar, vuelve a casa, y se va. Estamos comiendo las texturas hogareñas, están mis hermanos solos, o con un niño y una mujer; mis abuelos felices. Luego del tiempo necesario para sortear la dificultad de llamar la atención de mis tías, pago y me aprestó a irme. Yo también compré el diario, y tal vez lo lea. En el bar quedan dos custodios, son dos jóvenes, sentados uno a cada lado de la puerta, cuidando la guarida. Me voy, abandonando el clima de cierto silencio. En el bar de mi abuelo, de mi madre, de mi abuela, de mi tía, de mi padre, las conversaciones duraban largas horas que pasaban rápido. Y en esas conversaciones se conocieron mis padres, y mis tíos. Yo conocí ese bar cuando había pasado ya su apogeo.
*FUENTE: ROSARIO-12 http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-9266-2007-07-06.html
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Queridas amigas, queridos amigos:
El domingo 8 de julio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM o 97.3 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores latinoamericanos Miguel del Aguila, Milton Esteves, Carlos Sánchez-Gutierrez y Ricardo Zohn-Muldoon. Las poesías que leeremos pertenecen a Vicente Girarte Martínez (México) y la música de fondo será de Alma del Sur (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo! Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur. www.euroyage.com Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA Tel. + Fax: 0043 662 825067
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Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres). Enviar los escritos al correo: inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
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