



Zumo de C-Vitamina- Garbancita, ¿hazme el desayuno?
- Cómo no, mi amor. ¿Te antojas algo?
- Hambre no tengo, pero estoy a punto de resfriarme.
- Yo tengo el remedio. Tú acuéstate que enseguida vengo.
...
- ¿Estás listo?
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Zumo de C-Vitamina
Posesión
en el sueño
Ven
amado
Te probaré
con alegría.
Tú soñarás
conmigo esta noche.
Tu
cuerpo acabará
Donde comience
para mí
La hora
de tu fertilidad y tu agonía;
Y porque
somos llenos de congoja
Mi amor
por ti ha nacido con tu pecho,
Es que
te amo en principio por tu boca.
Ven
Comeremos
en el sitio de mi alma.
Antes
que yo se te abrirá mi cuerpo
Como mar
despeñado y lleno
Hasta el
crepúsculo de peces.
Porque tú
eres bello,
Hermano mío,
Eterno mío
dulcísimo,
Tu
cintura en que el día parpadea
Llenando
con su olor todas las cosas,
Tu
decisión de amar,
De súbito,
Desembocando
inesperado a mi alma,
Tu sexo
matinal
En que
descansa el borde del mundo
Y se
dilata.
Ven
Te probaré
con alegría.
Manojo de
lámparas será a mis pies tu voz.
Hablaremos
de tu cuerpo
Con alegría
purísima,
Como niños
desvelados a cuyo salto
Fue descubierto
apenas, otro niño,
Y desnudado
su incipiente arribo,
Y conocido
en su futura edad, total, sin diámetro,
En su
corriente genital más próxima,
Sin cauce,
en apretada soledad.
Ven
Te probaré
con alegría.
Tú soñarás
conmigo esta noche,
Y anudarán
aromas caídos nuestras bocas.
Te poblaré
de alondras y semanas
Eternamente
oscuras y desnudas.
EUNICE
ODIO
La que te espera
Ahí va
Encomio de la bocaVicios
secretos
Elisa Ramírez no recuerda a ninguna mujer "diciendo con soltura: '¡Qué masturbación la de anoche!'". Nadie, ni las más valientes se atreven a usar un lenguaje que pertenece a los prepotentes machos. Algunas recurren a eufemismos. Elisa nos habla de una compungida señora quien, tras triste separación, "daba en zangolotearse los tugurios". Elisa leyó este texto en la presentación del libro Manual de Manuela, de Antonio Armonía, y, entre otras muchas verdades dolorosas, nos recordó que "nadie, excepto tal vez las griegas, puede entablar coloquios íntimos con su clítoris, como nadie pide caricias en el pliegue popliteo o piojito sobre el esternocleidomastoideo".
El lenguaje no concede al tema que hoy nos ocupa una designación específica. Oí en una ocasión un verso, entre muchos otros de una canción: "La reina dio sus alhajas, cuando Colón le hizo... la historia."
Intrigada -y ya muy mayor- pregunté por la historia. Me explicaron puntualmente que se aludía a la masturbación de las mujeres. La palabra paja no designa específicamente la variante femenina y viene, además, del Caribe; pero en mi credulidad quedó asociada a los viajes por mar abierto.
Tampoco había censura en los viejos tratados de patología venérea perdidos en libreros familiares, que daban cuenta de los desgarros, atorones y ridículos percances sufridos por mujeres que usan "objetos extraños" para colmar sus deseos; inmediatamente después venía un capítulo sobre los abortos por la libre, con láminas a todo color, capaces de desalentar a la ninfómana más obcecada. La cercanía, allí mismo, de las palabras pesario y ovario asociaban el terror gráfico al peso, al pesar y al agravio.
Irrumpieron en la pubertad Freud y Simone de Beauvoir, tecnicismos médicos, interpretaciones, explicaciones formales del principio del placer y las ideologías dominantes. Masters y Johnson lograron aligerar el asunto. A costa de voluntarias, literalmente enchufadas, explicaron el mecanismo exacto de lo que ya conocíamos por vía práctica, gracias a las virtudes relajantes de los baños y el agua caliente.
Las feministas italianas radicales de los setenta voceaban el eslogan: dito, dito, dito: orgasmo garantito frente al fracaso craso, craso (o algo así) de un pene machín. Un nuevo verbo se anunciaba: dedear... Pero "métete el dedo" era más bien vejatorio y para hombres; suena más cerca de la jotería que del placer femenino.
Somos de los tiempos en que para ver a alguna italiana o francesa en fondo debía uno tener veintiún años cumplidos. El Marqués de Sade resultaba una incomprensible acrobacia combinada con el juego de las cebollitas y recurrimos, deslumbrados, a Lawrence -para empezar-, a Miller, a Durrell, más acordes con nuestras inquietudes. Más tarde, cuando ya era menos apremiante, tuvimos a mano el erotismo de Anäis Nin, Marguerite Yourcenar, -recuerdo un cuento de André Pieyre de Mandiargues... el conejo entre las piernas de la niña en "La sangre del cordero" o la deliciosa perversidad oriental de Tanizaki. Envidio la adolescencia de los más jóvenes desde el vacío ante nuestra necesidad apremiante de leer, casi de bulto, la respuesta temprana a nuestras preguntas.
La sexualidad femenina no enfrenta a la ignorancia ni a la desinformación: más bien la circunda un aura de silencio -aun interior. Nadie, excepto tal vez las griegas, puede entablar coloquios íntimos con su clítoris -con nombre de silogismo- como nadie pide caricias en el pliegue popliteo o piojito sobre el esternocleidomastoideo. No recuerdo a ninguna mujer diciendo con soltura: ¡qué masturbación la de anoche!; ni siquiera a las más beligerantes. Estamos a merced de eufemismos inventados sobre la marcha. Recuerdo a una compungida conocida quien, tras triste separación, daba en "zangolotearse los tugurios".
