Los ángeles que Dios nos manda
La primera vez que escuché la frase Los ángeles que Dios nos manda, fue cuando me la releyeron extraída de una revista. La segunda vez, la dijo una meditadora cuando yo tenía 19 años. En ambas ocasiones algo retumbó en mi corazón, y aunque no supe en ese entonces encontrarle el significado, siempre estuvo ahí, como un eco en mi mente y en mi alma. Muchas veces rondé sobre el tema y si bien no siempre encontré respuestas, en otros tiempos, a otra edad, sabiendo otras verdades e inaugurando lo que algunos llaman experiencia, sí las encontré. Y hoy puedo decir por experiencia personal que sí, que Dios nos manda ángeles. No seres con alas, los ángeles que Él nos manda se visten de personas y obran milagros en nosotros. Por empezar son maestros. No de guardapolvo blancos. Pero maestros de la vida. Puesta a revisar entonces, desde mis prontos 37 años, ofrezco pruebas.
País Argentina. En algún lugar, que desconozco, de la ciudad de Buenos Aires. Una mujer vive en un estado de extremada pobreza y decide, antes de no poder alimentar a su hija darla en adopción. Otra mujer, en la capital federal, sufre una y otra vez la tortura en su cuerpo de estudios costosos económica y físicamente por alimentar una esperanza, tener un hijo. El Destino, dirán algunos, Dios, diré yo, hicieron que ambas mujeres se encuentren. Por terceros comedidos una supo de la otra. Y no hubo más que pactar el encuentro. La joven mujer extendió el bulto arropado de sus brazos, hacia la otra mujer que los extendía a más no poder y con miedo que quien daba se arrepintiera. No hubo arrepentimientos. Y ante las condiciones impuestas: por nada del mundo debían verse nunca más, hubo una frase de despedida: basta que la quieran. Solo ese recuerdo que me contaron 18 años después me quedó de los lazos de sangre. Hasta ese entonces yo creí a muerte que la familia se basaba en poderosos lazos sanguíneos. Hoy estoy convencida, de que si bien, ésa es una de las razones poderosas que pueda haber, porque en definitiva, como dicen todos: la sangre tira, no es el único. Doy fe. Desde la más tierna edad de la inocencia. En que todo debía serme enseñado, hasta lo más simple y sencillo de la vida cotidiana, hasta hoy que he aprendido un poquito, tuve lazos fundados exclusivamente en el amor, afecto, cariño e independientes de la sangre. Soy hija adoptiva pero a mí vez, yo también adopté. Dos padres grandes desde siempre, hoy a la distancia y por los comentarios escuchados, parecían más mis abuelos que mis padres. Las hermanas de mi mamá. Las tías. Los hijos de las tías, mis primos, las primas hermanas de mi mamá, mis tías políticas, las hijas de las primas hermanas, mis primas políticas. Con todos sus encuentros y desencuentros. Con todos mis encuentros y desencuentros. Con todos los amores, con todos los desamores. Con los recuerdos y con los olvidos. Con los perdones y con los rencores. En el 97´ partió mi mamá. Y me dejó el silencio de una cicatriz en el alma. Un vacío más grande que el vacío existencial que todos llevamos dentro. Murió mi mamá. Aún hoy lo digo y cuesta creerlo, más aún resignarme. Ella me buscó. Ella me deseó. Y tal vez no me tuvo 9 meses en su panza, como yo tuve a sus nietos, pero me deseó por años y me imaginó por años en su mente y en su corazón. En el 2000 murió Papá. El papá que rompió una camiseta porque yo ni pañales tenía. El papá que tantas veces mojó su pañuelo para bajarme la fiebre. Ambos se amaron y me dejaron la más linda lección de amor que aún hoy no he podido aprender aún. Se amaron más allá de los tropiezos. De las sabidurías y de las ignorancias. Eligieron ser compañeros hasta que la muerte los separara. Y la muerte fue la única que pudo hacerlo. La última confesión de mamá fue, me voy, aún enamorada de tu padre. Tu padre fue el único hombre de mi vida. Él no confesó nada. Sin embargo después de la partida de su mujer, se fue yendo de la vida, poco a poco. Enojado con el mundo. Enojado conmigo, no supe entenderlo. Reconciliado con su la vida por su nieta. Esperó al año 2000 en medio de sesiones de diálisis para mantener el hilo de vida que le quedaba y la lucidez tambaleando pero ahí estaba firme, como un soldado a la espera del fin del siglo. Y el día de la raza un 12 de octubre del 2000, también se fue. En silencio, dormido, se durmió del todo. Se me habían ido los que me habían ido a buscar. Mi matrimonio que llevaba hasta ese entonces no resistió tanta historia y se diluyó. Ahí estaba yo. Ahí me sentía yo, sola. Y con una hija. Un departamento. El techo fruto del trabajo de un hombre que desde sus 12 años correntinos hasta los 81 no paró. Y lo único que pudo frenarlo fue la muerte a los 86, porque recién ahí se había cansado. Y otra vez, otro ángel que me sostuvo cuando pensé que desbarrancaba. Que caía. Otra especie de madre. Que no me había ido a buscar. La busqué yo, cuando la conocí. A mis 18 años. Cuando moría su mamá. Es la madrina de mis dos milagritos. Florencia y Tomás.
A los seres más significativos de mi vida, los que me precedieron y los que me preceden aún, los encontré, me encontraron, en circunstancias muy duras de mi vida. En el dolor del abandono, en el dolor de las partidas irremediables.
No hace falta buscarle las alas a las personas que durante años caminan junto a nosotros. Basta con mirarlos a los ojos y sostener la mirada a pesar de los nubarrones del desencuentro para seguir compartiendo los encuentros, precisamente y para descubrir en el día a día y en el hora a hora, que ellos son ángeles para nosotros y en una de ésas, nosotros, somos un poquitito ángeles para ellos.
Morocha urbana