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mirame_guapa67
Fecha de publicacion: 18-dic-2006
A veces mirar t.v. juntos, sirve para comunicarse...

     Todos somos peter pan…, todos gritamos bangueran

 

En el día de la familia, un canal de t.v. abierta sacó de la vieja galera a peter pan en una película. Además de compartirla con mis hijos, que miraban con suma atención. Hice las presentaciones formales de los de detrás de pantalla, un capitán garfio ya grande y un peter pan crecido, me apropié de algunas de sus metáforas y reedité recuerdos.

Me sentí el personaje en versión femenina compartiendo cartel con campanita, el hada que le recordaba a un hombre adulto que él había sido peter pan. En mi país del nunca jamás, había una sola tele y era blanco y negro. Que solamente se miraba en fracciones de hora y no a todas como en el presente y como podrían hacer mis hijos que se levantan y la encienden con naturalidad. Solamente faltan que bauticen el aparato y le digan buen día. Y el estoy aburrida no se escuchaba nunca a pesar de que era hija única.

Las cosas dejaron de ser como cuando vivía mi mamá. Crecí desde la última vez que jugué despreocupada siendo una nena. Y había un regazo para contenerme, contarme cuentos, cantarme el arrorró. Que hoy no está. Entonces dejé el país del nunca jamás. Para entrar a otro nunca jamás. Donde los días de sol se nublan y se pintan de gris, de vez en cuando. Cuando al corazón lo llenan de desamores, por ejemplo. Cuando uno se entera que la muerte existe. Sin embargo hay una niña perdida en mí que todavía reclama por qué las aventuras son solo para varones. Las nenas también podemos vestirnos con pantalones.

Peter y compañía necesitaban ideas felices disfrazadas de canicas para poder volar, las palabras son las mías para planear y entrar en los confines de la imaginación. Créanme es necesario porque ya mujer puedo verme en el reflejo de los ojos de mi hijo cuando agarra el escobillón y sube a él sabiéndolo un caballito en su fantasía. Agarra la pala y la transforma en espada. Y el no grita bangueran porque no lo sabe aún, todavía grita mamá.

Cómo peter me pregunto, ¿cuándo, cómo, hace cuántos años que empecé a crecer?. Hace cuántos años que me olvidé cómo ser una nena. Hoy tengo dos hijos. Una casi adolescente y un huracán de tres y medio. Que se niega a dejar los pañales, piyándome la casa como un zorrino si lo obligo a dejarlos. Que se bate a duelo de muerte con la pelela, a pesar de ser azúl , con color de varón, obvio.

En los ojos de Flor, está la moniquita que hubo. Mi hija que todavía no se resiste a que una muñeca le tire los brazos. En los ojos de Thomas también habita todavía la moniquita que juega. Y es entonces, cuando lo recuerdo todo. Mis muñecas, mis aventuras, mi pelopincho, mis patines de cuatro rueditas, mi hamaca que se transformaba en carroza, hasta que mamá decía: a tomar la leche y volvía irremediablemente a ser una calabaza hamaca. Y es entonces cuando el piedra libre estalla, recreo el grito que hizo famoso peter pan, ¡bangeran!, y vuelvo a jugar con mis hijos una vez más. Y olvido, en ese mágico instante, las cuentas que hay que pagar el lunes porque vencen. Los vencimientos que no pagué. La plata que no alcanza para comer. Y les recuerdos que entre los pliegues de la realidad su madre no se olvidó de ellos. Aunque la evidencia le juega en contra, su mamá no tiene tiempo para jugar. Entonces la mamá aventurera regresa y recupera un momento para ello y para nosotros, la familia. Peter pan el vengandor ha vuelto. Peter pan, la mamá, ha vuelto de la cotidianeidad que muchas veces se llama plata. Ellos me dicen yo creo en ti mamá. Y vuelvo del país del nunca jamás de los errores, de los fracasos y dejo de batallar y me alio con el tiempo que sigue adelante. Cuando en esta versión el capitán garfio desaparece tragado por un cocodrilo gigante, su último grito es: quiero a mi mamá. Cuando mi hijo no puede con los cordones de las zapatillas, también grita mamá.

No puedo quedarme a jugar todo el tiempo. Debo hacer lo que tengo que hacer. Y debo volver a trabajar adentro y fuera de casa. Pero la película me recordó que lo único que necesitamos todos es una idea feliz para volar todos los días aunque tengamos los pies sobre la tierra y de paso, jugar un poco..

"¿Sabés el punto en dónde uno está despierto y donde uno está soñando? Pregunta campanita y me lo pregunto . Ahí es donde habitan los que gritan bangueran, esperándonos a todos los que quieran visitarlos. Para redescubrir con el peter pan adulto, cuando confiesa una vez vuelto a casa, vivir es una gran aventura.

 

MONICA BEATRIZ GERVASONI

Morocha urbana

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Fecha de publicacion: 18-dic-2006
para ser periodista...

 

 

Para ser periodista, mujer y encima, no morir en el intento

Diosas o demonios, las mujeres se las verán con las tradiciones familiares. Porque, cómo explicarle a la bisabuela, abuela y madre que, apenas sabremos coser, ningún poco bordar, a gatas cocinar y no abriremos ni loca la puerta para ir a jugar, a menos que hayamos terminado la nota...

Menos aún nos casaremos con ningún coronel, porque, por supuesto, no pasaremos delante de ningún cuartel. Peor aún, eligiéremos un marido acorde, otro periodista, o futuro periodista, lo cual es recontra peor, todavía. No hay nada que hacer, concluirá resignado el correlato familiar, Dios los hace, uno los cría, el viento los desparrama y ellos, ¿qué pueden hacer ellos?, se juntan.

Tener presente la incomunicación nuestra de cada día. Frente a la hoja en blanco del papel o del ordenador, nadie, inclusive el canario, pueden decir ni pío. Sospecharán que meditamos, por la baranda a sahumerio, velas pretendidas y afines. Pero no, nos estamos concentrando y rezando a cuánto santo se nos cruce por una miserable idea.

Proveerse de una artillería de lapiceras, lápices o bolígrafo, que escriban, sobre todo cuando se las solicita para tal fin. Una fiel máquina de escribir, mientras nos rompemos el alma y el bolsillo para comprar una PC para que entre otras cosas, el marido de una, ose depositar sobre la sagrada reliquia, lo que pretende le planchemos para mañana.

Servilletas, indispensables en la cartera de la dama o el bolsillo del caballero, si es que todavía quedan, los caballeros y las servilletas. Sobre todo para cuando se acaben cuadernos, agendas y afines que tienen la maldita costumbre de acabarse cuando uno más lo necesita.

Saber que en la mitología del mal agüero, no hay nada mejor para perder el humor que a una le encarguen una nota con humor. Que no hay nada mejor para hacer una, que no se disponga ni de tiempo ni espacio ni para pergüeñarla, vea Ud. Resignarse porque, a veces, solo y exclusivamente en esas condiciones surgen las ideas.

Idea, "moun amour" ..: Basta que a una se le antoje una idea, que parirla cuesta tanto como hacer arrancar un viejo Winco.

Recurrir a un buen manual de autoayuda para convocar al silencio familiar, cuando una necesita concentrarse.

Un buen y barato mataburros.

Mate. Litros de café como para quedar como brea o en el mejor de los casos, como murciélago, después de ingerirlo. Cigarrillos, por las dudas. Y un buen digestivo porque con el stress y el café no hay vesícula, ni hígado, páncreas ni estómago que resista.

Ser una, con la montaña de papeles sobre el escritorio, que para localizarnos soliciten a un San Bernardo, esos perros que suelen venir con barrilito incluido debajo del pescuezo, a ver si convidándonos de paso cañazo, logran despertarnos. ZZZZ... vamos, que solos a la madrugada, con esto de la Internet, ya no estamos tan solos.

Paciencia en solución concentrada para saber tratar a aquellos que creen que escribir es soplar y hacer botella. Y para los que no sabiendo escribir, le dicen a una, como y qué tiene que escribir. Alguien que friegue por una mientras una se auto realiza.

Saber que los propios tiempos de gestación de ideas para notas, jamás concuerdan con los del jefe de redacción que quiere título y nota en un santiamén. También, saber que no se puede dejar para mañana la nota que se puede hacer hoy, porque el grande jefe la quiere para ayer.