En las novelas más picantes y decimonónicas, el libidinoso autor se recreaba con los juegos lesbianos de dos mujeres que habrían de sacrificar esos divertimentos a la penetración -como Dios manda- de un héroe siempre bien dotado.
Antes, nadie decía esta boca es mía. Salvo cuando era función hecha por hombres, o ante ellos, o para ellos. La manipulación solitaria no requería ser explícita. Hoy día, la televisión -en cualquier horario-, el cine más ingenuo, los videos más cándidos, tienen escenas de amor, desnudos, jadeos: siglos luz entre Doris Day y Madonna. Para la literatura y el cine, la prueba de fuego es la memoria: las escenas se olvidan, ya nadie tiene miedo a volar. Me acuerdo de descripciones por escrito de adolescentes chaqueteros, pero sólo conozco un equivalente femenino (ilústrenme los especialistas): se trata de un largo poema de Anne Sexton titulado "La balada de una masturbadora solitaria." ("De noche, a solas me caso con la cama" es el estribillo de cada estrofa.)
Con bombo y platillo -ninguna pregunta, aclaración o inhibición- solían amenazar a mi hermano o a mis primos de que, tarde o temprano, tendrían peludísimas manos. Era de lo más común el "déjese ai, chamaco" de las nanas, la burla ante toda clase de chaquetas -sobre todo las mentales-, el "ahora sí que te creció, por andártela jalando" que hacía caso de cualquier propuesta más o menos descabellada, la recomendación de tejer dos chambritas para combatir el insomnio; pero nunca cristiana alguna comentó que el cura le preguntara en viernes primero: "¿Te tocaste, hijita?" Por más que se compartan estos coloquios y expresiones con los hombres, alrededor de las mujeres sigue el cerco de silencio.
Nadie objeta o cuestiona la práctica -todos evitamos su nombre. La masturbación -más turbadora si de mujer se trata- requiere de ingredientes distintos en quienes traen la música por dentro.
En los tiempos en que apenas comenzaban los jeans y las pantimedias, cuando en el cine, las novelas y la vida todo lo indecible se resolvía en un fade out, carecíamos de imágenes inmediatas que sirvieran de acicate al placer. No se trataba sólo de una ciencia práctica, sino de hallar un modelo ejemplar y óptimo. Quienes tuvimos tan pobres antecedentes enriquecimos el acervo de la improvisación con lo vivido; el propósito inicial no fue poner en escena nuevos eventos, sino aumentar, corregir y enmendar los ya ocurridos. Explorábamos conforme íbamos conociendo -memoria y deseo se unían a la curiosidad. Por otra parte, los tempranos sueños eróticos, donde el inconsciente lucha con una almohada entre las piernas, fueron echados al olvido por su carga de culpa.
Tradicionalmente, la masturbación se piensa como sustituta o sucedánea de lo real, lo verídico, lo apropiado. No suele considerársele paralela, coexistente, hermanada con el coito: es de piña o de limón. Se supone que no deben darse, en el mismo sujeto, durante el mismo periodo. El onanismo es de los solitarios, no se practica cuando hay deleites compartidos. De allí su vínculo con el abandono.
Pero las mujeres -tal vez también los hombres- ayuntan, añaden, componen y remedan lo vivido. Por distintos medios se antologa y reconstruye. La masturbación, que en un principio dice el nombre de otro -de todos, de cualquiera-, por fin dice el nuestro con sonoridad propia. Prestanombres, la masturbación permite la definición de deseos claros y distintos en el territorio del cuerpo. Aunque supla consoladoramente una ausencia -freudiana o de acordes más rancheros-, llega por fin a un sitio autónomo, pleno y variable: donde estuve, donde podría haber estado, donde quisiera estar, donde nunca estaré, con quien quise... es la patria del collage.
Por eso, tal vez, nadie tendrá nunca la exactitud hábil de las propias manos; por eso, tal vez, será siempre alimentada por la compañía del otro, al cual brinda el aliento de un saber acumulado.
El exceso de ruido producido por puñeteros todopoderosos frente al pudor de las pajueleras hace sonar a machismo o revancha toda mención de este tema. Resguardados en su somnolencia, en su cálida autonomía, en su recinto de paja, hay cantos que mejor prosperan en la penumbra y la soledad, hallando resonancia y eco exacto en el silencio a(h)cogedor.
Tamara, La musa de mi Blog
Tamara de Lempicka: ¿Has existido o eres una encarnación de mis sueños eróticos?
Aprende a mirar con el ojo de la boca, el ojo más sensual, el ojo que esconde la lengua y sus caricias húmedas, envolventes, insaciables. Envíanos la biografía íntima de todos tus labios y el registro secreto de tus miradas.
Tamara de Lempicka
Tamara de Lempicka
Tamara de Lempicka
El crítico Giancarlo Marmori propuso la hipótesis de que Tamara de Lempicka, figura relevante en los años veinte del París artístico, se había convertido en una desconocida. Tamara, nos dice nuestra colaboradora Andrea Blanqué, contestó: “¡Desconocida! ¿Desconocida de quién? ¡Sólo de esas nulidades! Yo nunca he sido una desconocida. Yo he pintado siempre.” Nueva York, Houston, mansiones en París, clínicas en una Suiza descrita por Scott Fitzgerald, hotelitos en los lagos italianos y nuestra Cuernavaca... en esos lugares vivió para pintar y pintó para vivir. Su “polvo enamorado” vive entre las cenizas del volcán mexicano contemplado por el miedo y la leve esperanza de Lowry.
