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mirame_guapa67
Fecha de publicacion: 18-dic-2006
publicado por La Nación On line

 


Historias viejas de Palermo viejo.

Enviado por Mónica Beatriz Gervasoni
Desde Palermo

El paredón era gris, detrás había una linda casa. Hasta hermosa. Si no fuera porque la única ventana estaba protegida por una gruesa reja y eso, más la enorme pared hacían de lo que había dentro una fortaleza. En una de las pocas veces que ella se había acercado a la ventana, lo vio. Apenas un segundo. Un grito la sacó de la visión.

- Querida, te dije que no te acercaras a la ventana, tu madre me recomendó antes de irse a trabajar que no lo hicieras.

- Bueno, yo quería mirar nada más.

Hizo una sonrisa a modo de despedida. Pero él ya se había ido. Tampoco debía estar ahí a esa hora. Su orden era salir con el carrito de noche. Bastante vergüenza tenía su madre de que salieran a recoger de la basura cosas que tal vez necesitaran en casa. No era la hora. De todos modos los camiones basureros pasaban a las 24 horas -como decían los finos-, a las 12 -como decían los pobres-, no había por qué pasar antes. Era inútil, toda la gente tiraba la basura a la noche, cerca de esa hora. Pero él quería escapar de la miseria, de las vueltas de papá borracho. De las escenas de violencia. De la forma de amar a la fuerza que ejercía el padre. Y no había mucha huida posible. Fuera donde fuera llevaba consigo su propio miedo, su terror y su soledad. Trabajaba en changas. Cuando venían eran unos pesitos más para él y para la madre. Pero era mejor que su padre, el "Tito" no se enterara. No vaya a ser cosa que se lo "mangueara" para seguir comprando vino y más vino.

Los habían corrido de abajo del puente de Juan B. Justo pero él volvía, una y otra vez.

Como esos criminales que siempre, siempre, indefectiblemente, volvían a la escena del crimen. En cada recorrida meditaba que de haber sabido un poquito más leer y escribir le hubiera gustado ser poeta, escritor y hasta tal vez, periodista. Un día se ilusionó, en toda esa basura había una cámara. Fue feliz por unos segundos. Sus hermanos menores y mayores se burlaron con saña. Abofetearon su felicidad hasta dejar moribunda su ilusión y por poco hasta logran matarlo de tristeza. La máquina no servía. Había robado, con lo que le disgustaba hacerlos, unos pocos pesos y se compró un rollo. Todo fue en vano. Cuando la llevó a una casa de fotografía el empleado lo miró en forma despectiva y se la devolvió con un: "esto no sirve para nada". Lloró, lloró y lloró a escondidas.

No iba a permitir que nadie salvo él mismo se dijera maricón. Mamá atenta a sus hijos a pesar de todo, notó la tristeza de su gurí. Ella era paraguaya y de no ser la desgracia del marido que le tocó y tanta cantidad de hijos podría haber hecho algo en la vida. No obstante, a pesar de los maltratos del tipo que no se iba de su lado, ella quería hacer a sus hijos felices.

Cuando supo con que soñaba su hijo ideó un plan. Una y otra vez, entonces, Ángel, tal el nombre del chico, se escapaba de sus horrores por las calles de Palermo. Recorría la calle Fitz Roy que fue su jardín de infantes, su preescolar, su primario y ahora el secundario de la vida, de punta a punta. Ahí fue cuando la vio. Era un hada. Rubia, pelo largo y unos ojos color miel que lo dejó tan embobado como si hubiera visto algo sobrenatural.

Ella, en cambio, vio un mocoso medio desgreñado, sucio, que en un ademán se peinó con saliva el flequillo, que se sintió feo y sucio, por quién sabe qué millonésima vez en su corta vida, pero que esta vez le dolió más que nunca.

Le dolió en el cuerpo y en el alma. Pero de unos ojos, como los que ella encontraba en el espejo cada vez que se miraba, color miel, una expresión de asombro tan elocuente y una profundidad que uno podía perderse allí. Una emoción desconocida les recorrió todo el cuerpo. Ella -Miranda- tenía 11, él unos 14 tal vez. La voz se le rebelaba. Era gruesa, era fina y todavía no la dominaba por eso no se atrevió ni a decirle hola ni siquiera con el gesto. Quién sabe si detrás de ese grueso vidrio pasaría el sonido. Por las dudas, tampoco probó. Cuando vio que ella daba vuelta la cabeza para atender quién sabe qué llamado desde adentro, él se fue como un fantasma a seguir recorriendo por la calle Fitz Roy. Una y otra vez pasaba Ángel, una y otra vez, Miranda se asomaba a la ventana. Y las cosas fueron cambiando.

- ¿Desde cuándo vos lavas ropa?- le había preguntado la madre obteniendo silencio por toda respuesta.

- ¿Qué haces nena?- le gritaban los hermanos. Como respuesta él se abalanzaba contra los tres volaban piñas, sopapos, patadas y empujones de acá, allá y acullá.

Ahora las veredas de Fitz Roy, lo veían pasar un poco más limpio. Encontró una plancha en la basura y aprendió a planchar.