Soportar gajes del oficio extras, como por ejemplo, un marido gritando cual marrano, clamando un "despertar no violento", al mejor estilo mathama marido, porque pusimos todos los despertadores al mismo tiempo, con cacerola de tapa, en función de lograr despertar y sobre todo entregar, ¡puntual!

Practicar encorvamiento de espaldas, sobre escritorios, PC, máquina de escribir, cuadernos, etc. Escribir hasta que las velas no ardan. Estar con toda la parentela de guardia en el kiosco de diarios para abarajar la primera revista con nuestra nota. Resignarse a tener siempre pocos, casi ninguno, pietrodólares en los bolsillos.

Considerar que si una idea nace en disparada entre la cocina y el living, o peor aún en mitad del sueño o del kamasutra, es imposible que encima salga estructurada. Gracias al cielo que surgió. Aunque el "dorima" blasfeme. Contener los esfínteres en pleno ataque de inspiración. Y cuando sale la nota, suspirar con un: "por fin me la saqué de encima".

Toda coincidencia con la realidad fue absolutamente y deliberadamente premeditada. Se omiten nombres propios, en alianza al pellejo de la autora, en otras palabras para que no sea occisa. Joven argentina, 33 pirulos, ama de casa, de vocación periodista, es BUSCADA, porque no dimitiría de la profesión ni falta de trabajo ni guillotina mediante.

Mónica Beatriz Gervasoni
D.N.I. 18.315.136
Ciudad de Buenos Aires
(
monica_beatriz_gervasoni@hotmail.com )

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Fecha de publicacion: 18-dic-2006

Mamás que adoptan, crónicas de algunas esperanzas

 

Algunas madres ni se conocen entre ellas. Otras sí, por vínculos políticos o por terceros. Sin embargo, son mujeres que tienen algo en común, un corazón así de grandote para albergar lo que sus panzas no pueden: un hijo. Yo sí las conozco. Yo soy testigo. Yo soy, hija adoptiva.

37 años atrás los estudios y las técnicas de fertilidad no estaban tan avanzados. Eran dolorosos y económicamente muy onerosos. Sin embargo, Nélida, se sometió a cuantos pudo. El diagnóstico era: matriz infantil. No podía tener hijos. Mientras tanto había casi criado a sus hermanos. Ella era la mayor de 11 que le seguían en edad. Era una madrecita en potencia. La suya tenía un hijo por año y, entre el reposo y el amamantamiento, Nélida cambiaba pañales, daba mamaderas, acunaba, llevaba de paseo en brazos uno por uno y los vigilaba mientras jugaban en el patio, mientras crecían. Y crecieron, cada uno fue teniendo sus hijos, sobrinos que la convirtieron en tía. Y ella seguía intentando. Dos por tres se llevaba a los nuevos que iban viniendo a este mundo a su casa. Les cosía ropa, los llevaba a la plaza, en fin, hacía la vida que ella misma quería tener con un hijo propio. Pero estos eran prestados y más tarde o más temprano debía devolvérselos a la madre y ella seguir ocupando el puesto de tía, y muchas veces de madrina o comadre. De todos modos, nunca se dio por vencida. Una vez una pareja de amigos del matrimonio de Nélida, adoptó una nena. Cuando ella la fue a conocer quedó encantada con la morochita. Los amigos sabiendo la problemática se ofrecieron a estar atentos si sabían de cualquier mujer que quisiera dar a su hijo /a en adopción. Y así fue, un cinco de mayo de 1967, llegó a sus oídos el comentario de una chica muy joven, inexperta y de pocos recursos que no podía ni siquiera comprar la leche para su hija. Así se hacían las cosas antes. Las últimas palabras que cruzaron ambas mujeres, fue una condición: madre e hija biológicas nunca más debían verse. Y nunca más se vieron. Fueron dos actos de amor maternales: una renunció, con una frase que le salió del alma: basta que la quieran, no se sentía capaz y otra albergó, queriéndola hasta el punto de dar la vida por ella.

Historia II. Miriam y Roberto eran sanísimos. Pero la presión familiar, la expectativa por sumar un nuevo nieto, un nuevo sobrino, era más y más insoportable a medida que pasaba el tiempo. Miriam no quiso esperar más e hizo las cosas legalmente. Buena situación económica. Una familia con abuelos y abuelas por ambas partes. Trabajo de ambos. Pasaron con éxito todas las evaluaciones psicológicas. Tardaron algunos años pero al fin, llegó Lucas. Su historia no era fácil de contar. Hoy es un robusto muchacho, dulce y bonachón que está por los 18 años. Miriam y Roberto tuvieron a partir de la adopción, dos hijos biológicos más. Una nena y un varón. Nadie hace diferencias. Todos son hermanos, y todos saben la verdad. Miriam le debe a Lucas ser mamá por primera vez.

Historia III. Eli se enamoró de Dany a los 17 años. Fue su primer y único hombre. Ellos encarnaron el ideal de amor de todos sus amigos y amigas. Fueron pasando los años, festejando aniversarios. Y la pregunta común a todos: ¿para cuando el bebé?. Al principio, la respuesta obvia, "queremos esperar, disfrutar, trabajar, conocer". Y lo hicieron, al segundo año de casados se fueron a EEUU, y a partir de que se instalaron, ahí empezaron los estudios, los análisis. No importa el nombre del problema la cuestión es que tampoco podían tener hijos. La decisión de adoptar no fue fácil. Un hombre ve distinta la situación. Y le demanda más tiempo entender y estar de acuerdo. Finalmente acordaron. Querían un bebé, un hijo o hija que hablara también el español. Una agencia ubicó a una mamá guatemalteca y a un futuro hijo: Fernando. Siendo de otro país la cuestión se complicaba cada vez más. Había mucho que chequear. Otra vez, situación económica de ambos. Propiedades. Familia. Situación psicológica. Los evaluaron una y otra vez. Todo y de todo investigaron las asistentes sociales hasta que no cupo ninguna duda sobre los adoptivos. Y llegó Fernando. El primer día que lo conocieron, debutarían 3 días como familia. En un hotel, en Guatemala. Los primeros 15 minutos lo pasaron los 3 con la asistente social. Vía e mail, Eli contó después de la emoción y para que se hiciera más corta la vuelta a ver a su bebé, los pormenores de la presentación. "El corazón se me salía del pecho. Me latía haciéndome parecer más una locomotora que un corazón humano, Daniel estaba super nervioso y encima había prometido que si todo salía bien dejaría de fumar, así que el pobre anduvo con sus nervios de un lado para el otro sin probar un solo cigarrillo. Cuando vi a la profesional con mi futuro hijo en brazos, casi me desmayo, por suerte estaba la mano fuerte de Daniel y de ella me sostuve. Él venía con una sonrisa en los labios y unos ojos enormes negros mirando todo sin parar. Apenas me vio, estiré los brazos y él los suyos. Lo estreché en mi pecho. A mi esposo se le cayeron unas cuantas lágrimas y yo sentí una emoción incomparable: Fernando, Fernandito tal el nombre de mi hijo, me estaba convirtiendo en mamá. Mi sueño de toda la vida. El corolario de un amor que nos unió toda la vida con Daniel. La asistente me extendió a mi hijo y una mamadera. Él nene la tomó en mis brazos y se quedó dormido. Con su papá cambiamos pañales. Jugamos con todos los juguetes que le compré y le probé toda la ropita que le dejaba. No sabíamos si íbamos a aprobar todas las evaluaciones o si la mamá biológica se arrepintiese. Ignorábamos sí finalmente iba a ser nuestro o no. Pero ya nos habíamos encariñado. Yo lo había soñado. Pero él era mejor en la realidad que mis sueños. Dicen que la realidad supera cualquier sueño, él confirmó que así es. Los tres días del permiso original pasaron volando en su compañía. Y fue un mar de lágrimas despedirnos. Hasta que lo tuve definitivamente en mi regazo, lo llamaba todos los días. Y me dejaban decirle que yo era su mamá y Daniel era el papá. Un poco más de costosos papeleos y ya estaría con nuestra familia para siempre". Fernando es hoy un integrante más. Digamos que el mimado y el privilegiado. Llegó justo a tiempo para conocer una de sus abuelas porque al año próximo dejó este mundo. Eli festejó su primer día de la madre, con su propia mamá y gracias a él. El corazón de Eli, está completo. Se casó con el hombre de su vida. Tiene un hijo precioso y va por la hermanita. Biológica o no. Ya no importa...