Andrea Blanqué
En 1977, la
pintora Tamara de Lempicka –desde hacía más de treinta años, "baronesa
Kuffner"–, recibió una llamada telefónica. Al otro lado de la línea
estaban sus amigos Octavio Paz y su esposa, Marie-Jose. La llamaban,
preocupados, porque habían visto las pruebas de un libro que estaba a punto de
publicarse. El libro, editado por el italiano Franco Maria Ricci, era una
espléndida edición que contenía cuarenta reproducciones a todo color de la obra
de Tamara de Lempicka. La publicación era bellísima e iba a conseguir que miles
y miles de personas en el mundo conociesen y admirasen la obra de una artista
mayor a quien las guerras, las emigraciones, el cambio de la cultura europea a
la norteamericana, las modas, el paso del tiempo y, por qué no, el olvido,
habían arrinconado y en ocasiones hasta borrado, dejándola en el limbo de todos
aquellos que alguna vez hicieron arte pero no hicieron historia.
El libro iba a poner las cosas en su justo
punto, al menos artísticamente. Pero las pinturas no venían solas. Ricci, el
responsable de la espléndida edición, había anexado también el diario del ama
de llaves del poeta Gabriele D’Annunzio, diario llevado en los días en que
Tamara de Lempicka, a fines de los años veinte, había visitado la mansión del
escritor italiano para hacerle un retrato. El retrato nunca fue realizado:
Tamara no consiguió pintar a aquel hombre excéntrico, que buscaba obsesivamente
acostarse con ella antes que ser retratado. Las idas y venidas de la pintora y
el famoso modelo frente a la tela y en la cama fueron contadas bajo la forma
del más vil chismorreo por la criada en su diario. Esta mujer, amante y a la
vez celestina de su señor, odió a Tamara por lo muy poco querible que ésta en
ocasiones era, y también porque ella tuvo la altivez de despreciar al
millonario y donjuanesco patrón.
El editor Franco María Ricci cometió la
"travesura" de incluir páginas de este diario en la edición de la
obra de Tamara, como pretendiendo que quien tomase ese libro y admirase las
enormes figuras de la pintora eslava, debía necesariamente buscarla a ella en
la cama, a ella desnuda, lujuriosa y caprichosa, bajo las palabras de la
resentida criada.
Alta traición
Desde luego que Tamara de Lempicka nada sabía de todo
eso. Ella había incluido un artículo en el contrato donde se obligaba al editor
a mostrar el manuscrito a la pintora para su autorización antes de la
publicación. Pero el editor no lo hizo. Y aunque la pintora se puso furiosa y
se desesperó y amagó con diversos juicios al responsable de todo aquel
desastre, el libro continuó en circulación y las hermosas reproducciones de las
obras de Tamara fueron un hecho en el mundo.
Todos los que amaban el arte del siglo xx
podían admirar aquello una y otra vez, volviendo las páginas: las figuras
enormes y voluminosas, de una piel mágica, irradiando un extraño erotismo; casi
de tamaño natural, bajo una luz increíble, realizadas con una pincelada
perfecta, evocando a Bellini, a Botticelli y además –paradójicamente– al
cubismo; figuras atravesadas en diagonal en el cuadro, esbozando con las manos
extraños gestos, mientras al fondo, los grises rascacielos o los trasatlánticos
gigantes rodean con sus abismos y metales el maravilloso cuerpo humano.
En realidad, tanto o más que la promiscua
historia de D’Annunzio (viejo y desnudo y cocainómano, queriendo penetrar a la
joven y arisca pintora), a aquella Tamara de ochenta años le había repugnado
otro aspecto del libro, que ella consideró una impertinencia. Después de todo,
la pintora había tenido numerosos amantes –de ambos sexos– y había participado
durante los locos años veinte en frecuentes orgías. Su libertad sexual nunca
había sido ocultada a nadie, pues a los periodistas les contestaba en
entrevistas, sin ningún reparo, que siempre había tenido amantes, y que, aunque
amaba mucho a su marido, coquetear le había sido absolutamente necesario: un
amante guapo y joven era para ella un factor de inspiración.
Lo que más había dolido a la pintora de ese
libro paradójico era tal vez el prefacio del crítico Giancarlo Marmori, que
proponía la hipótesis de que Tamara de Lempicka había sido una figura relevante
en los años veinte del París artístico, y que injustamente las cosas habían
llevado todo hasta convertirla en una desconocida. "¡Desconocida! –exclamó
con rabia ante un periodista–. ¿Desconocida de quién? ¡Sólo de esas nulidades!
Yo nunca he sido una desconocida. Yo he pintado siempre. Lo que ha pasado es
que ellos no miraban. Yo no quiero vivir como un souvenir. Yo sigo con
lo mío día tras día. Todavía no he pintado mi mejor pintura. Cada vez que
comienzo tengo la seguridad de que aquella pintura será la más grande y cada
vez que la termino me siento defraudada."
Una trabajadora
Tenía razón. Había trabajo como loca durante
más de cinco décadas. Durante años se había pasado pintando toda la noche sin
parar, y se había ido durante el día al Louvre o a museos como los Uffizzi para
hacer copias de los grandes maestros. A los veintiocho años ya había ganado un
millón de dólares con la venta de sus numerosas pinturas, en pleno boom
del arte de los años veinte. Mantenía a su familia, y todo salía de ese par de
manos. Era una mujer que se había hecho a sí misma. Siendo una lúcida anciana,
valoraba todas las etapas de su carrera: el neocubismo de los años veinte, el
hiperrealismo de los treinta, los bodegones de los cuarenta, las pinturas
geométricas de los cincuenta, la pintura con espátula de los sesenta. Como
artista longeva del siglo xx, había corrido varios caminos, y siempre
trabajando. Que a los ochenta años escuchara que sólo debían rescatarse aquellos
cuadros de los "años dorados", la puso furiosa.