Los encuentros eran en mudo. Una mirada breve bastaba para encender la imaginación de ambos y a esperar al otro día a la hora señalada. Sin lluvia, con lluvia. De día, de noche. Fugaces instantes de felicidad que la palabra hubiera arruinado. Mientras tanto mamá consiguió una pobre máquina de fotografiar. Cambió la suya de coser que de todos modos ya estaba bastante arruinada en las precarias casas donde vivían y de tanto rodar por las calles. Habría sido una gran costurera si hubiera podido pararse distinto en la vida, pero no pudo, no supo. Además, ya hasta tenía artrosis, artritis y toda esas cosas cuando los huesos dan testimonio de tanta humedad, del frío calándolos, no había forma que las manos la obedecieran. Con lágrimas en los ojos se despidió de su vieja compañera.

Nada hubiera podido reemplazar el brillo de los ojos en su hijo. Su alegría. Él más contento que nunca cuando tuvo su cámara en la mano no supo a quien abrazar primero, a su madre o a su máquina. Abrazó a su mamá y del impetuoso abrazo y de las lágrimas de ella, comprendió y se hizo hombre en ese interminable segundo que duró el abrazo. Vio la vulnerabilidad, la fragilidad y su corazón comprendió lo poco que faltaba para el adiós final.

Ese día no fue por Fitz Roy. Era la primera vez que todos sus sentimientos aleteaban como locos en su alma y por primera vez no supo que hacer con ellos. Rezó para que su padre no volviera esa noche. Se sintió el hombre de la casilla. El que protegería a su mamá de las garras de la muerte mientras sus hermanos por mayores y bobos y los otros por menores y inocentes, no comprendían. Miranda esperó y esperó. Su ángel no había pasado hoy, ni mañana, ni pasado. Finalmente él volvió. Ella no estaba en la ventana, estaba en la puerta. Le había dolido ese desaire a la costumbre de verlo. Y lo estaba esperando.

Cuando lo vio, se quedaron más mudos que nunca. Sí, él había roto su rutina al no pasar como siempre ahora ella también. No estaba detrás del vidrio. De carne y hueso estaba parada a escasos centímetros de él. Tanto que pudo olerle el perfume. El, de puro arrebatado nomás, le sacó una foto y ella le dio un beso. Apurado hizo más changas que nunca y sacó 8 fotos más, del rollo de nueve. Le sacó a los pájaros, libres como el viento. Le sacó al perro vagabundo que a veces se le colaba en el carro y hacían juntos un par de cuadras. Barbincha lo había bautizado. Era color té con leche y tenía pelos largos en la trompa que parecían una barba. A los gatos del baldío, al que se sentaba en una pila de libros en el kiosco de diarios mientras su dueño atendía. Sus hermanos, para hacerle bromas a su candidez e inocencia, le decían que el micho atendía cuando no estaba él dueño. El siempre se había quedado con la duda.

- Mamá, mamá!!- vino un día gritando.

- ¿Qué? hijo, ¿qué pasa con tanto alboroto?

- Ya deben estar las fotos que saqué con su máquina, mamá.

- La tuya hijo, tu cámara. Yo te la regalé.

- Si está bien mamá. Pero apuresé vamos a buscarlas por favor. Dele sea, buena.

- Pero hijo estoy cocinando, se me va a quemar la comida...

- Apague el fuego mami.

Cuando Ángel vio el temblor de las manos y el dolor que se reflejaba en las arrugas de la frente dijo:

Deje madre, deje - y apagó él las hornallas de la precaria cocina que encontraron un día al lado de un árbol y que no tenía horno porque era de las eléctricas viejas. Como ellos se colgaban de la luz del vecino se podía cocinar... Ella se alisó el delantal y tuvo el gesto de toda mujer: se arregló el pelo y salieron.

Miranda esperó como todos los días. Y lo vio venir. Engominado, nunca más con saliva. Los zapatos viejos pero limpios. La camisa y el pantalón viejos pero limpios y planchados. Un sobre en una mano y una señora que no parecía vieja pero que estaba encorvada parece que de dolor. Los vio cruzar despacito. Un perro barbudo ladraba. Los tres, hasta el perro parecían contentos. Un auto salió de la nada. No pudo frenar. Atropelló a la comitiva. El perro se levantó rengueando lamió al chico y volvió a caer unos metros al lado de la mujer. Un sobre cayó a los pies de Miranda. Después de dar los gritos de alarma que sacudieron la hora de la siesta de Palermo Viejo, los vecinos salieron a las puertas de los edificios, se asomaron por los balcones, llamaron una ambulancia, se los llevaron y al perro lo agarró un hombre que ya lo conocía, ella abrió el sobre, era su foto...

Desde entonces se dice que a las calles de Palermo Viejo ya no le hacen falta semáforos. Porque hay dos candorosos espíritus que vigilan las almas y los cuerpos de la gente buena. Y desde aquel entonces, Miranda, que hoy es ya una mujer supo que contaba con un ángel de la guarda. La foto está donde estuvo siempre, en un porta retrato que de vez en cuando se llena de pétalos de flores y unas gotas de rocío que lo salpican y que nadie sabe de dónde vienen. Pero todos sospechan de esta historia.

 

 

Mónica Beatriz Gervasoni
DNI 18.315.136
Palermo
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Morocha Urbana

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