Sonia hace años que quiere ser mamá. Por ahora es maestra, los chicos la adoran y la siguen. Cuando por el tratamiento de fertilidad faltó, los chicos la extrañaron y cuando otra colega la reemplazó hubo chicos que no quisieron ir a la escuela. Pero físicamente no puede ser mamá. Está en la ilusión del éxito del tratamiento. Juntando, como todas, peso sobre peso. Las ganas de tener un hijo es lo más grande de todo y su mejor proyecto.

La tía Claudia, como la llama su sobrinito Tiago, también tiene el mismo gran sueño que las une con las otras mujeres que no conoce. Ella ya crió a su hermana y al hijo de su hermana, su adoración que la llama todos los sábados a las 10 de la mañana para que prenda la t.v. y vea los teletubis como hacían cuando vivían juntos. Sueña y también va puntualmente al médico, también está en tratamiento.

La otra cara de la moneda son las historias de tantos chiquitos que sufren día a día una realidad que los tortura. Desamparados con destinos que los vincula con la prostitución, el frío de la calle, el robo, el hambre y la violencia. Y la pregunta surge inevitable: por qué tanta injusticia habiendo tantos vientres vacíos y corazones anhelantes. Un psicólogo dijo una vez: "ser madre, es un rol, es una función. Para la cual no hay escuelas". Pero olvidó decir que es una función y un rol cuya raíz se enraíza en un deseo que nace en lo más profundo del corazón mucho antes que en la panza que será o no un nido.

Mónica Beatriz Gervasoni

Morocha urbana

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Fecha de publicacion: 18-dic-2006
Notas a fuerza de parir la vieja remingthon

Vínculos, afectos y realidad social en la salud de los más chicos

 

 

Por h o por b, estos tres ítem conviven a la hora de hablar de salud y no solo de los más pequeños. La voz de la experiencia de Ana María González, médica pediatra, desarrolla este tema. Es conocida de trajinar varias veces al día y por las noches de guardias los pasillos y salas del Hospital Fernández. Se hizo más famosa todavía desde que apareció en el programa E. 24. El especial de canal 13 sobre hospitales públicos, más exactamente, sobre el mismo hospital Fernández. Y si bien las cámaras hace rato apagaron sus luces, la realidad médico-paciente ni si apaga ni descansa. La doctora reparte su tiempo además de la atención de guardia, en una clínica privada de provincia y en una flamante sala de atención primaria de la salud, ubicada en los límites de Palermo Hollywood. El centro ubicado en Guatemala y Fitz Roy, que atiende las especialidades de clínica médica, ginecología y pediatría, está pensado desde apuntar a regresar al concepto de lo que en otros tiempos era el médico de la familia, el médico de cabecera. Que comprendía al paciente de una forma más global y no estrictamente circunscripta a la relación patología, diagnóstico, indicaciones, estudios y tratamiento. Es decir, se le podía confiar al profesional situaciones sociales que envolvían a la familia excediendo el marco terapéutico propiamente dicho. La doctora Ana explica: "la cuestión es así: de qué me sirve a mí recetar un medicamento, a lo sumo cambiarlo por un genérico, si yo no tengo la certeza si eso que receto pueda ser aplicado o no, por falta de recursos económicos. Porque el chico no es un ente. Es un conjunto psico-bio-social donde la mamá establece con él un vínculo en que se incluyen el afecto, la educación, la salud, el cuidado, la higiene, la prevención, en fin, un montón de funciones desde que nace. Por ejemplo, "yo puedo decir: este chico está desnutrido, pero, de qué puede servir el señalamiento si yo como médica, no promuevo una solución al tema. Si no sé si esa mamá está en condiciones de comprarle la leche a su hijo o no". Al respecto tiene un ejemplo a mano. Un día fue a la salita una mamá preocupada porque se había quedado sin trabajo y no tenía para la leche de su hijo. Una vecina solidaria le dijo que pidiese ayuda en un centro de gestión y participación. La mamá fue y dejó a su hija de 10 años cuidando a su otro hijo, el hermanito de 1 año. En el ínterin, el bebé se golpeó. La nena solita fue hacia la sala donde minutos antes la había atendido la Dra. González en un control, a ella y al hermano, y le contó todo a la médica. Entre la facultativa y la vecina promovieron que la leche llegara también a la sala para repartirla entre los pacientes más necesitados. Es decir, Ana y Tita, no se dieron por vencidas. A un mes del hecho la leche llega a la salita para atender los casos y demandas de gente necesitada.

Conscientes de que los hospitales públicos y más precisamente el Fernández, están colapsados, la sala es un intento de descentralizar. Antes de ubicarse, miraron en un mapa y consideraron zonas estratégicas en la demanda de atención de la salud y se ubicaron dentro del perímetro asistencial del hospital. La gente que quiere un médico de las especialidades que allí funcionan, clínica médica, ginecología o pediatría, no tiene más que pedir el turno por teléfono y como si fuera un consultorio particular, con fidelidad se le es respetado. Las excepciones son cuando llega un caso en el que debe considerarse la posibilidad de una derivación para una internación. Aún así, se han presentado pacientes sin turnos y se los ha atendido, a lo sumo con un poco de demora.

El afecto es el principal ingrediente en cualquier área y en cualquier estadio. Si él no está, no hay medicina que valga. Los recién nacidos se mueren si no tienen el contacto de una mano querida sobre ellos. Simplemente dejan de alimentarse y se dejan morir.

En referencia a los estratos sociales y a la diversidad de gente que le toca conocer para después atender, Ana María sostiene que a la mamá no la marca un estrato social. "Yo veo mamás que luchan, se interesan y quieren aprender sobre el cuidado y el normal desarrollo de su hijo, madres que a veces los sobreprotegen erróneamente sofocándolos y otras que los dejan a la deriva. Pero que eso no depende de un estrato social más elevado o más bajo. Hay madres con problemas que invariablemente las envuelven y naturalmente afectan a los hijos. O hay casos de padres separados, en el que el poder adquisitivo influye porque a la hora de consultar lo hacen con dos profesionales distintos. En el caso del nivel académico que detenten los padres, influye en el hecho de que el profesional tiene que estar convencido de que las indicaciones que dio sean, en principio, entendidas cabalmente para la eficacia de la aplicación del tratamiento que indicó. Hay casos en los que el doctor debe bajar de estrato y hablar de manera tal de que sea entendido por quien tiene enfrente. También influye en la comprensión y aceptación de la importancia que tiene el control mensual en el primer año de vida. Hay mamás que se preguntan por qué tienen que concurrir si en apariencia su hijo es completamente sano. Incluso para entender la importancia de las vacunas al día. No es lo mismo un chico que se lastima y tiene todas sus vacunas que aquel que no. O para comprender a su hijo. Para entender que por más chico que sea no subestimarlo nunca. Es increíble las cosas que puede hacer un pequeño. "He tenido el caso de uno de dos años que se tragó un tornillo. Me lo contó a media lengua, su madre lo ignoraba todo y la prueba del delito apareció en la placa radiográfica. Hay que ver la cantidad de accidentes domésticos que pueden ocurrir cotidianamente y devenir en tragedia".

El tipo de medicina barrial y hospitalaria es aquel que tiene en cuenta a quienes consultan en forma global y otro ejemplo es la internación. No siempre aquella se define por el estado de salud actual del paciente sino también por el ámbito en donde va a restablecerse y rehabilitarse. Hay, por poner un ejemplo, chicos asmáticos que no pueden reponerse correctamente en asentamientos o en lugares húmedos porque invariablemente va entorpecer su recuperación. A veces se decide una hospitalización porque el riesgo de su hábitat lo justifica.