A la muerte de Tamara de Lempicka, en 1980,
el valor de sus cuadros subió en forma espectacular. Se llegaron a pagar dos
millones de dólares por su sensual e inolvidable Adán y Eva. Pero aún
así, luego de su muerte, con dinero y todo, era muy difícil conseguir un
Lempicka, porque quienes tenían uno no querían desprenderse de él. La farándula
comenzó a comprarse los cuadros de la glamorosa pintora: Jack Nicholson ha
adquirido unos cuantos –incluso de aquellos hechos con espátula– y Madonna,
desde hace tiempo, los colecciona.
En vida, Tamara conoció el poder enorme de
seducción que ejercían sus pinturas. Sabía –se jactaba– que en una exposición
de cuatrocientos cuadros el suyo era absolutamente identificable. Y que
delante, dándose codazos para ver mejor, había un tumulto de espectadores
admirándolo.
Pintar y ocultar
Tamara de Lempicka murió hace sólo poco más de veinte
años. Habiendo sido un personaje del brillante mundo de los ricos y famosos,
sobran testimonios acerca de ella. Desde 1939 vivió en Norteamérica: Nueva
York, Los Angeles, Hollywood, Houston, y finalmente Cuernavaca, en México.
Alternó estas ciudades con hoteles de París, clínicas de Suiza, mansiones de
Italia. Conoció a un mundo de gente, y un mundo de gente observó sus
penetrantes ojos azules clarísimos, sus uñas pintadas, sus pestañas postizas,
su nariz prominente, sus increíbles sombreros haciendo juego con vestidos de
telas espléndidas, sus joyas, que en las fotografías se enredan en su cuello,
en sus brazos o en sus dedos, como aquel anillo con un topacio gigantesco que
le había regalado D’Annunzio y que llevó hasta los últimos días.
Quiso ser artista y personaje, y en varios
momentos de su vida el personaje opacó a la artista. No se movió con soltura
entre los teóricos del arte –a quienes no podía ver– ni entre los galeristas ni
entre los marchantes. Buscaba a la alta sociedad para ser allí al mismo tiempo
una estrella y a la vez una más. Entonces mucho quedó en la memoria del folclore,
de la frivolidad. Quiso dar una versión de su vida y en una oportunidad comenzó
a dictarle su biografía a su única hija –Kizette–, pero luego desistiría,
cansada. La hija publicaría unas memorias sobre su madre en 1987, que,
complementadas con unas largas entrevistas realizadas por unas japonesas a la
pintora antes de su muerte, pueden dar idea de la historia y la realidad de
esta excéntrica o extraña pintora.
Pero, ya sea porque ella negó o manipuló los
datos, ya sea porque los testimonios no coinciden, lo cierto es que a pesar de
ser un personaje público y entrevistado, Tamara de Lempicka se llevó unos
cuantos secretos básicos a la muerte (por no decir tumba, ya que sus cenizas
fueron desparramadas desde un helicóptero sobre un volcán mexicano).
Se llevó, por ejemplo, nada menos que el
dato de su fecha de nacimiento. Con su temprano complejo de femme fatale,
Tamara decidió ocultar la verdad de su edad. Se calcula que su nacimiento fue
entre 1895 y 1900. Como buena narcisa, quiso siempre parecer más niña de lo que
en realidad era. A los treinta y cinco años, por ejemplo, se inscribió de
incógnito en una escuela de arte italiana, sin maquillaje y con tacón bajo,
pretendiendo pasar por una adolescente. Y está el hecho insólito, sin
desperdicio, de que desde que su hija Kizette fue una jovencita, Tamara no la
presentó jamás como a su hija, sino como a su hermana. Quería ser eternamente
joven, aunque era enemiga de las cirugías estéticas. Envejecer era perder
energía, poder de seducción, creatividad, pasar de moda. Todo esto la
aterrorizaba y así mentía olímpicamente sobre su fecha de nacimiento.
No sólo sobre su fecha. También sobre su
lugar. Durante años se barajó la versión, lanzada por la propia pintora, de que
ella era polaca y que había nacido en Varsovia. Hoy, a la luz de distintos
documentos, se sabe que nació en Moscú, y que su padre, Boris Gurwik-Gorska,
era una empresario judío y ruso. Tamara jamás habló del padre ni dio
explicaciones de por qué no lo hacía. La biógrafa Laura Claridge supone que el
padre de Tamara se pegó un tiro cuando ella tenía cinco años: de hecho, ella
había hablado en ocasiones sobre una escena espantosa de suicidio cuyo
protagonista habría sido un supuesto tío. El suicidio del tío fantasma coincide
cronológicamente con la desaparición del padre de Tamara y la sustitución de su
presencia por madre, abuela y tías: un auténtico matriarcado de mujeres eslavas
tremendas a las que Tamara nunca perdería de vista como modelo para salir
adelante.
Adiós, Rusia
La madre de Tamara era una aristócrata polaca: la
niña vivió la infancia yendo a pasar vacaciones a Polonia, pero también a París
y a Italia, donde desde pequeña entró en contacto con la deslumbrante belleza
de los pintores del Renacimiento. También residió en su adolescencia en San
Petersburgo, metida absolutamente en las fiestas, el lujo y el hedonista e
irresponsable discurrir de la aristocracia rusa en los años anteriores a la
revolución. En una de estas fiestas de disfraces conoció a quien sería su
marido, un refinado polaco, casi como ella, Tadeusz Lempicka, cuyo atractivo
rostro sería inmortalizado en el célebre Retrato de hombre inacabado,
que le haría la pintora en 1928. El joven era abogado pero no trabajaba, y
pertenecía a una rica familia con tradición de despilfarro. Tamara se empecinó
con él –era un hombre de aspecto increíblemente seductor– hasta que se embarazó
y casó prontamente. Ambos vivían de los padres. En 1916 tuvieron una niña, que
nació en San Petersburgo, aunque después ante todo el mundo Tamara mintió impunemente
que Kizette había nacido en París en 1918.