Si bien, desde que empezó a dialogar la Dra. No hizo más que ponerle voz alta a su vocación, en el final se hicieron presentes los recuerdos, los comienzos. Cuando hacía medicina rural, iba en una ambulancia y alguien se abalanzó sobre ella y a los gritos anuncio un parto. Era eminente y gemelares. Hacía una hora y pico que debían haber nacido. Había sufrimiento fetal. Ahí fue su debut como obstetra. La primera muerte fue terrible. Un chico. Siete u ocho años. "Yo presentí la muerte cerca, en ese momento los padres se retiraban, fue darme vuelta y pedirles que no se fueran, cuando sentí la mano de mi pacientito en un fuerte apretón. Me miró, lo miré. Me dijo, quédate. Ellos ya han hecho suficiente" Lo más conmovedor el primero y el último llanto.

La despedida, el fin de la entrevista la fueron marcando estos párrafos salidos de su voz que se pone seria, cuando de hablar de salud se trata. "La verdad es que estudiamos medicina para curar a la gente pero lo cierto es que la realidad incluye la vida y la muerte.

No soy Dios, ni tomo decisiones. Aplico la medicina con la mejor onda y pongo de mí, todo lo mejor. Dios está en todos los actos de las personas que creen, me ayuda a sentirme bien y me reconforta con lo que hago" Ella dice: "que pase el siguiente" y así vuelve a ejercer el milagro de curar, conviviendo y lidiando con lo mejor y lo peor de la salud y el entorno, con lo lindo y lo feo y desde su profesión le pone el pecho a la vida y a la muerte también.

Entrevista a la Dra. Ana González por Mónica Beatriz Gervasoni.  MorochaUrbana

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Fecha de publicacion: 18-dic-2006
un borrador que se coló en el cajón de los papeles viejos

La calesita del tiempo...

 

 

Hay una publicidad que pregunta a los lectores: ¿qué pasa con nuestros valores? Y mientras tanto, obliga a una suerte de filosofía casera y cotidiana. Aunque no es tarea fácil ni para tomarse a la ligera.

Fui criada por padres que tenían más edad de ser abuelos que de progenitores. Trataban a mis bisabuelos de usted. De señora madre y de señor padre. Pedían permiso hasta para ir al baño. Había reglas que todo el mundo acataba aunque no fueran escritas, ni pautadas ni establecidas, eran tácitas. Entonces, nadie podía hablar ni meter bocadillo alguno mientras los mayores hablaban. No se podía hablar en la mesa, jamás y bajo ningún concepto estaban permitidas las preguntas. Todo lo que había que saber lo enseñaban los antecesores, los parientes, los vecinos mayores y decentes y los maestros. Mis viejos a su vez habían aprendido de mis tatarabuelos y así más o menos parecido hasta donde se pueda llegar con la memoria. De una generación a otra, el mundo no era tan distinto. Llegaron las guerras mundiales, la tecnología reemplazó a mucha mano de obra humana, llegaron los hippies melenudos pregonando: "hagamos el amor y no la guerra" y encima regalaron flores. Entonces resurgieron los prejuicios con mayor fuerza y brío contra la juventud, desarraigada, desgreñada, rebelde y revolucionaria, para colmo de males. Lo supe porque lo vi en un documental. Y para rematarla cuatro pelilargos que revolucionaron la música para siempre y la manera de bailar, ya que estaban también. Las adolescentes y no tanto, se pusieron a gritar y todo empezó a cambiar. Llegó la bomba atómica y la computadora y todo cambio fue vertiginoso, a la velocidad de la computadora. El mundo tal como lo habían conocido mis padres quedó patas arriba. Antes, los mayores estaban nerviosos y le gritaban a los hijos. Los hijos callaron y los hijos de los hijos también lo hicieron. Los padres decían que cuando eran niños comprendían a los suyos por amor y en nombre de él también callaban. Así era el mundo por aquellos días. Hoy los padres están nerviosos, con terapia o sin terapia, en la mayoría de casos, la plata no alcanza con ella o sin ella, les gritan a sus hijos, sus hijos a su vez gritan con más fuerza y con más palabras. Y todos, tarde o temprano, terminan en el diván. Tengo una hija de seis años. No sé dialogar con palabras y a veces soy muy torpe con las caricias, no estoy muy acostumbrada. Sin embargo, hoy en día sé que es un tipo de diálogo tan importante como el otro. Estoy aprendiendo. Muchas veces ella es mi maestra. Yo sé del mundo hasta mis treinta y tres años, ella mira a su mundo, el de los chicos del 2000 desde sus seis años. Ella me enseña del suyo, yo le muestro el mío, y le cuento del que supe de mis padres. Ayer había autoritarismo y nadie hablaba del amor. Pero no había nadie que dudara de su existencia en todas las relaciones. Y sino, quedaban la responsabilidad, la obligación y el respeto. La palabra abandono no existía, algunos critican el acostumbramiento, puede ser. Hoy hay mayor libertad. Menos represión, menos autoritarismo. Y el ¿amor?... y, el amor ahora se dice, se habla. Se toca. Se pueblan los sentidos. Al bebé se lo acaricia y se lo deja suelto de ropas lo más posible. Cuándo antes lo fajaban. Lo único libre que podía tener era el rostro. Ayer, la leche del desayuno y la merienda era sagrada. Hoy invité a una amiguita de Flor a casa, y al grito de "a tomar la leche", me dijo: "hay que fashión, tomar la leche...Glup.

De todos modos, hay algo que sé a amar se aprende todos los días y hasta último momento. Que la frase "mientras hay vida hay esperanza", no solo no murió, sino que de vez en cuando sale a ventilarse por el siglo XXI. A pesar de la calesita de los tiempos, las edades , las generaciones

"para ver los valores en lo que podemos observar no nos atrevemos siquiera a mirar y lo que no somos capaces de mirar, en primer lugar es la familia"

autoridad: mando o poder sobre otra

los valores no son algo a cumplir, sino algo a manifestar y a la inversa de lo que se supone estos no operan de afuera para adentro están dentro y la actitud no sale a su encuentro sino a facilitarle su expresión a abrirle paso. Cada vez que se focaliza un valor algo adentro se está despertando.

La diferencia provoca crisis.

Hay un miedo a mostrarse sensible.

Contradicciones y contraposición a los valores.

Hombría, masculinidad, virilidad.

Prototipo de otros años.

Valores como la sensibilidad

Contraponer la tolerancia a la agresión.

Lo espiritual que nos vuelve a la propia escencia de ser humano y nos conecta con el sentir.

Aunque tengamos distintas historias, distintos orígenes ek id3ologías el ser humano es la condición que nos iguala a todos los individuos y por eso también aunque de formas diferentes desarrollamos el amor. Y por amor entendemos que es el motor que alimenta el espíritu para poder vivir

Nuestra cultura anestesia mucho el sentir o más que anestesiarlo lo desvirtua y distorsiona.

Aprendiendo a reconocernos, a mirarnos, animándonos a prácticar la libertad cada día más, a no mirarnos como severos jueces ni dejar de exigirnos por considerar que no podemos hacer tales o cuales cosas, dándonos permiso al menos para intentar todo aquello que nos propongamos surge naturalmente una escala de valores. Surge naturalmente un patrón que termina siendo aceptado democráticamente por todos. Porque no viene desde afuera ni es impuesto, sino que como las cosas de la vida, surge naturalmente, sin muchas palabras y con más acción. He aprendido a mirar un poco más allá y más acá. He visto que siempre se ha criticado a los adolescentes y jóvenes ellos siguen revolucionando y trayendo consigo nuevos códigos pero que reflejan los valores de siempre, como la amistad, el amor, el idealismo, la libertad. Como se sienta, como se pueda, y a veces pero siempre intentanto a veces con la misma descarada pretención de llevarse el mundo por delante, no por ser arrogante sino porque eso le da valor suficiente para intentar las empresas.

Todos los valores son facetas de un mismo valor el esencial el absoluto el amor.

Antes ser mayor, era todo un honor y sinónimo de sabiduría. Hoy, es ser viejo.

Sin embargo no es tarea fácil. Ni para hacer a la ligera. Hay lugares donde nos cuesta mirar. Por ejemplo, la familia. De la que vinimos y la que formamos.

El juego el alimento del alma. Cuántas sopas tomadas con prepotencia. Cuánto almidón en guardapolvos usados con rabia. El amor, el alimento del espíritu.

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Fecha de publicacion: 18-dic-2006
publicado por La Nación On line

 


Historias viejas de Palermo viejo.

Enviado por Mónica Beatriz Gervasoni
Desde Palermo

El paredón era gris, detrás había una linda casa. Hasta hermosa. Si no fuera porque la única ventana estaba protegida por una gruesa reja y eso, más la enorme pared hacían de lo que había dentro una fortaleza. En una de las pocas veces que ella se había acercado a la ventana, lo vio. Apenas un segundo. Un grito la sacó de la visión.

- Querida, te dije que no te acercaras a la ventana, tu madre me recomendó antes de irse a trabajar que no lo hicieras.

- Bueno, yo quería mirar nada más.

Hizo una sonrisa a modo de despedida. Pero él ya se había ido. Tampoco debía estar ahí a esa hora. Su orden era salir con el carrito de noche. Bastante vergüenza tenía su madre de que salieran a recoger de la basura cosas que tal vez necesitaran en casa. No era la hora. De todos modos los camiones basureros pasaban a las 24 horas -como decían los finos-, a las 12 -como decían los pobres-, no había por qué pasar antes. Era inútil, toda la gente tiraba la basura a la noche, cerca de esa hora. Pero él quería escapar de la miseria, de las vueltas de papá borracho. De las escenas de violencia. De la forma de amar a la fuerza que ejercía el padre. Y no había mucha huida posible. Fuera donde fuera llevaba consigo su propio miedo, su terror y su soledad. Trabajaba en changas. Cuando venían eran unos pesitos más para él y para la madre. Pero era mejor que su padre, el "Tito" no se enterara. No vaya a ser cosa que se lo "mangueara" para seguir comprando vino y más vino.

Los habían corrido de abajo del puente de Juan B. Justo pero él volvía, una y otra vez.

Como esos criminales que siempre, siempre, indefectiblemente, volvían a la escena del crimen. En cada recorrida meditaba que de haber sabido un poquito más leer y escribir le hubiera gustado ser poeta, escritor y hasta tal vez, periodista. Un día se ilusionó, en toda esa basura había una cámara. Fue feliz por unos segundos. Sus hermanos menores y mayores se burlaron con saña. Abofetearon su felicidad hasta dejar moribunda su ilusión y por poco hasta logran matarlo de tristeza. La máquina no servía. Había robado, con lo que le disgustaba hacerlos, unos pocos pesos y se compró un rollo. Todo fue en vano. Cuando la llevó a una casa de fotografía el empleado lo miró en forma despectiva y se la devolvió con un: "esto no sirve para nada". Lloró, lloró y lloró a escondidas.

No iba a permitir que nadie salvo él mismo se dijera maricón. Mamá atenta a sus hijos a pesar de todo, notó la tristeza de su gurí. Ella era paraguaya y de no ser la desgracia del marido que le tocó y tanta cantidad de hijos podría haber hecho algo en la vida. No obstante, a pesar de los maltratos del tipo que no se iba de su lado, ella quería hacer a sus hijos felices.

Cuando supo con que soñaba su hijo ideó un plan. Una y otra vez, entonces, Ángel, tal el nombre del chico, se escapaba de sus horrores por las calles de Palermo. Recorría la calle Fitz Roy que fue su jardín de infantes, su preescolar, su primario y ahora el secundario de la vida, de punta a punta. Ahí fue cuando la vio. Era un hada. Rubia, pelo largo y unos ojos color miel que lo dejó tan embobado como si hubiera visto algo sobrenatural.

Ella, en cambio, vio un mocoso medio desgreñado, sucio, que en un ademán se peinó con saliva el flequillo, que se sintió feo y sucio, por quién sabe qué millonésima vez en su corta vida, pero que esta vez le dolió más que nunca.

Le dolió en el cuerpo y en el alma. Pero de unos ojos, como los que ella encontraba en el espejo cada vez que se miraba, color miel, una expresión de asombro tan elocuente y una profundidad que uno podía perderse allí. Una emoción desconocida les recorrió todo el cuerpo. Ella -Miranda- tenía 11, él unos 14 tal vez. La voz se le rebelaba. Era gruesa, era fina y todavía no la dominaba por eso no se atrevió ni a decirle hola ni siquiera con el gesto. Quién sabe si detrás de ese grueso vidrio pasaría el sonido. Por las dudas, tampoco probó. Cuando vio que ella daba vuelta la cabeza para atender quién sabe qué llamado desde adentro, él se fue como un fantasma a seguir recorriendo por la calle Fitz Roy. Una y otra vez pasaba Ángel, una y otra vez, Miranda se asomaba a la ventana. Y las cosas fueron cambiando.

- ¿Desde cuándo vos lavas ropa?- le había preguntado la madre obteniendo silencio por toda respuesta.

- ¿Qué haces nena?- le gritaban los hermanos. Como respuesta él se abalanzaba contra los tres volaban piñas, sopapos, patadas y empujones de acá, allá y acullá.

Ahora las veredas de Fitz Roy, lo veían pasar un poco más limpio. Encontró una plancha en la basura y aprendió a planchar.

Los encuentros eran en mudo. Una mirada breve bastaba para encender la imaginación de ambos y a esperar al otro día a la hora señalada. Sin lluvia, con lluvia. De día, de noche. Fugaces instantes de felicidad que la palabra hubiera arruinado. Mientras tanto mamá consiguió una pobre máquina de fotografiar. Cambió la suya de coser que de todos modos ya estaba bastante arruinada en las precarias casas donde vivían y de tanto rodar por las calles. Habría sido una gran costurera si hubiera podido pararse distinto en la vida, pero no pudo, no supo. Además, ya hasta tenía artrosis, artritis y toda esas cosas cuando los huesos dan testimonio de tanta humedad, del frío calándolos, no había forma que las manos la obedecieran. Con lágrimas en los ojos se despidió de su vieja compañera.

Nada hubiera podido reemplazar el brillo de los ojos en su hijo. Su alegría. Él más contento que nunca cuando tuvo su cámara en la mano no supo a quien abrazar primero, a su madre o a su máquina. Abrazó a su mamá y del impetuoso abrazo y de las lágrimas de ella, comprendió y se hizo hombre en ese interminable segundo que duró el abrazo. Vio la vulnerabilidad, la fragilidad y su corazón comprendió lo poco que faltaba para el adiós final.

Ese día no fue por Fitz Roy. Era la primera vez que todos sus sentimientos aleteaban como locos en su alma y por primera vez no supo que hacer con ellos. Rezó para que su padre no volviera esa noche. Se sintió el hombre de la casilla. El que protegería a su mamá de las garras de la muerte mientras sus hermanos por mayores y bobos y los otros por menores y inocentes, no comprendían. Miranda esperó y esperó. Su ángel no había pasado hoy, ni mañana, ni pasado. Finalmente él volvió. Ella no estaba en la ventana, estaba en la puerta. Le había dolido ese desaire a la costumbre de verlo. Y lo estaba esperando.

Cuando lo vio, se quedaron más mudos que nunca. Sí, él había roto su rutina al no pasar como siempre ahora ella también. No estaba detrás del vidrio. De carne y hueso estaba parada a escasos centímetros de él. Tanto que pudo olerle el perfume. El, de puro arrebatado nomás, le sacó una foto y ella le dio un beso. Apurado hizo más changas que nunca y sacó 8 fotos más, del rollo de nueve. Le sacó a los pájaros, libres como el viento. Le sacó al perro vagabundo que a veces se le colaba en el carro y hacían juntos un par de cuadras. Barbincha lo había bautizado. Era color té con leche y tenía pelos largos en la trompa que parecían una barba. A los gatos del baldío, al que se sentaba en una pila de libros en el kiosco de diarios mientras su dueño atendía. Sus hermanos, para hacerle bromas a su candidez e inocencia, le decían que el micho atendía cuando no estaba él dueño. El siempre se había quedado con la duda.

- Mamá, mamá!!- vino un día gritando.

- ¿Qué? hijo, ¿qué pasa con tanto alboroto?

- Ya deben estar las fotos que saqué con su máquina, mamá.

- La tuya hijo, tu cámara. Yo te la regalé.

- Si está bien mamá. Pero apuresé vamos a buscarlas por favor. Dele sea, buena.

- Pero hijo estoy cocinando, se me va a quemar la comida...

- Apague el fuego mami.