Cuando llegó la revolución Tadeusz se
involucró con los rusos blancos en actividades contrarrevolucionarias. Quizás
ya pertenecía previamente a la policía secreta del zar y por eso no trabajaba.
Lo cierto es que una noche, estando la pareja en su apartamento haciendo el
amor, la puerta cayó a patadas y Tamara desnuda vio venir hasta ellos a la
guardia bolchevique, con sus abrigos de cuero. Tadeusz fue llevado preso y ella
salió detrás en plena noche nevada, en bata, para ver qué hacían con su marido.
En el camino tropezó y cayó contra un caballo muerto semienterrado en la nieve:
lo habían descuartizado algunos hambrientos para lograr comer.
Ningún aristócrata estaba seguro en aquellos
tiempos. Ni siquiera el zar, que fue acribillado mientras Tadeusz continuaba
preso. Tamara removió cielo y tierra para poderlo liberar de la cárcel. Hoy
consta que, gracias al cónsul sueco, Tamara consiguió los papeles que le
permitirían escapar a Copenhague y conseguir la libertad de su marido. Para que
el cónsul le hiciera tal favor, la futura pintora tuvo que acostarse con él.
Después de pasar la noche con su "salvador", Tamara vomitó en las
alcantarillas.
No fue Copenhague el destino final de la
pareja prófuga, sino París. Tamara, como toda integrante de la aristocracia
eslava, conocía la capital francesa, hablaba fluidamente el francés y había
comprado siempre sus ropas allí. Pero en 1918 el panorama era muy distinto.
Apenas unas joyas se habían podido rescatar de la fortuna familiar: como tantos
rusos blancos, Tamara y su marido debieron archivar su historial de nobles
refinados y pasar a formar parte del ejército de seres sucios y derrotados que
bajaban del tren para hallar un hospedaje barato en París. Algunas condesas rusas
se dedicaban a ser modelos, pues estaban delgadísimas. Otros condes, que habían
manejado sus flamantes automóviles, en París hacían de taxistas.
Empezar de cero
Tadeusz, el marido de Tamara, estaba deprimido y
abúlico, bebía y no quería trabajar. Le pegaba a su mujer, que estaba
histérica.
La hermana de Tamara vio un día los
magullones que le había hecho el marido y le aconsejó: "Tienes que
trabajar." Y después, recordando las habilidades para el dibujo que desde
niña Tamara tenía, le aconsejó que tomara clases en una escuela de arte:
vendiendo cuadros podría mantenerse y mantener a la familia.
Tamara lo hizo, y lo hizo tan en serio, que
a los tres años ya estaba exponiendo en conocidas galerías y vendiendo retratos
a los ricos de París. Hizo unos retratos mágicos: mostraba a la gente cómo era
por dentro y por fuera.
Su aprendizaje fue vertiginoso. Alumna en
primer término de Maurice Denis, lo despreció más tarde por ser éste un secuaz
de Cézanne, al cual la pintora despreciaba, por borroso y confuso. Admiradora
de la luz, de la pincelada perfecta, de todo aquello que le había llenado los
ojos en varios viajes a Florencia y Roma, se desligó fácilmente de las teorías
de su maestro.
Tamara despreció en general todas las
teorías, porque quería demostrar a todo el mundo que ella se había hecho a sí
misma, que todo, todo –incluso esa maestría que irradian sus cuadros– lo había
conseguido con el trabajo y la voluntad. Nunca reconoció influencias de sus
contemporáneos, aunque varios lazos estéticos la unen a André Lhote, quien
también fue su maestro. Lhote, por un lado, la empapó de la belleza de los
desnudos de Ingres y, por otro, defendió en la cabeza de Tamara el cubismo como
un retorno al clasicismo.
Pero mucho más que las escuelas formales de
arte, los años veinte de París fueron fundamentales en la formación de Tamara a
través de lo que vulgarmente se entiende por "escuela de la vida". En
estos años, aunque pintaba frenéticamente por las noches –con la nariz llena de
cocaína–, Tamara respetaba las reglas del juego de la vida de los artistas y
concurría a los cafés. Los cafés estaban llenos de debates estéticos y de
chismorreos: verse, observarse, criticarse, era fundamental en ese amasijo
humano y artístico donde florecieron no sólo las vanguardias sino también el
concepto de la galería, de arte como mercancía, de objeto artístico plausible
de ser vendido e intercambiado.
La mujer nueva
En los cafés conoció por ejemplo al líder
del futurismo, Marinetti, de quien probablemente fue amante. Cuenta el
anecdotario que una noche, Marinetti incitó a los contertulios de una mesa a
quemar el Louvre: Tamara estaba allí y ofreció llevarlos en su auto. Cuando
fueron a buscar el auto, éste no estaba: se lo habían llevado por mal
estacionado. El Louvre siguió vivo.