Cuando Ángel vio el temblor de las manos y el dolor que se reflejaba en las arrugas de la frente dijo:

Deje madre, deje - y apagó él las hornallas de la precaria cocina que encontraron un día al lado de un árbol y que no tenía horno porque era de las eléctricas viejas. Como ellos se colgaban de la luz del vecino se podía cocinar... Ella se alisó el delantal y tuvo el gesto de toda mujer: se arregló el pelo y salieron.

Miranda esperó como todos los días. Y lo vio venir. Engominado, nunca más con saliva. Los zapatos viejos pero limpios. La camisa y el pantalón viejos pero limpios y planchados. Un sobre en una mano y una señora que no parecía vieja pero que estaba encorvada parece que de dolor. Los vio cruzar despacito. Un perro barbudo ladraba. Los tres, hasta el perro parecían contentos. Un auto salió de la nada. No pudo frenar. Atropelló a la comitiva. El perro se levantó rengueando lamió al chico y volvió a caer unos metros al lado de la mujer. Un sobre cayó a los pies de Miranda. Después de dar los gritos de alarma que sacudieron la hora de la siesta de Palermo Viejo, los vecinos salieron a las puertas de los edificios, se asomaron por los balcones, llamaron una ambulancia, se los llevaron y al perro lo agarró un hombre que ya lo conocía, ella abrió el sobre, era su foto...

Desde entonces se dice que a las calles de Palermo Viejo ya no le hacen falta semáforos. Porque hay dos candorosos espíritus que vigilan las almas y los cuerpos de la gente buena. Y desde aquel entonces, Miranda, que hoy es ya una mujer supo que contaba con un ángel de la guarda. La foto está donde estuvo siempre, en un porta retrato que de vez en cuando se llena de pétalos de flores y unas gotas de rocío que lo salpican y que nadie sabe de dónde vienen. Pero todos sospechan de esta historia.

 

 

Mónica Beatriz Gervasoni
DNI 18.315.136
Palermo
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Morocha Urbana

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Fecha de publicacion: 18-dic-2006

Madres reincidentes, se va la segunda…

 

La madre primeriza compra el slogan social que un hijo es lo que le da una felicidad plena, sublime y le termina dando el diploma de mujer. La mamá reincidente se complota con la Susanita, la amiga de Mafalda, de la tira de Quino, para creérsela. Para tal fin y vil engaño, sufre, entonces, de un súbito ataque de amnesia que la hace olvidar por completo, que el embarazo, ese dulce estado, es igual a atrincherarse en el baño, o en su defecto desalojar a nuestro marido, dos por tres con los pantalones a media hasta. Que debimos renunciar, dignamente, por nuestro vástago, a nuestros manjares predilectos, porque seguramente es a lo que primero le vamos a sentir asco durante los próximos nueve meses. Que vomitamos hasta el aire que respiramos. Que el último trimestre estamos tratando de no soltar el alarido: de "que me lo saquen de una vez". Porque ya no sé cómo pararme, sentarme y menos aún acostarme. Desalojarlo al dorima también de la cama de dos plazas porque ya ni con tres nos alcanzaría. Que no hay posición cómoda para dormir y olvídalo para el Kamasutra. Porque la ley de gravedad se asocia con mi panza y las dos me hacen la vida imposible. Que cada patada del engendro simula un partido de football en el estómago. Que el arco debe ser el útero y la pelota los ovarios en tiros libres o de penal. Que al llegar al momento crucial del nacimiento nos atiborran de preguntas hasta de nuestra abuelita. Que después nos amarran, por si nos arrepentimos de parirlo. Nos estaquean de pies y manos. Que primero nos piden amablemente que pujemos y después nos ordenan, como milicos, cuando perdieron la paciencia con la madre primeriza, y es una orden: puje. Aunque se parta en dos, ud. Ya no importa, importa el bebé.

Si el primero salió tranquilo, una ya se olvidó, que el dolor del parto, es igual a que nos arrancaran con una pinza de mecánico las entrañas una por una, sin anestesia, sin prisa pero sin pausa. Que una vez desalojado el alien del vientre nos cosen como un matambre listo para cocinarse; esto es, estamos en el horno. Que cada vez que subimos una escalera, cada punto en nuestra anatomía nos recuerda que hemos asistido a un parto natural y encima no siendo la primera estrella. Una vez nacido, el ser en cuestión, sangre de nuestra sangre, y que hemos contabilizado los dedos para asegurarnos que está completo, desde el primer momento, si no llora, sufrimos porque pobrecita, puede ser que haya nacido muda, y si llora, Dios nos guarde los tímpanos, reconoceremos sus pulmones. La amnesia es tal que ya no registramos, que por más tranquilo que haya sido el espécimen, igual, una no tuvo tiempo ni para ir al baño, porque si está dormido, una verifica cada dos por tres segundos que respire. Hace guardia y está siempre lista para espantarle las pesadillas y al infortunado mosquito que osó merodear la zona de la cuna o moisés, etc. El resto de tiempo que, el que usa pañal no duerme, procederá a una demanda perpetua. Léase, hambre, o desechos de comida, con un olor digno del riachuelo. Lo cual implicará que durante el trámite de cambiarlo una no será dueña de probar ningún bocado porque le sabrá al mismo olor, impregnado por todos los ambientes, que se le resiste al mejor desodorante ambiental que pueda existir en plaza. El perfume importado servirá para disimular el olor permanente a leche cuajada que nos acompaña, como segunda piel, por los próximos dos años, al menos. Así es el primer paso de cómo nos convertimos en esclavas de una cosa que nos soborna antes mismo de decir ajó. El marido, pareja, amante o concubino, no ve a la mujer que conoció sino a una vaca lechera tratando de no perder ni la lozanía de sus pechos, ni estar perdiendo leche por doquier. Hay que disimular al marrano en cuestión colgando de ella cada tres horas. Porque, obviamente cada tres horas por reloj puntualmente come y acto seguido defeca. Por lo tanto es el primer culpable de arruinar cualquier velada o pretexto para estar a solas con el que alguna vez fue el centro del universo y ahora ha sido altamente desplazado por un ser al que todavía no le sale ni un hola. Y está preocupado únicamente por comer, defecar y dormir. Uno cree que dicho párvulo va a ser un socio vitalicio de las tetas. De la fabrica de pañales, de la mamadera porque nuestra leche no alcanza por más vacas lecheras que uno aparente ser. Y cuando terminó con ese penoso camino y empieza una normalidad de tres, cuando antes eran dos, y estamos en la etapa de que el engendro camina más de dos pasos sin aterrizar la cola en el suelo, y la penosa y trabajosa tarea de que no se suicide. Y enseñarle a hablar como un ser humano y no un tarzán en potencia, una mira a la lontananza, con una mirada de ternero degollado y empieza a delirar… y… si tenemos otro…No, digo, la parejita…si la primera fue nena, vayamos por el varón y viceversa, sino. Entonces, vuelta a empezar, el evatest, al derecho al revés, cuántas rayitas eran? El futuro hermano en acción entra en un estado esquizofrénico, y en una etapa peligrosamente destructiva y los primeros enemigos son sus padres que tenía totalmente a su merced, porque osaron embarazarse. Ante la panza alimenta deseos hostiles y pergeña como deshacerse de ese bollo de tripas aún por formarse que automáticamente será su peor enemigo cuando salga. Y su más acérrima competencia. Recluta todos sus instintos asesinos. Y jura ni conmoverse apenas lo vea. Empieza a alimentar un sentimiento amor-odio que automáticamente se desvanece, cuando alguien le susurra al oído, te presento a tu hermanito, se parece a vos, se derrite al instante y a nadie se le ocurra tocar a su hermano, porque se ha convertido en su propiedad, y él es, entonces, el primer síntoma que confirma la sospecha, de nuevo embarazados!!! Y suicidamente reincidentes. Se va la segunda… chan, chan.

Mónica Beatriz Gervasoni

Morocha Urbana

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Fecha de publicacion: 18-dic-2006
Cuando el vientre no es un nido, madres que adoptan una esperanza

Mamás que adoptan, crónicas de algunas esperanzas

 

Algunas madres ni se conocen entre ellas. Otras sí, por vínculos políticos o por terceros. Sin embargo, son mujeres que tienen algo en común, un corazón así de grandote para albergar lo que sus panzas no pueden: un hijo. Yo sí las conozco. Yo soy testigo. Yo soy, hija adoptiva.

37 años atrás los estudios y las técnicas de fertilidad no estaban tan avanzados. Eran dolorosos y económicamente muy onerosos. Sin embargo, Nélida, se sometió a cuantos pudo. El diagnóstico era: matriz infantil. No podía tener hijos. Mientras tanto había casi criado a sus hermanos. Ella era la mayor de 11 que le seguían en edad. Era una madrecita en potencia. La suya tenía un hijo por año y, entre el reposo y el amamantamiento, Nélida cambiaba pañales, daba mamaderas, acunaba, llevaba de paseo en brazos uno por uno y los vigilaba mientras jugaban en el patio, mientras crecían. Y crecieron, cada uno fue teniendo sus hijos, sobrinos que la convirtieron en tía. Y ella seguía intentando. Dos por tres se llevaba a los nuevos que iban viniendo a este mundo a su casa. Les cosía ropa, los llevaba a la plaza, en fin, hacía la vida que ella misma quería tener con un hijo propio. Pero estos eran prestados y más tarde o más temprano debía devolvérselos a la madre y ella seguir ocupando el puesto de tía, y muchas veces de madrina o comadre. De todos modos, nunca se dio por vencida. Una vez una pareja de amigos del matrimonio de Nélida, adoptó una nena. Cuando ella la fue a conocer quedó encantada con la morochita. Los amigos sabiendo la problemática se ofrecieron a estar atentos si sabían de cualquier mujer que quisiera dar a su hijo /a en adopción. Y así fue, un cinco de mayo de 1967, llegó a sus oídos el comentario de una chica muy joven, inexperta y de pocos recursos que no podía ni siquiera comprar la leche para su hija. Así se hacían las cosas antes. Las últimas palabras que cruzaron ambas mujeres, fue una condición: madre e hija biológicas nunca más debían verse. Y nunca más se vieron. Fueron dos actos de amor maternales: una renunció, con una frase que le salió del alma: basta que la quieran, no se sentía capaz y otra albergó, queriéndola hasta el punto de dar la vida por ella.

Historia II. Miriam y Roberto eran sanísimos. Pero la presión familiar, la expectativa por sumar un nuevo nieto, un nuevo sobrino, era más y más insoportable a medida que pasaba el tiempo. Miriam no quiso esperar más e hizo las cosas legalmente. Buena situación económica. Una familia con abuelos y abuelas por ambas partes. Trabajo de ambos. Pasaron con éxito todas las evaluaciones psicológicas. Tardaron algunos años pero al fin, llegó Lucas. Su historia no era fácil de contar. Hoy es un robusto muchacho, dulce y bonachón que está por los 18 años. Miriam y Roberto tuvieron a partir de la adopción, dos hijos biológicos más. Una nena y un varón. Nadie hace diferencias. Todos son hermanos, y todos saben la verdad. Miriam le debe a Lucas ser mamá por primera vez.

Historia III. Eli se enamoró de Dany a los 17 años. Fue su primer y único hombre. Ellos encarnaron el ideal de amor de todos sus amigos y amigas. Fueron pasando los años, festejando aniversarios. Y la pregunta común a todos: ¿para cuando el bebé?. Al principio, la respuesta obvia, "queremos esperar, disfrutar, trabajar, conocer". Y lo hicieron, al segundo año de casados se fueron a EEUU, y a partir de que se instalaron, ahí empezaron los estudios, los análisis. No importa el nombre del problema la cuestión es que tampoco podían tener hijos. La decisión de adoptar no fue fácil. Un hombre ve distinta la situación. Y le demanda más tiempo entender y estar de acuerdo. Finalmente acordaron. Querían un bebé, un hijo o hija que hablara también el español. Una agencia ubicó a una mamá guatemalteca y a un futuro hijo: Fernando. Siendo de otro país la cuestión se complicaba cada vez más. Había mucho que chequear. Otra vez, situación económica de ambos. Propiedades. Familia. Situación psicológica. Los evaluaron una y otra vez. Todo y de todo investigaron las asistentes sociales hasta que no cupo ninguna duda sobre los adoptivos. Y llegó Fernando. El primer día que lo conocieron, debutarían 3 días como familia. En un hotel, en Guatemala. Los primeros 15 minutos lo pasaron los 3 con la asistente social. Vía e mail, Eli contó después de la emoción y para que se hiciera más corta la vuelta a ver a su bebé, los pormenores de la presentación. "El corazón se me salía del pecho. Me latía haciéndome parecer más una locomotora que un corazón humano, Daniel estaba super nervioso y encima había prometido que si todo salía bien dejaría de fumar, así que el pobre anduvo con sus nervios de un lado para el otro sin probar un solo cigarrillo. Cuando vi a la profesional con mi futuro hijo en brazos, casi me desmayo, por suerte estaba la mano fuerte de Daniel y de ella me sostuve. Él venía con una sonrisa en los labios y unos ojos enormes negros mirando todo sin parar. Apenas me vio, estiré los brazos y él los suyos. Lo estreché en mi pecho. A mi esposo se le cayeron unas cuantas lágrimas y yo sentí una emoción incomparable: Fernando, Fernandito tal el nombre de mi hijo, me estaba convirtiendo en mamá. Mi sueño de toda la vida. El corolario de un amor que nos unió toda la vida con Daniel. La asistente me extendió a mi hijo y una mamadera. Él nene la tomó en mis brazos y se quedó dormido. Con su papá cambiamos pañales. Jugamos con todos los juguetes que le compré y le probé toda la ropita que le dejaba. No sabíamos si íbamos a aprobar todas las evaluaciones o si la mamá biológica se arrepintiese. Ignorábamos sí finalmente iba a ser nuestro o no. Pero ya nos habíamos encariñado. Yo lo había soñado. Pero él era mejor en la realidad que mis sueños. Dicen que la realidad supera cualquier sueño, él confirmó que así es. Los tres días del permiso original pasaron volando en su compañía. Y fue un mar de lágrimas despedirnos. Hasta que lo tuve definitivamente en mi regazo, lo llamaba todos los días. Y me dejaban decirle que yo era su mamá y Daniel era el papá. Un poco más de costosos papeleos y ya estaría con nuestra familia para siempre". Fernando es hoy un integrante más. Digamos que el mimado y el privilegiado. Llegó justo a tiempo para conocer una de sus abuelas porque al año próximo dejó este mundo. Eli festejó su primer día de la madre, con su propia mamá y gracias a él. El corazón de Eli, está completo. Se casó con el hombre de su vida. Tiene un hijo precioso y va por la hermanita. Biológica o no. Ya no importa...

Sonia hace años que quiere ser mamá. Por ahora es maestra, los chicos la adoran y la siguen. Cuando por el tratamiento de fertilidad faltó, los chicos la extrañaron y cuando otra colega la reemplazó hubo chicos que no quisieron ir a la escuela. Pero físicamente no puede ser mamá. Está en la ilusión del éxito del tratamiento. Juntando, como todas, peso sobre peso. Las ganas de tener un hijo es lo más grande de todo y su mejor proyecto.

La tía Claudia, como la llama su sobrinito Tiago, también tiene el mismo gran sueño que las une con las otras mujeres que no conoce. Ella ya crió a su hermana y al hijo de su hermana, su adoración que la llama todos los sábados a las 10 de la mañana para que prenda la t.v. y vea los teletubis como hacían cuando vivían juntos. Sueña y también va puntualmente al médico, también está en tratamiento.

La otra cara de la moneda son las historias de tantos chiquitos que sufren día a día una realidad que los tortura. Desamparados con destinos que los vincula con la prostitución, el frío de la calle, el robo, el hambre y la violencia. Y la pregunta surge inevitable: por qué tanta injusticia habiendo tantos vientres vacíos y corazones anhelantes. Un psicólogo dijo una vez: "ser madre, es un rol, es una función. Para la cual no hay escuelas". Pero olvidó decir que es una función y un rol cuya raíz se enraíza en un deseo que nace en lo más profundo del corazón mucho antes que en la panza que será o no un nido.