Hacer lobby era fundamental. Tamara lo sabía,
y aunque siempre respetaba ciertos horarios y almorzaba con su hija –y la
acostaba y la arropaba y le decía buenas noches– luego salía constantemente,
noche a noche, llevando una vida que muy poco tenía que ver con el rol
tradicional de esposa y madre. El lesbianismo entró a formar parte importante
de su vida. La bisexualidad era moneda corriente en aquellos años parisinos,
pero las lesbianas tuvieron su década dorada en París a través de la presencia
de Gertrude Stein o Natalie Barney, entre muchas otras, que eran tildadas de
"amazonas". Tamara circuló por estos espacios y, de hecho, es
probable que varias de sus voluptuosas modelos de senos erguidos y pezones
erectos, y de vientres y muslos gigantescos, hayan sido sus amantes. En aquel
tiempo era frecuente que las modelos fueran prostitutas y, de hecho, Tamara
frecuentaba orgías, no ya de famosos intelectuales sino orgías variopintas en
los oscuros cobertizos de los costados del Sena.
La imagen de Tamara lamiendo un body art
de paté a una muchacha en una fiesta, y al unísono, la imagen de su marido
y su hija durmiendo a la misma hora en su casa, es impresionante. En realidad,
Tamara hacía la vida de todos: muchos hombres y mujeres artistas estaban en la
dinámica de Tamara, pero los hombres no eran condenados y las mujeres o eran
lesbianas, o sin esposo y sin hijos. La biógrafa Laura Claridge insiste en esta
situación excepcional de Tamara de Lempicka: ser pintora, ser madre y ser
esposa de un empleado bancario era absolutamente extraño en aquel París de los
años locos.
El matrimonio de Tamara con Tadeusz no tardó
en convertirse en un infierno. Frente a la imagen de Tamara sopapeada hay que
pensar en el testimonio de Kizette adulta que recordaba a su madre persiguiendo
con un cuchillo a su padre en pijama y a éste escapando por el ascensor.
Tadeusz resistió el terremoto de su
matrimonio, pero finalmente dejó a la bella pintora por una rica y gordita
señora polaca. A Tamara se le vino el mundo abajo: persiguió al marido
largamente, destruida, aunque continuó acudiendo a cafés, fiestas y tertulias.
En 1933 se casó nuevamente con un aristócrata –aunque de origen judío–, el
millonario barón Kuffner, a quien pintaría en un retrato como un hombre
enérgico y de gran personalidad, todo lo contrario a la imagen del bello e
indolente Tadeusz.
Con el barón Kuffner –que era un gran
coleccionista de arte y un profundo admirador de Tamara– continuaría casada en
una relación de estrecho afecto hasta su muerte, ocurrida por un infarto en
1961. No siempre estaban juntos, no se sabe si habían mantenido relaciones
sexuales, pero es un hecho que el matrimonio, de algún modo, funcionó. Para la
artista su marido millonario y refinado fue un apoyo desde todo punto de vista
que le permitió sobrellevar la emigración –seguramente forzosa– a Estados
Unidos, y continuar pintando por varias décadas.
Muchas veces se ha dicho –y ella también lo
sostenía– que Tamara no puede ser juzgada con una moral de clase media.
Criticada por narcisista, egoísta, infiel, frívola, señora de alta sociedad,
tacaña y dada a la gula, esta mujer también dejó la impresión en muchos de ser
sumamente inteligente, una mujer inolvidable y una gran amiga.
El alcohol, la locura y la crueldad fueron
bandera de muchos de los artistas que se sentaron junto a ella en los cafés de
los años veinte, o entre los que se burlaban de ella tildándola de reaccionaria
en los sesenta. Tamara no se dio al alcohol, porque le parecía que las
despreciables borracheras denigran al individuo y le hacen perder el poder
sobre sí mismo. Su locura pasó por los largos periodos de depresión que la
hundían en la cama durante semanas impidiéndole pintar. No puede decirse
tampoco que fuera cruel, porque, aunque insoportablemente egocéntrica, hacía de
los afectos un lugar determinante en su vida.
Tamara de Lempicka
Dos entre muchos ejemplos me inducen a creer que el erotismo es una
esfera cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna. El
primero proviene de una aventura temprana, la lectura del Pato Donald, antes
que Dorfman y Mattelart nos envenenaran el sano entretenimiento de leer esas
huevadas con su famoso análisis del discurso. Mis lecturas de ch’iti fueron una
devoración sin orden ni concierto de cuantas revistas podía fletar y canjear en
esas mañanas aburridas de domingo en que no había nada que hacer ni amigos que
visitar luego de ir a la misa obligatoria del colegio. Entre ellas, numerosos
ejemplares del famoso personaje de Disney. Su lectura estaba asociada además al
sentido prohibitivo del silencio que había fijado como norma inconmovible mi
madre, una señora muy estricta. Quizá todavía tiemblo cuando recuerdo su voz
que me decía: “Qué avería estarás haciendo”, si yo me quedaba calladito. La
consecuencia directa, que hasta hoy no puedo refrenar, es la súbita excitación
que me produce el solo hecho de quedarme solo. Para decirlo gráficamente, aun
hoy se me para de inmediato.
Esa rigidez sentí un domingo triste en que leía la revista del Pato en
un episodio que todavía me retila: por un descuido, Donald le enciende la cola
de plumas a
Pienso además que mi lectura del Pato Donald vale bastante más que el
cartucho y académico análisis de Dorfman, pero no es bueno que yo lo diga. Me
limitaré pues a hallarle un parentesco con el famoso artículo de Guillermo Cabrera
Infante: “Corín Tellado, pornógrafa inocente”, donde selecciona pasajes y
frases de los melosos cuentos de doña Corán Tullido, como le gusta decirle, en
la revista “Vanidades” que, así descontextualizadas, le retilan la murta a
cualquier casta monjita.