Mónica Beatriz Gervasoni

Morocha urbana

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Fecha de publicacion: 18-dic-2006
se va la segunda

Los ángeles que Dios nos manda

La primera vez que escuché la frase Los ángeles que Dios nos manda, fue cuando me la releyeron extraída de una revista. La segunda vez, la dijo una meditadora cuando yo tenía 19 años. En ambas ocasiones algo retumbó en mi corazón, y aunque no supe en ese entonces encontrarle el significado, siempre estuvo ahí, como un eco en mi mente y en mi alma. Muchas veces rondé sobre el tema y si bien no siempre encontré respuestas, en otros tiempos, a otra edad, sabiendo otras verdades e inaugurando lo que algunos llaman experiencia, sí las encontré. Y hoy puedo decir por experiencia personal que sí, que Dios nos manda ángeles. No seres con alas, los ángeles que Él nos manda se visten de personas y obran milagros en nosotros. Por empezar son maestros. No de guardapolvo blancos. Pero maestros de la vida. Puesta a revisar entonces, desde mis prontos 37 años, ofrezco pruebas.

País Argentina. En algún lugar, que desconozco, de la ciudad de Buenos Aires. Una mujer vive en un estado de extremada pobreza y decide, antes de no poder alimentar a su hija darla en adopción. Otra mujer, en la capital federal, sufre una y otra vez la tortura en su cuerpo de estudios costosos económica y físicamente por alimentar una esperanza, tener un hijo. El Destino, dirán algunos, Dios, diré yo, hicieron que ambas mujeres se encuentren. Por terceros comedidos una supo de la otra. Y no hubo más que pactar el encuentro. La joven mujer extendió el bulto arropado de sus brazos, hacia la otra mujer que los extendía a más no poder y con miedo que quien daba se arrepintiera. No hubo arrepentimientos. Y ante las condiciones impuestas: por nada del mundo debían verse nunca más, hubo una frase de despedida: basta que la quieran. Solo ese recuerdo que me contaron 18 años después me quedó de los lazos de sangre. Hasta ese entonces yo creí a muerte que la familia se basaba en poderosos lazos sanguíneos. Hoy estoy convencida, de que si bien, ésa es una de las razones poderosas que pueda haber, porque en definitiva, como dicen todos: la sangre tira, no es el único. Doy fe. Desde la más tierna edad de la inocencia. En que todo debía serme enseñado, hasta lo más simple y sencillo de la vida cotidiana, hasta hoy que he aprendido un poquito, tuve lazos fundados exclusivamente en el amor, afecto, cariño e independientes de la sangre. Soy hija adoptiva pero a mí vez, yo también adopté. Dos padres grandes desde siempre, hoy a la distancia y por los comentarios escuchados, parecían más mis abuelos que mis padres. Las hermanas de mi mamá. Las tías. Los hijos de las tías, mis primos, las primas hermanas de mi mamá, mis tías políticas, las hijas de las primas hermanas, mis primas políticas. Con todos sus encuentros y desencuentros. Con todos mis encuentros y desencuentros. Con todos los amores, con todos los desamores. Con los recuerdos y con los olvidos. Con los perdones y con los rencores. En el 97´ partió mi mamá. Y me dejó el silencio de una cicatriz en el alma. Un vacío más grande que el vacío existencial que todos llevamos dentro. Murió mi mamá. Aún hoy lo digo y cuesta creerlo, más aún resignarme. Ella me buscó. Ella me deseó. Y tal vez no me tuvo 9 meses en su panza, como yo tuve a sus nietos, pero me deseó por años y me imaginó por años en su mente y en su corazón. En el 2000 murió Papá. El papá que rompió una camiseta porque yo ni pañales tenía. El papá que tantas veces mojó su pañuelo para bajarme la fiebre. Ambos se amaron y me dejaron la más linda lección de amor que aún hoy no he podido aprender aún. Se amaron más allá de los tropiezos. De las sabidurías y de las ignorancias. Eligieron ser compañeros hasta que la muerte los separara. Y la muerte fue la única que pudo hacerlo. La última confesión de mamá fue, me voy, aún enamorada de tu padre. Tu padre fue el único hombre de mi vida. Él no confesó nada. Sin embargo después de la partida de su mujer, se fue yendo de la vida, poco a poco. Enojado con el mundo. Enojado conmigo, no supe entenderlo. Reconciliado con su la vida por su nieta. Esperó al año 2000 en medio de sesiones de diálisis para mantener el hilo de vida que le quedaba y la lucidez tambaleando pero ahí estaba firme, como un soldado a la espera del fin del siglo. Y el día de la raza un 12 de octubre del 2000, también se fue. En silencio, dormido, se durmió del todo. Se me habían ido los que me habían ido a buscar. Mi matrimonio que llevaba hasta ese entonces no resistió tanta historia y se diluyó. Ahí estaba yo. Ahí me sentía yo, sola. Y con una hija. Un departamento. El techo fruto del trabajo de un hombre que desde sus 12 años correntinos hasta los 81 no paró. Y lo único que pudo frenarlo fue la muerte a los 86, porque recién ahí se había cansado. Y otra vez, otro ángel que me sostuvo cuando pensé que desbarrancaba. Que caía. Otra especie de madre. Que no me había ido a buscar. La busqué yo, cuando la conocí. A mis 18 años. Cuando moría su mamá. Es la madrina de mis dos milagritos. Florencia y Tomás.

A los seres más significativos de mi vida, los que me precedieron y los que me preceden aún, los encontré, me encontraron, en circunstancias muy duras de mi vida. En el dolor del abandono, en el dolor de las partidas irremediables.

No hace falta buscarle las alas a las personas que durante años caminan junto a nosotros. Basta con mirarlos a los ojos y sostener la mirada a pesar de los nubarrones del desencuentro para seguir compartiendo los encuentros, precisamente y para descubrir en el día a día y en el hora a hora, que ellos son ángeles para nosotros y en una de ésas, nosotros, somos un poquitito ángeles para ellos.

Morocha urbana

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Fecha de publicacion: 18-dic-2006
Quién es Morocha urbana

 

Periodista Free Lance. 

A los 20 años... Si ya sé, qué es historia. Pero, sean tolerantes, léanla igual...

Publiqué en la Revista Uno Mismo.  Sex Humor y Kiné.

Ahora a los 39 abriles, en la Nación On line

Mailx Mailx

Psicofox

 

Estudié Periodismo en el Instituto Grafotécnico

Estudié Psicología Social en el Instituto San Ambrosio

Estudié Acompañante terapéutico en la clínica Guadalupe

 

Fuí coordinadora en grupos de la fundación del Dr. Alberto Cormillot

 

Soy divorciada.

Y tengo un pequeño demonio de tazmania, de tres años y medio

y una adolescente de 12

 

Y aunque me muera de hambre, ya lo tengo asumido soy escriba.

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Fecha de publicacion: 18-dic-2006
mirameguapa67, bienvenidos, bienvenidas...

 

Este es un espacio que sangra historias.  Que sale a la calle a pescar los grafittis que gritan desde las paredes, desde los baños de los boliches, desde los telefonos públicos, desde un te amo a toda una declaración de principios.  Es lo que quiere ser dicho a toda costa.  Desde las entrañas, desde las víceras, desde la pasión...Un lugar de encuentro... Para soñar, para compartir sueños, ideas, sentimientos, sensaciones, piel de gallina, bah...todo aquello que llegue, que despierte, que emocione, que sirva para que algún otro o esboce una sonrisa, o dispare una idea o mueva un pensamiento o dispare un comentario.  En fin...después de todo, desde el comienzo de los tiempos, la humanidad se expresó.  En las paredes de la caverna, con piedras como lápices.  Con los papiros después, el lápiz, la imprenta, la olivetti, la remigton, y ahora la pantalla.  Negro océano que titila estrellas en forma de letras.  Paradójico universo que nos conecta con el vecino y con otro país al mismo tiempo, si así lo deseamos. Moderna tecnología para comunicarse.  Es el lugar del eco, del propio y del ajeno.  Donde se puede gritar piedra libre, a los sentimientos y a los sueños, sin ponerse colorado por eso... Donde se puede contar y dejar que nos cuenten.  Donde jugar por un rato a creer que después de todo que lindo que existiera, Papa Noel, los Reyes magos, las hadas, los príncipes y las princesas y después, después, seguir trabajando, pagando cuentas...en fin...la vida. 

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