El otro episodio viene de la lectura de un cuento de Witold Gombrowicz,
----polaco refugiado en Argentina, escritor casi olvidado hoy, redescubierto
para nosotros cuando emprendíamos el primer tramo de la juventud, en los años
60-- que encontré en la revista “Mundo Nuevo”, allá por 1968. Es la escena muda
de una niña que chupa un hueso mientras un niño la mira embebido desde el otro
lado de la cerca. La niña se lo ofrece, para que él también lo chupe. No hay
nada más que eso, pero es de un erotismo magnético que te pone el cuerpo entero
como un vibrador accionado por un megavatio.
Hermosa época esa de la paja en el ojo propio, cuando no había estampas
cochinas, mucho menos videos porno ni otras incitaciones más bien groseras,
mecánicas y repetitivas hasta la obsesión. Pero para eso habían lecturas. En
algún momento llegué a creer que cada libro, por más que fuera de matemáticas,
encerraba alguna página que te hacía estremecer de gusto. Ese acicate me llevó
a hojear tempranamente la copiosa biblioteca de mi hermano y a encontrar cosas
sorprendentes. Cómo olvidar, por ejemplo ese viejo libro inglés titulado “Fanny
Hill”, cuya virtud mayor era el gozo con que presentaba el sexo más explícito
sin sombra de culpa. Qué mujeres más dispuestas al placer, qué hombres tan bien
dotados, qué rubores y asombros en la casa de muñecas de Madame Fanny. Regalé
ese libro hace poco, pero antes recompuse con nostalgia las esquinas de página
dobladas por mi mano derecha, pues la izquierda estaba ocupada en otra cosita.
De entonces me viene seguramente la costumbre de clasificar ciertos libros en
el rubro “para leer con una sola mano”, entre los cuales a veces me ufano de
incluir mi novela “Ando volando bajo”.
Pero bastante antes de “Fanny Hill” me zarandeó como a un arbusto la
novela “Lolita” de Nabokov. Mi madre y yo vivíamos solos y en las noches,
mientras ella tejía y escuchaba su radionovela y al mismo tiempo rezaba el
rosario, yo me hurtaba de su vista y me iba a leer los crudos amores de ese
afortunado viejo verde que amaba a su bella y pequeña entenada. Leía con los
ojos y en realidad con buena parte de mi ser. Digo buena parte y no todo mi ser
porque reservaba el sentido del oído para campanear la súbita presencia de mi
madre, a quien jamás se le quitó la costumbre de sorprender a quien fuera con
su mirada inquisidora. La escuchaba en sordina y todavía sonrío al recordar
cómo rezaba el rosario mientras escuchaba la radionovela cubana “El precio de
un pecado”: “Dios te salve María llena eres de gracia (no puede ser, qué
canalla este Albertico) el Señor es contigo bendita tú eres (ay, esta Minín
Bufones) entre todas las mujeres (Jesús María, estas mujeres)...” De pronto,
entre misterio y misterio llamaba: “¿Ramón?” “¿Sí, mami?” “¿Qué estás
haciendo?” “Estudiando, mami”. “Ah...” Por precaución urdí la costumbre de
cubrir el libro de “Lolita” con mi policopiado de Geografía. La práctica de
esta lectura clandestina desarrolló en mí una nueva destreza: la de cerrar de
golpe el libro y luego volver al lugar exacto en que había dejado la lectura,
porque memorizaba cada número de página. Creo que hasta hoy no necesito dejar
señales en mis libros gracias a las defensas que urdí contra los métodos
policíacos de mi buena madre.
“Lolita” fue para mí un incendio en un campo pajoso. La de pajas que le
debo al ilustre maestro ruso. Vi dos versiones de la película. La primera me
llegó temprano y todavía recuerdo a la bellísima y sensual Sue Lyon; la segunda
me decepcionó; pero ambas me convirtieron en inmunodeficiente frente a una
mujer-niña. Son mi debilidad. Aunque me digan viejo verde, que no es lo mismo
que caballero ecologista. Dejad que las niñas vengan a mí, mejor si ya son
mujeres.
A esta revista le falta erotismo. Erotismo franco. Quizá una buena
sección sería el recuento de esas páginas marcadas, algunas de ellas manchadas
con humores lejanos, que abundan en toda biblioteca de adolescente. Creo que
sería un homenaje justiciero al Pato Donald y a sus secretos atributos que
incendiaron la cola de
Te has vuelto un blogero hiper-activo... El tema de este blog me gusta, te mando una imagen para que la uses cuando quieras.
Las palabras del cuerpo
Para K.
Cuando ella se aproxima a su cumbre, suele pedirme que le hable en francés.
Jadea y con una urgencia que no tolera postergaciones, susurra:
– ¡Háblame en francés, háblame en francés…!
Yo sé entonces que debo cambiar el vector y subir para que pueda morderme el pecho.
Lame agradeciendo la vara que frota ahora perpendicularmente su chispa de carne.
– Et que ma main s'enivre du
plaisir…
Para irritar mejor su cereza, ella retrocede y comprime los labios de la vulva. Yo acorto el vaivén y aumento el ritmo. Ella lo sincroniza con un gemir agudo. Balbucea en su idioma:
– ¡Sigue, sigue! Ya cree que el final se aproxima y desespera por alcanzarlo. No sabe que aún es el inicio…
– de palper ton corps électrique…
La irritación se le hace insoportable. Ha perdido la fuerza para morder y abre inmensa la boca. No tiene palabras, sólo suplica con un bostezo el vértice que la complace en profundidad.
Obedezco su grito de náufraga y retrocedo para cambiar de estocada.
Azoto su grupa para que obedezca la orden que ella pide y en un relámpago de piel, dobla y levanta las rodillas para abrirse como una flor.
Su desvergonzada demanda me hincha el miembro Ella lo ahoga en sus líquidos y juega a rozar mis mejillas con sus muslos. Pide un vaivén largo y profundo.
Su gemido ya es ronco, encuentra palabras para pedir y ofrecer promesas del alma.
– Quelle jouissance que d’offrir en excès ce
qu’on demande avec cupidité!
¿La llevaré al estertor final? Todavía no. Hoy deseo que se conozca antes como nueva.
Para vaticinarle que pronto deberá rendir lo que hasta ahora me ha negado, chasqueo sus nalgas abundantes y le pregunto:
– Que vous sert, courtisane
imparfaite, de n'avoir pas connu ce que pleurent les morts?
Rondando con el dedo su capullo impenetrable, le anuncio el sitio de su Troya. Ella adivina mi exigencia y veloz retiene mi mano. Abandona mis mejillas para recuperar sus muslos. Siento su odio.
Detengo mi vaivén en represalia. No tengo compasión y aguanto su rígida duda durante un instante largo e inmóvil.
De pronto, desfallece y cimbrea levantando las rodillas.
La perdono y la devuelvo a la onda que reclama su navío. Pero ahora quiero ejercer capitanía y con ambas manos cosecho sus nalgas para levantarlas hasta su desvergüenza.
Gime domeñada y desfallece las pantorrillas en mi espalda, pero con los talones reclama y me espolea. Empujo violento la vara hasta el fondo de su vaso. Ella expone la garganta al cielo como para dar la bienvenida.
Ha abandonado sus abundancias en los cuencos de mis manos y finge ignorancia cuando con el índice rondo su ojo de cíclope le anuncio nuevamente el siguiente embate. El presagio enloquece a las fibrillas de su pupila ciega que se abren y huyen con pavor.
De pronto, ella vuelve erizar una tempestad y yo me apresuro a abandonar sus nalgas y asegurarme un puerto en sus caderas.
Busco y encuentro el eje preciso de su columpio y acompaño su vaivén. Así la establezco en su perpetuum moblile, pendiente de la verga. Asciendo por su vientre, visito fugazmente un pezón y subo a acariciarle los labios.
Ella no pierde la cadencia y abre la boca para declarar la metáfora de su vulva. Recibe mis dedos y los lame mansamente. Ya no puede fingir ignorancia, pues ya sabe para qué los humedezco.
Decaigo todo mi peso sobre ella y beso los gemidos de su garganta, pidiéndole que despida con saliva a los dedos que bajarán hacia el polo de sus vergüenzas.
El índice llega a su anillo de carne y lo adula reverente. Ella ya no rehúsa; ya no quiere sufrir mi represalia.
Pero yo no adelanto nupcias: antes quiero darle libertad de repudiar.
Espero su decisión y permanezco ante portas, esperando que Troya se abra.
Pienso y río:
– Heureux celui qui comme
Ulysse…
Mido mi poder afable y me complazco pues la orgullosa pende ahora de mi vara y ya sabe que si decidiera rehusarme, perdería también el asidero que la deleita.
Gime ofendida por el dilema y parece querer huir de la cita.
Para evitar que entre en prematura retirada, la sorprendo con la fuga veloz de los que sitiaban Troya y que ahora irrumpen sin permiso en su boca.
Ella los castiga con mordiscos y risas pícaras. Con ambas leguas y salivas los despedimos para que lleguen húmedos y tiernos.
Los sitiadores retornan al capullo. Ella retiene la respiración pues ya sabe que el embate es inevitable.
La cosuelo soplándole aliento en la boca mientras mi meñique se desposa lentamente con su anillo.
Ella aspira largo, inaugurando el umbral que nunca nadie ha pasado. Suspira como una niña después del llanto.
El meñique insinúa el auxilio del anular. Ambos incursionan la doble ofensa. Ella mueve con terror la cabeza, negando indignada lo que su vientre ya reclama.
Le soplo en los oídos una tormenta nueva para disipar orgullos y modestias y acaricio mi vara a través de la pared de carne que separa sus dos abismos.
Ella, con el insulto adentro, reflexiona inmóvil ante el enigma. Yo continúo la caricia y apunto la verga con el índice para llevarla hacia nuevos confines.
Ella siente que el adelantado le arrebata su geografía ignota pero poco a poco consiente en acompañar al explorador y aprende a columpiarse entre la verga y el dedo.
Miro sus ojos que parecen querer preguntar por el origen de la nueva caricia, pero cala porque no sabe hablar con lo desconocido. Sólo sabe columpiarse entre abundancias deliciosas.
La beso en la boca, para acallar lo que no puede decir e imprimo un ritmo lento al contrapunto de carne, para que vaya conociendo lo inefable.
El anillo ya se ha abierto y palpita como pupila encandilada.
Susurro, con indecible cariño:
– Bizarre déité, brune comme
les nuits,
Ella sufre derrota y deleite. La consuelo con ternura.
Lentamente retiro la vanguardia digital para convocar al ariete más grueso. El abandono le advierte que la verga se apronta a abrir senderos sin huella.
Aunque ella acepta hospitalaria, postergo la visita del rey porque antes quiero que los dedos emerjan de su canal de tierra y suban para ofrecerle el conocimiento de su propio aroma.
– au parfum mélangé de musc
et de havane…
Ella gira la cabeza, avergonzada por la visita de los ladrones de su pudor. Los dedos adulan su mejilla y luego sus labios y se presentan como portadores del aroma traído de los abismos de su carne negra. Poco a poco, ella los huele y les abre la boca y los chupa. Suspira con deleite y horror.
Ahora, ambos sabemos que en algunos instantes ella rendirá lo que hasta ahora ha rehusado ofrendar. Ahora, como una condenada que sólo pide anestesia, susurra resignada:
– Pero háblame en francés…